EL SOROCABANA

Un café para el adiós.

Formaron una comisión para salvar el bar Sorocabana, el tradicional centro de difusión cultural.
           

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El típico cafetín montevideano cierra el lunes sus puertas, luego de 60 años de notable trayectoria.

El lunes 14 cierra sus puertas el café Sorocabana. El último ejemplar de una estirpe notable de cafés que se extendió por todo Uruguay está a la espera de un milagro que le asegure la continuidad. Su actual propietario, Juan Carlos Olivencia, afirma que "la está peleando" para que el cierre sea temporal. Y en esa lucha no está solo. Varios parroquianos, entre los que se cuentan legisladores, actores, poetas, historiadores, periodistas y profesionales en diversas disciplinas, han formado una comisión que tiene el propósito de mantener con vida a este café por cuyas mesas pasó buena parte de la cultura nacional.

"EI 14 cerramos porque vence el contrato de alquiler de este local. Pero la idea es volver a abrirlo en otro lugar donde, entre s cosas, el costo del alquiler sea más razonable", dijo Olivencia. Pero además del lanzamiento, el Sorocabana debe enfrentar deudas que agravan su situación.

LA HISTORIA. El café Sorocabana de la Peatonal Yi abrió sus puertas el 19 de diciembre de 1989 y es el heredero del que estaba situado en la plaza de Cagancha y 18 de Julio, el primero en ser fundado y el más famoso de los 23 que hubo en Uruguay. La primera fue fundada el 7 de setiembre de 1939, a instancias del gobierno de Brasil que a la sazón presidía Getúlio Vargas. Por esos años Brasil había experimentado una superproducción de café y antes de quemar el sobrante, o tirarlo al mar para regular los precios, el gobierno decidió promocionar el producto distribuyéndolo gratuitamente a los cafés de la red.

En Montevideo se instalaron cinco casas y otras dieciocho en el interior (una por departamento) que ofrecían algo inédito hasta entonces: café al paso, que se tomaba parado, acodado al mostrador y más barato que en otros lados. El café Sorocabana también abrió varias sucursales en otros países de América, desde Argentina a Panamá. Ahora, el último sobreviviente de esa extensa familia está a punto de expirar. Varias cosas hicieron singular al cafetín. Una de ellas fue el largo mostrador del Sorocabana de la plaza de Cagancha sobre el que se servían miles de pocillos de café por día. Otros dos rasgos se conservan en el actual Sorocabana, el de la calle Yi 1377. El mobiliario art déco con sus mesas redondas de mármol y sillas de respaldo semicircular y la forma de preparar la infusión. El café del Sorocabana se distingue del resto de los que se sirven en otros cafés por la forma en que es preparado. En este bar no se utilizan gorgojeantes máquinas de vapor, filtros y manijas: el café se hace a la antigua, con agua calentada al punto anterior de la ebullición que se vuelca en un filtro de tela donde se cuela el grano molido. La infusión nunca va al fuego, se mantiene caliente por baño María. En torno a ese beberaje generaciones de montevideanos han perdido y ganado el tiempo.

VANGUARDIA. El Sorocabana es también famoso por sus concurrentes. Frente a sus mesas se han sentado, entre otros, Pablo Neruda, Che Guevara, Jorge Amado o el propio presidente de Brasil y autor ideológico del establecimiento, Getúlio Vargas. Muchos le atribuyen el honor de haber cortado la cinta inaugural, hecho que refuta Reyes Abadie. "El no lo inauguró", señala el historiador, concurrente del Sorocabana desde el mismo año de su fundación y dueño de la tertulia más antigua del lugar. "Lo inauguró oficialmente el embajador de Brasil Macedo Suárez el 19 de setiembre de 1939. Vargas vino después"; precisa.

