El Primer Puerto de Montevideo

  Larga y bastante complicada es la historia del Puerto de Montevideo.
Hay de todo en ello. Dificultades técnicas en primera línea, como puede comprenderse. Y en otros ámbitos, celos, rivalidades entre la capital virreinal enfrente y, aquí, la ciudad amurallada. Por muchas décadas, se prolongaron los problemas creados por la carencia de un puerto, imprescindible para el desarrollo de lo que se llamaría la Banda Oriental.
Como lo veremos, los impulsos progresistas hicieron que, a solo tres años de la existencia de la República, surgieran acciones efectivas para solucionar el problema.
Montevideo, con una envidiable ubicación marítima, al borde de una enorme y bellisima bahía muy apta para construir un Puerto, no tenía otra cosa allá por el 1800 que la costa de arena salpicada con algunas piedras, otra cosa que escalones, un muelle y atracadero nada profundo al final de la ahora calle Misiones, en el coloniaje llamada de San Felipe. Parece que siempre se había pensado en Maldonado como lugar para crear un buen Puerto en esta orilla del Plata. Las omnimodas autoridades de enfrente, sede virreinal, siempre habían considerado la construcción de un puerto en Barragán, hoy territorio argentino. Tan inadecuado para Buenos Aires como sería Maldonado para Montevideo...

Para las comunicaciones terrestres de la época, las respectivas propuestas eran análogos disparates.
El gobierno de la nueva nación, resolvió encarar soluciones porque el puerto era una obra impostergable. Se disponía de un Informe Técnico de los tiempos del Coloniaje, fechado el 12 de enero de 1797, en el que se expresaba: “No hay dudas que Montevideo es Puerto por circunstancias naturales muy de tener en cuenta, que son entre otras, el tener fondo suficiente aunque no para barcos muy grandes; que ese "fondo” no es totalmente de piedra.
Se habla en aquel minucioso estudio practicado hace 202 años, de construir allí el Puerto de Montevideo. Correspondió al Gobernador Bustamante y Guerra trazar hacia fines de 1800 los planos. De aquel experimentado marino fue la labor condenzuda, siendo escuchado por el Cabildo, con salvedades, advirtiendo un desastre económico para estas regiones “si no se construía el Puerto para albergar 200 barcos o más que pronto entraran a esta parte del Plata”. Y agregó “jamás haber visto un descuido y abandono como observaba en este puerto”.

Quizá esta frase de un experto técnico español sirva dos siglos más tarde, para hacer reflexionar a aquelos que fingen ignorar que nuestra tierra era la Cenicienta en el opulento dominio hispano. No se construyó el Puerto pero, por lo menos, la vigía del Cerro fue ampliada con una luz fija que costó 1760 pesos y se habilitó en la noche del 13 de Mayo de 1602. Pasaron las dos dominaciones británicas, otra vez los españoles, los portugueses, los imperiales brasileños, los argentinos. Y seguíamos sin Puerto. Dos de los invasores construyeron el Faro de la Isla de Flores algo de enorme necesidad.
Mejoraron los atracaderos de madera. Nació la patria y 3 años después el primer Presidente Gral. Rivera en 1833 encaró una solución al problema marítimo tan acuciante. Se encomendó al ingeniero francés M.. Charles Henri Pellegrini darle solución al problema.

El 15 de marzo del mismo año produjo un bien estudiado informe, percibiendo por el trabajo la suma de mil pesos oro. Se incluía la Memoria dividida en 5 partes, un plano de sondas y estudio de abrigos para buques a vapor, sistema que no conocimos aquí hasta unos años más tarde.
Los muelles se construyeron cercanamente de Las Bóvedas, 22 enormes hangares dos de los cuales aún se yerguen como testimonio de antaño en la ahora rambla 25 de Agosto y calle 33. El ingeniero aconsejó para que el Puerto fuera realmente eso, que tuviera por lo menos un metro más de agua”. La solución, que asombró a todos, era utilizar un “fenómeno” llamado draga que extraía el barro con un novedoso mecanismo accionado por el sistema “a vapo", todavía no conocido entre nosotros.
Interviene un Consorcio de los señores Vázquez, Montero y Castro que tasan los costos en 40 mil pesos. Careciendo el nuevo Gobierno de recursos, D. Francisco Juanicó concede un préstamo, pagadero en 3 cuotas. Los trabajos comenzaron el 29 de noviembre del año siguiente.
Los cangilones de la novedosa máquina, extraían 250 toneladas por hora, vertiendo ese barro en unos terrenos bajos en La Aguada. La extracción se comenzó en la costa a la altura de las actuales Colón, Solís y Zabala, que se llamaban San Benito, Santiago y San Francisco.

Al empresario Samuel Lafone el gobierno arrendó espacio para desembarcaderos para ser explotados por 15 años; la contrapartida era la suma de $ 15.000 por una vez y le prestaba $ 150.000 con cargo al arriendo convenido.
La “fábrica limpiadora de fondos” (draga) tenía su base-taller en la Bahía.
El Ing. Pellegrini construyó asimismo un muelle de 180 varas de extensión, en dos sectores de 90 cada uno.
Periódicamente, surgían iniciativas de ampliación del primitivo Puerto.
Recién en la Presidencia de D. Juan Lindolfo Cuestas, se construyó un gran puerto. El mismo que aún funciona, con muchas ampliaciones y mantenido siempre “a nuevo”, con permanentes modernizaciones.

Juan Carlos Pedemonte - El País - 25 de abril de 1999

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