otos días, un hipódromo que
tuvo una irregular actividad entre los años 1881 y 1890.
Fue en ese lugar, precisamente, que se fundó el primer club hípico que
conoció el Uruguay, con la entusiasta acogida de la colectividad británica,
y una significativa adhesión de caracterizados personajes de nuestras
principales esferas.
RELATIVA REPERCUSION EN EL ESTRENO
Para la jornada inaugural -domingo 13 de marzo de 1881- se esperaba recibir
a una concurrencia desbordante. Aparte de la atracción que despertaba el
programa entre los flamantes turfmen, estaba la perspectiva de disfrutar de
la belleza del panorama desde el gran palco, verdadero mirador que acercaba
la visión del mar. Cabía allí, cómodamente, un millar y medio de personas,
las que podían alternar sin molestia alguna en el amplio café-restaurant
para saborear un humeante cafecito, o saciar su sed con un buen refrescado
de grosella o granadina.
Sin embargo, los cálculos optimistas de los organizadores fallaron
lamentablemente. Un público reducido ofreció una opaca respuesta a la
convocatoria; y sólo la presencia en el palco del presidente de la
República, Dr. Francisco Antonino Vidal, aportó una mención importante a la
crónica social del acontecimiento.
En tren de buscar explicación más o menos lógica a tal ausencia masiva, se
creyó hallarla en el precio de las entradas. Aún cuando el acceso de las
damas era libre, los caballeros debían abonar algo así como un peso y medio
para ingresar al palco... (una exageración para aquéllos días).
Seis fueron las pruebas y disputadas en la ocasión: y todo habría
transcurrido normalmente, de no haber cometido una injustificable
imprudencia el aficionado Luis Ríos, que empujado hasta la copa de un ombú
por su pasión turfística, se olvidó de la riesgosa posición en que se
encontraba y comenzó a aplaudir calurosamente a su candidato que acababa de
ganar. Hacerlo y precipitarse al suelo fue todo uno. Huesos fracturados y
un tremendo susto, arrojó como saldo doloroso aquella exteriorización
triunfal, tras la cual el jefe de la policía local -Comandante Clark- condujo el
operativo de auxilio al herido.
Concluida la reunión, los responsables de la programación sirvieron "una
abundante comida a las autoridades e invitados especiales, en una gran
carpa de las inmediaciones".
UN LARGO PERÍODO DE INACTIVIDAD
Tal vez cundió el desánimo entre los administradores del circo esteño, ya
que por un espacio dilatado de tiempo no se renovó allí la emoción del
espectáculo hípico.
Recién el 30 de junio de 1881 se llevó a cabo una segunda reunión, tanto
como para romper momentáneamente la inercia: y nuevamente, se abrió una
pausa que se extendió hasta el 11 de diciembre de ese mismo año. El
movimiento del "sport" fue bastante pobre, superado ampliamente por las
apuestas "mano a mano" que se cambiaron entre varios concurrentes al palco.
Algún éxito aislado se anotó en la reseña de este hipódromo: pero ello no
alcanzó para consolidar una larga permanencia en el lugar, llegándose al
cierre definitivo en l890, cuando ya se había inaugurado el Hipódromo
Nacional de Maroñas.
En Punta Carretas, la mujer no había mostrado interés por "el deporte de
los reyes": contadas con los dedos de las manos las presencias femeninas, pocas
veces contribuyeron con su belleza a realzar el brillo de las jornadas en
aquel escenario, vecino de la ya nacida Parva Domus. Hubo que esperar
varios años -justamente hasta la puesta en marcha del hipódromo maroñense- para
lograr que las damas enriquecieran mediante asistencia frecuente el paisaje
turfístico, con la distinción de sus atuendos y sus elegantes siluetas.
EL DESTINO DE UNA ZONA
El football (como se escribía antes de la castellanización de la palabra); y
el turf, vieron llegar un día hasta Punta Carretas, a su compañero de
triángulo deportivo: el golf.
Antes de fin del siglo XIX -allá por 1894- otros ingleses estrenaron
algunos "links" donde estuviera el Hipódromo del Este y dieron origen a la creación
del Golf Club de Montevideo, actual Club de Golf del Uruguay.
El paraje -un auténtico regalo de la Naturaleza, que el hombre supo
apreciar y aún mejorar con un tratamiento excepcional constituye en la actualidad
uno de los puntos más hermosos de la panorámica capitalina.
Según pasa el tiempo.
REBAR - Diario El País
12 de enero de 1997.
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