Alejandro Michelena, autor del libro Los cafés montevideanos, explicó por que el Sorocabana de la Plaza de Cagancha reunió en torno a sus mesas a gente como Mario Benedetti, Alfredo Zitarrosa, los Batlle Marosa Di Giorgio, Jose de Torres Wilson, Tabaré MeIogno, Eduardo Darnauchans, Vicente Cicalese, Justino Zabala Muniz, a Torres García y sus alumnos y a la gente del teatro Independiente y de la Comedia Nacional, entre otros tantos. "Estaba en un lugar estratégico y fue el lugar de confluencia de mucha gente", cuenta Michelena. "Estaba cerca de los teatros, pero también a pocos metros del Ateneo, del Instituto Pedagógico, del Taller Torres García" dice el escritor, que concurre desde la década de 1960. "Ya en los años 40, junto al café Metro y al libertad conformaba el triángulo donde se reunían varios intelectuales. Toda la generación del 45 pasó por sus mesas. Allí Meget y Brandy idearon la revista Sin Zona, junto al pintor Cabrerita y al poeta, uno de los pocos surrealistas, José Parrilla". De esta manera, asegura Michelena, el centro cultural se trasladó hacia la plaza Libertad. "En el 900 el epicentro era la plaza Independencia, donde estaban el Tupí Nambá y el Británico. El Sorocabana fue un lugar muy juvenil en sus comienzos y estuvo ligado a los movimientos de vanguardia".

TERTULIAS. Muchos de los parroquianos de este boliche no sólo son ilustres, también son conocidos perseverantes. Uno de ellos es el diputado Guillermo Chiflet. "El primer café que se hace en el día se lo toma él", cuenta Olivencia. "Washington Reyes Abadie de mañana, de tarde y de noche. Muchos lo utilizan como despacho, otros estudian acá y otros vienen a charlar, otros juegan al ajedrez", agrega.

Todos coinciden en que la tertulia más vieja es la que gira en torno al historiador Reyes Abadie. "Voy desde el 39, cuando estaba en la plaza. Para mí es un hábito, tengo una mesa con gente amiga, con la que uno se queda horas charlando. Además me gusta mucho el café que se sirve".Otra de las personas que concurre a la mesa de Reyes es la también historiadora María Emilia Pérez Santarcieri. "Comencé a ir con mi marido, José de Torres Wilson al viejo local", recuerda. "Mi marido iba los sábados y siempre llegaba tarde porque se quedaba charlando. Entonces un día le dije que iba a empezar acompañarlo, para ver en qué se quedaban, y me dijo que sí, que también iban mujeres. Así empecé a ir. El falleció el año pasado y yo todavía voy todos los sábados. Es un lugar que distiende".

El Sorocabana tiene una larga tradición pluralista. A sus mesas se han sentado bandos enfrentados sin que se hayan provocado escaramuzas. El memorioso Michelena señala que en otros tiempos concurrían españoles de ambos bandos que se enfrentaron en la guerra civil. "Al mismo tiempo había franquistas y republicanos. Es más, años después, ya de viejos, se sentaban juntos y se ponían nostálgicos de la patria. En la década del 70 se podían ver a Guillermo Chiflet y a Juan Carlos Blanco, que creo que no se llevarían muy bien".

Mucha gente concurre al Sorocabana, tanto de día como de noche y dueño asegura que el negocio no es malo. Pero los números, que son caprichosos, no cierran. 'Antes de comprarlo yo no iba al Sorocabana. Pero un socio me convenció de comprarlo, aunque yo decía que era un elefante blanco. Pero ahora me enamoré y lo voy a defender", dice Olivencia.

"El Sorocabana es patrimonio espiritual de los montevideanos"; define el actor Roberto Fontana, habitué y militante de la causa del Sorocabana. "Todos, vayamos o no tenemos que ver con él, por eso creo que hay que hacer lo posible para que siga".

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OTROS TIEMPOS. El primer Sorocabana de todos, estuvo en Plaza Cagancha. Allí ocurrió un importante incendio que afectó seriamente al establecimiento

 

"Por naturaleza, el Sorocabana no puede morir"

La poeta Marosa Di Giorgio es una de las parroquianas más antiguas e ilustres del Sorocabana. Concurrente diaria desde hace 20 años, cuando el local estaba en la plaza de Cagancha, Marosa forma también una de las peñas más concurridas del lugar.
-¿Qué encanto particular le encuentra al Sorocabana como para ir todos los días desde hace 20 años?
-Como ocurre con todos los encantos es algo más bien indecible, inefable. Esa mezcla de aroma a café, a madera de antaño y un lejano rumor de tangos que no alcanza a formularse. Por los ventanales, en la bruma o en el sol, en la llovizna o el arco iris la vida sigue su tránsito. Pero dentro está detenido el tiempo, milagrosamente. El presente y el ayer vueltos lo mismo. Allá en el recinto frente a la plaza o acá, en Yi, El Sorocabana no puede morir, su extraña naturaleza lo impide.
-¿Escribe en las mesas del café Sorocabana?
-Escribí sólo un poema, entre los cientos y cientos que publiqué. Pero ciertamente ahí soñé, leí, estudié inglés, esperaba lo imposible.
-¿Usted participa de las tertulias del lugar?
-Hay un grupo inalterable (Prieto, Legido, el pintor Neriñez, Campodónico, Leonardo Garet y otros que van y que vienen). Es más que una tertulia, un mundo aparte.
Un navío. Una estrella que gira en el mismo sitio) y cuyos pétalos son imposibles e imprescindibles.

