Manuel Oribe
Un tinterazo a la cabeza del maestro.

  El niño no soportó más la feroz reprimenda que, como bien lo sabía la clase entera, anunciaba inminentes castigos corporales; y sin pensarlo más manoteó un tintero que encontró cerca y se lo arrojó con alma y vida a la cabeza del maestro.
Por fortuna no dió en el blanco, y por fortuna el agredido quedó paralizado en un primer momento por la sorpresa, con lo que dió tiempo al escolar para escabullirse del salón de clase y huir despavorido a la calle.

Sus compañeros quedaron petrificados en sus bancos.
No se oía volar una mosca.
La tempestad no tardaría en estallar.
El rostro pálido y demudado de aquel hombre famoso por su crueldad, se fue crispando con un rictus de ferocidad que los chicos nunca le habían visto, a pesar de estar habituados a sus explosiones incontrolables de furia.

Reconozcamos que aún en nuestros días, una agresión infantil como aquella provocaría una verdadera conmoción; cuanto mas en una de las severísimas escuelas de la época colonial, donde los castigos corporales estaban no solamente permitidos sino recomendados y el maestro era una figura intocable y temida.

Pero pocos tan autoritarios y odiados como aquel catalán de ojos helados, el maestro Barchilo'n, reseco y agrio, que parecía disfrutar cuando empuñaba su palmeta y su vara de azotar, verdadero terror de los desdichados niños Montevideanos de ese entonces.

Como era inevitable, no bien el maestro pudo salir de su estupor, anunció los mas severos castigos para el niño agresor y exigió la inmediata comparecencia de sus padres.
Estaba determinado a que la venganza fuese ejemplarizante.
Todos temblaron. La crueldad fría de aquel hombre era célebre en Montevideo.
Su rigor casi fanático, su apego implacable a la sentencia española "la letra con sangre entra", lo convirtieron en el cuco de varias generaciones escolares que tuvieron que pasar por su aula y llevar encima, casi sin excepciones, la marca de sus instrumentos de castigo.

Mientras, el niño del tinterazo había desaparecido sin dejar rastro ni indicio alguno.
Nadie podía dar noticia de su paradero.
Las conjeturas fueron incontables, pero ninguna condujo a pista fehaciente.
Hasta se llego a temer que el niño, aterrado, atentara contra su vida.
A medida que las horas corrían, sus padres, desesperados, iniciaron una búsqueda sin saber demasiado hacia donde orientarla.
Todos los esfuerzos resultaron infructuosos.

Recien al cabo de inacabables horas de angustia, apareció en la casa paterna un emisario: un compañero de clase muy compinche del prófugo.
Este mandaba a decir que estaba dispuesto a reintegrarse de inmediato al hogar, pero con una condición insoslayable: que no se lo enviara nunca mas a la escuela donde dictaba clases el feroz maestro.
De lo contrario no lo volverían a ver.

Los padres conocían bien el caracter de su hijo: un niño por demás sensible, hasta algo enfermizo quizás, pero firme y determinado cuando adoptaba una resolución.
Podrían venir para los padres días de terrible angustia.
Y hasta quizás en el fondo le darían la razón por su actitud extrema: tanto era el repudio que inspiraba aquel maestro despiadado.
Los padres terminaron por aceptar la condición de su hijo y accedieron a cambiarlo de colegio.
El chico reapareció poco después sin mayores señales de arrepentimiento.

Quizás sorprenda saber que este niño que tuvo la osadía casi inaudita de desafiar a un sistema tan estricto y riguroso como el de la escuela colonial, estuvo llamado, andando el tiempo, a alcanzar los mas altos destinos en nuestro querido país. Es así que lo encontraremos sucesivamente como teniente primero de Artigas, segundo jefe de los 33 orientales, segundo Presidente de la República y fundador de uno de nuestros dos Partidos Tradicionales.
Manuel Oribe fue el niño que nos brindó, tan temprano, esta muestra mas que comprensible de rebeldía, determinación y coraje infantiles.

Milton Schinca - Boulevard Sarandí
Memoria anecdótica de Montevideo de la Colonia a nuestros días.
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