ANECDOTAS

En la década de 1950 el Sorocabana vendía varios miles de pocillos de café por día. El récord fue 20 mil pocillos en un día y aún se discute si eso ocurrió el 16 de julio del 50, cuando Uruguay salió campeón de fútbol o el 7 de mayo de 1945, cuando se terminó la Segunda Guerra Mundial. Actualmente el Sorocabana vende 5.000 cafés por mes.

El 30 de diciembre de 1987 se cerró el Sorocabana de la plaza Cagancha. El 19 de diciembre de 1989 abrió sus puertas en Peatonal Yi. Este último fue adquirido por Olivencia, quien compraba helados allí cuando tenía 14 años para sacar el hielo seco con el que se conservaban y luego volcarlo en una pileta con agua caliente. "Empezaba a salir un vapor tremendo", recuerda hoy.

El 22 de febrero de 1986 el enorme local en el que funcionaba el Sorocabana se incendió. El siniestro ocurrió mientras había cinco serenos en el interior, a los que nos les ocurrió nada grave. Si bien el 5 de mayo se abrió, solo duró abierto algo más de un año, antes de trasladarse a Yí.

Por sus mesas pasaron varios pintorescos personajes. Uno fue Santanita, un español que recorría las mesas en su silla de rueda y participaba en cuanto debate había, sobre cualquier tema. Otro, un tal Bereta, daba clases de ruleta. Y un cabalista quiso fundar un nuevo credo: "La religión de todos los hombres".

El actual local dispone de 93 mesas y 233 sillas que provienen del antiguo bar de Cagancha. Además dispone de un escenario para espectáculos.

Los últimos Sorocabanas que hubo en Montevideo, anteriores al actual, estaban en la Plaza Independencia y en la Ciudad Vieja. En la ciudad de Durazno hay otro, que lleva incluso el mismo mobiliario, pero se llama "Ex Sorocabana", ya que no puede utilizar la marca.

Durante el último año el Sorocabana ofrecía espectáculos de tango y candombe todos los fines de semana.

"En el cafetín se organizan muchas partidas de ajedrez, pero hace un tiempo estuvieron suspendidas porque un iracundo jugador se enojó, tiró la mesa donde estaba el tablero, seguramente ante una jugada poco favorable y rompió el mármol.

GUSTAVO LABORDE
El País
10 de febrero del 2000


La sombra de un cafe - El Sorocabana.

Nuestra ciudad pudo haber tenido el privilegio de conservar un rincón de su pasado muy vinculado a sus costumbres coloquiales y a su latir cultural, y hacerlo estando el mismo todavía latiendo con cierta sostenida intensidad. Nos referimos al último "elefante blanco" de su tradición cafeteica, al clásico Sorocabana de la plaza Libertad. Eso no resultó así, éste es el hecho, y más allá de responsabilidades, desintereses y desidias varias, quedó en claro que aquellos que en realidad podían haber intentado algo efectivo por salvarlo ostensiblemente no tuvieron voluntad para ello.

Alguien podrá alegar que nos olvidamos que el café pudo mudarse, y que ahora abre sus puertas en al calle Yí. No estamos ignorando hecho tan evidente, sino solamente afirmando que no es lo mismo. A Montevideo le han escatimado un espacio único y peculiar, constituído por ese gran salón con ventanales asomándose a la plaza, que era en su magnitud casi un fragmento mas íntimo de la misma.

`Su ubicación estratégicamente privilegiada lo transformó por décadas en lugar casi ineludible para encuentros rápidos o morosos, de placer o de negocios, íntimos o multitudinarios. El viejo local, todavía hoy cerrado y vacío, triste y hasta lúgubre en las noches, habla a gritos de la descalificación del espacio público circundante que originó tal cierre: la plaza Cagancha es al presente, en la práctica, una incómoda, sucia y hasta desagradable estación terminal de autobuses sin mayores atractivos, tanto que los transeúntes no bien anochece si no la pueden evitar pasan por ella raudamente.

Mucho se ha hablado y escrito del Sorocabana, tanto a propósito del infausto cierre como unos años antes, cuando el recordado incendio (del cual resurgiera, cual Ave Fénix. con vitalidad más intensa). Además, a través de las décadas su perfil, sus características y su historia o leyendas, han resultado acicate para innumerables plumas periodísticas. De todos modos, ahora que ya es recuerdo el viejo Soro, el auténtico, es posible sintetizar los que fueron algunos de sus rasgos.

Fué el último gran café - sobrevivió por décadas al Tupí, al Británico y al Montevideo - y debido a ello acogió en su seno cálido a varias generaciones artísticas (reales y de los otros), de bohemios, de charlistas, de heterodoxos de toda laya. Esto se agudizó en cierta medida a partir de los 60, cuando su variada fauna encontró cada vez menos lugares adonde ir, ante la avalancha de las cármicas, la música funcional, los mozos "cancerberos" cronometrando la permanencia en los bares de los consumidores de un sólo café.

Los nombres asociados al Soro son muchos y reiterados, y el lector los conoce, pero recordemos que en su mejor época, los lejanos 40 y 50, lo frecuentaban los poetas Idea Vilariño y Humberto Megget, el insólito pintor Cabrerita, y que muchas veces era posible ver en sus rincones nada menos que a Felisberto Hernández. Que luego y a través del tiempo, pasaron por sus redondas mesas desde el adusto Dr. Armando Pirotto al solemne y operático profesor Vicente Cicalese; de la temperamental y ruidosa astrónoma Vergara y a la enigmática poeta Marosa di Giorgio; del desaliñado, etílico y nada ortodoxo filósofo Navarro, al atildado, católico y telúrico pensador Alberto Methol Ferré.

Pero también estaba el "bestiario" declarado de sus personajes, entre los que recordamos ahora algunos como los charlistas impenitentes Santana y Benítez, verdaderos ejemplos de la "picaresca" criolla; la mujer que no se bañaba para no contaminarse, pero sí se lavaba las manos permanentemente con alcohol; el viejo Don Luis que hablaba solo y que en su locura sabía impostar decenas de voces; el inmenso gordo que reía como una hiena. Y así podríamos seguir.

Otra dimension fundamental de aquel Sorocabana lo constituyeron sus peñas: las literarias del 40, luego las políticas de los 60 y también las ocultistas teosóficas de los 70; integradas por jóvenes entusiastas las primeras, por apasionados treintañeros las segundas, por mayorías de vetustos ancianos las terceras, pero en todos los casos constituyendo encuentros reiterados varias veces a la semana y muy concurridos, que interesaban incluso a quienes no participaban en ello activamente. En definitiva, se hablara de Proust o del Ché Guevara o de madame Blavatsky, lo similar fué la charla coloquial ante multiplicados pocillos hasta la medianoche.

No olvidamos en esta evocaión a los solitarios, raza fundamental del Soro de ayer y de siempre, aquellos que amaban el lugar pero no para departir con nadie sino solamente para estar allí, contemplando la vida en el paisaje de mesas, muchos de los cuales - al momento del cierre - podrían haber suscrito, cambiando el nombre, aquello que escribiera Ramón Gómez de la Serna en referencia al mítico Pombo madrileño: "Y así seguiremos aquí, hasta que un día, por ser tardíos, nos encierren en la sombra del Pombo para siempre, y como el café no se volverá a abrir nunca, en él viviremos la eternidad".

Hoy tenemos Sorocabana en la calle Yí entre 18 y Colonia. Más pequeño, más recoleto, menos vital que el anterior, pero siempre es mejor que exista. Lo bueno es que se han respetado las características de estilo del antiguo recinto, con sus columnas, lambrices de oscura madera marrón, mostradores en el mismo tono; también que el local, aunque lejos de lo que sería ideal, sirve no obstante para albergar a la parroquia sorocabanil.

Lo malo es que la mudanza a alejado a decenas de antiguos habitués, y otros ya los visitan sólo de cuando en vez, como un allegado que ha cambiado mucho; tampoco se ha podido renovar en es ámbito el incipiente acercarse de los jóvenes que fuera algo bien palpable luego del incendio.

Pero el Sorocabana está, como heredero de la historia plasmada junto a la plaza Cagancha, y también como uno de los pocos lugares céntricos que siguen resultando propicios al diálogo distendido y sin prisas, a la lectura, sin perturbaciones, a la extendida partida de ajedrez. Y aunque menos que hace unos años, seguirá siendo no obstante un lugar común de los montevideanos aquello de: "Nos encontramos en el Sorocabana".

Además, con el tiempo veraniego, se instauró la temporada pasada una novedad que no era posible en el otro local: algunas mesas en la vereda, la que si bien no es demasiado propicia por su ancho para ello se presta sí, mas que aquel tramo de 18 de Julio o que la vuelta de la plaza. Tal vez algún día, si este Soro persistiera unas décadas, habrá un poeta del 2000 y pico que pueda escribir algo parecido a aquellos versos de Baldomero Fernández Moreno referidos al café Tortoni de avenida de Mayo, en Buenos Aires: "A pesar de la lluvia yo he salido/a tomar un café. Estoy sentado/bajo el toldo tirante y empapado/de este viejo Tortoni conocido".

del libro "Otras latitudes de Montevideo" de ALEJANDRO MICHELENA.


UN CENTRO DE TERTULIAS
"La cosecha 1938 -1939 de café en Brasil fue tan exagerada para el mercado de laépoca que de haberse volcado a la exportación hubiera determinado la inmediata caída del precio de la semilla. El poderoso Instituto Nacional del Café, creado por el gobierno del dictador Getulio Vargas, había tomado la desición de arrojar al mar el exedente para mantener el precio internacional de su principal exportación. Por esos días un directivo del Instituto propuso otra alternativa: regalar el sobrante a estableciemientos comerciales de terceros países como modo de promocionar el café brasileño.

En Amércia Latina el proyecto se denominó "SOROCABANA" en referencia al "Valle del Sorocabana", una zona cercana a San Pablo donde proliferan las plantaciones de cafeto. Era un plan simple: El gobierno de Brasil abastecía de café gratis durante cinco años a las empresas que, fuera de Brasil instalaran cafeterías bajo el nombre de Sorocabana. El precio de la infusión debía tener un valor accesible para cumplir con los fines promocionales.

A URUGUAY: En setiembre de 1939 abrió sus puertas el primer sorocabana uruguayo en la Plaza Libertad, que expendía café al paso; meses después se estableció la primera sucursal en la calle 25 de mayo, y otra debajo del Palacio Salvo. El éxito de la marca y el estilo art-decó de las instalaciones y el mobiliario, incorporado meses después de la inauguración, sedujo a la juventud montevideana de la época.

A lo largo de la década del 40 los cafés Sorocabana ingresaron en una expanción comercial sin precedentes, comparable con la fama que disfruta en la actualidad una conocida marca de hamburguesas. La familia De La orden, propietaria original de la marca, instaló 5 locales en Montevideo, a los tres originales se sumaron La Unión y Terminal Goes, y un local en cada Capital depatamental: a comienzos de la década del ´50 el negocio del café brasileño había prosperado a lo largo del país.

Por esa época el local de Plaza Libertad vendía un promedio de 3.500 posillos diarios. El día que terminó la segunda guerra mundial la avenida 18 de julio fue una Romería, y en esa jornada el Sorocabana batió todos los records: sirvió 20 mil cafés a los efusivos transeúntes. La idea de los brasileños fue un éxito que prendió en toda la región, con locales instalados en Buenos Aires, Cordoba, Santa Fe y Asuncion.

LENTO DETERIORO Los propietarios del Sorocabana montaron un imperio comercial sobre la marca. Además de los cafés, obtuvieron la conseción de la venta ambulante en el Estadio Centenario, el Hipódromo de Maroñas y Rural del Prado. En verano cuando la venta de la infusión mermba, fabricaban un helado que compensaba con creces la caída del negocio principal. Empero, el éxito y las numerosas tertulias que se instalaron en sus locales, hizo pensar a los propietarios que era innecesario aggiornae el estilo. Los nuevos hábitos de consumo, la crisis económica y el alejamiento forzado durante la década del ´70 de decenas de conocidos parroquianos, provocaron el cierre sucesivo de sucursales, primero en el Interior y luego en Montevideo.

El 12 de febrero de 1986 un incendio devoró el Sorocabana de Plaza Libertad. Su reconstrucción demandó 70 días, cuando reabrió el público y la prensa pensaron que se había fraguado la eternidad del cincuentenario café.

Sin embargo a fines de 1988 el Sorocavana debió mudarse al fracasar las negociaciones para renovar el contrato de alquiler con el nuevo propietario del local. La mudanza para la calle Yi, entre Colonia y 18 de Julio, fue un hecho que ocupó la primera plana de todos los diarios. Notorios intelectuales, clientes del lugar transportaron al hombro las sillas y mesas que ocupaban a diario.

El traslado fue un golpe del cual el Sorocabana no se recuperaria. (...)

Horacio Mántaras, gerente de Sorocabana S.A., sostiene que el deterioro comercial obedece a múltiples factores: "El café de Plaza Libertad siguió la misma suerte que el centro de Montevideo. La gente decía "nos encontramos en la Onda o en el Sorocabana"; cuando bajaban de los omnibus los pasajeros cruzaban la Plaza Cagancha a tomar un café en esa esquina. Un día cerró la Onda, el centro empezó a desquiciarse con el ambulantismo, el ruido y la basura, y se transformó en un lugar poco agradable comparado con la oferta de los nuevos Shoppings."

A mediados del ´97 cerró el penúltimo local que quedaba abierto, ubicado en la calle 25 de mayo en plana Ciudad Vieja. Ese año, la empresa Sorocabana S.A. decidió no gerenciar mas los cafés y se refugió en la venta del café envasado para supermercados. El 31 de diciembre de 1997 otorgó la licencia para expender la infusión entre Ejido y Plaza Independencia a Juan Carlos Olivencia.

A pesar del cambio, el actual concesionario de la marca intentó mantener la mística del lugar e introdujo espectáculos de tango, teatro y exposiciones para atraer nuevo público. Empero el alto precio del alquiler y los altibajos financieros de la empresa determinaron el cierre del último local Sorocabana el 14 de febrero del año 2000. Olivencia mantiene la esperanza de reabrir en el centro de Montevideo y la Intendencia de >Montevideo se interesó en colaborar facilitando un local, aunque los proyectos están aun en discusion.

TERTULIAS VARIAS La prescencia del Sorocabana tiene un valor en si misma por la antigüedad de la marca y su pertenencia al paisaje de la ciudad, pero su mística proviene de la relación que mantuvo con la vida cultural de montevideo. (...)

En ese ambito proliferaron tertulias de la mas diversa naturaleza (...) entre las tertulias literarias, había una de poetas jóvenes integrada por Humberto Megget, Carlos Brandy y José Parrilla, que propuso una poesía alternativa a la producida en esa época y editaba la revista "Sin Zona". En esa rueda diaria también paraba el pintor Raúl Javiel Cabrera (Cabrerita).

Había otra peña formada por estudiantes y profesores de magisterio que tenía como centro a Julio Castro, Reyna Reyes y Felisberto Hernandez.

Los historiadores también ocuparon durante décadas varias mesas centrales del lugar. Una de esas tertulias registró los debates de Alberto Methol Ferré, Carlos Real de Azúa y Washington Reyes Abadie. Este último mantuvo su religiosa concurrencia diaria hasta el cierre del 14 de febrero de este año.

Algunos de la llamada generación del ´45 entre ellos Mario Benedetti solían parar en el Sorocabana (...).

A fines de los ´40 el prestigio del lugar llevó a que también fuera frecuentado por figuras del mundo político. Entre los mas encumbrados se encontraban Luis Alberto de Herrera, Luis Batlle Berres y Emilio Frugoni que por un tiempo abandonaron el Tupi Nambá, el Montevideo y el bar Irigoyen, donde respectivamente tenían sus tertulias habituales. Junto a las ruedas de tono político se ubicaron las peñas formadas por periodistas, peñas que en ese tiempo se encargaban de animar Julio Emilio Suarez (Peloduro) y Julio C. Puppo (El Hachero).

La década del ´70 supuso un paréntesis en muchas de las tertulias que daban vida al lugar; ya a principios de los ´80 cuando se empezó a vislumbrar una apertura política y cultural, las ruedas volvierson al Sorocabana (...)

Tomado de : LANZA, Edison , publicado en "El Pais Cultural"/Nº 545, Año XI, viernes 14 de abril de 2000

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