A misa dominguera y de compras en el Pueblo de los Pocitos
  Por la noche llovió bastante, pero temprano el sol había salido, haciendo aquella mañana de domingo, clara y luminosa.
Calentaba de verdad el sol fuerte de fin de febrero.
El río, despues de la tormenta, aparecía sereno y azul.
Me daba pena alejarme de la playa, pero mi madre había decidido que yo la acompañara a misa, para despues salir, en una vuelta, a conocer el pueblo.
La capilla del Pueblo de los Pocitos estaba a menos de tres cuadras de la casa, en la calle Chucarro.
Era pequeña y bien pueblerina, sin torre, con sus dos campanitas destempladas que colgaban de una revuelta del muro, todo pintado a la cal.
Llamando a misa, sonaban desde hacia rato, con tintineos bien alocados de campanitas de aldea.

Iba llegando bastante gente, endomingada en su vestimenta.
Evidentes italianos de grandes bigotes, las mujeres de pañuelo o tul en la cabeza.
Las demas veraneantes de sombreros grandes, con plumas.
Algunos hombres, que sin duda venían de mas lejos, llevaban botas de campo, con barro todavía fresco.
Alguna gente había llegado en volantas descubiertas o sulkys, que esperaban en la calle.
En tramos de vereda todavía quedaban charcos de agua.
Al frente de la capilla, a los dos costados de la puerta, empotradas en el muro y a muy poca altura, había planchuelas de hierro, con filo, hacia arriba, en las que los fieles desembarraban sus calzados antes de entrar a la misa.

En la vereda de enfrente, un comercio con vidriera ostentaba un letrero alto en chapa pintada, que anunciaba la índole del negocio:
“Hojalatería y zinguería de Piendibene Hermanos”.
Más hacia la esquina, un comercio de tienda, también con su muestra pintada:
“Al naufrago del Liguria. Tienda”.

Cuando ya entrabamos a la capilla, llegaba una comitiva extraña que nos llamó la atención.
Un coche muy raro, descubierto y que manejaban sus mismas pasajeras, con caballo flaco pero bien enjaezado, conducía a dos señoras que se cubrían del sol con una sombrilla verde abierta.
A su costado cabalgaba en un tordillo grande y aparatoso, pero sin bríos, un hombre de bastante edad.
El jinete también se defendía del sol con una gran sombrilla color naranja, las riendas en una mano, la sombrilla en otra.
Un muchachón aindiado, montado en pelo y descalzo, en un petizo bayo, también formaba parte de la comitiva.
Saltó rápido y se hizo cargo primero de las sombrillas, que cerró con mucho cuidado, y luego de las riendas del carruaje y del tordillo.
Las damas y el hombre se limpiaron el barro de sus zapatos en los fierros del muro y luego, ceremoniosamente, entraron en la capilla.

Todavía no empezaba la misa.
Mi madre sabía por referencias y me contó, quienes componían aquella pintoresca comitiva.
Era un rico propietario brasileño de cerca de Punta Carreta: don Herminio Ferreira, su esposa y una cuñada.
Llegaban a la misa del pueblo, todos los domingos, al estilo de Yaguarón, de donde eran originarios.
Hasta con el escudero descalzo.
Yo estaba sentado junto a mi madre cuando de repente se nos apareció un visitante inesperado:
“Dingo”, el fox-terrier que quizás, encontrándose solo en la casa, salió a buscarnos.
Movía la cola con gran contento.
Mi madre me dijo en voz baja, que tenía que salir con el perro antes que don Domenico, el cura italiano, se apercibiera de su presencia.
Salí, con Dingo, un poco avergonzado porque todos me miraban, y espere afuera.
(Yo conocía el caso, que mi padre había relatado muchas veces, de un cura de Rocha, su pueblo, que interrumpía los latines de las misas para decir:
“Ya tengo dicho que no se puede entrar con perros.
El dueño de ese cachorro sírvase salir.”)
Pero a mi me divertía el episodio porque me daba cuenta de que mi devoción y religiosidad no eran muy fuertes.
Sin la menor duda, todo el espectáculo pueblerino me resultaba mas atractivo que la ceremonia religiosa.
Afuera, me fui derecho a observar el carricoche en que habían llegado las viejas, que mi madre me había dicho que en el Brasil los llamaban “sopandas”.
Dingo saltaba, contento, a su alrededor.

Poco después, terminó la misa, y empezó a salir la gente, que, discretamente, se demoraba, cruzando sonrisas, para presenciar la salida de la familia brasileña.
Ya no había sol.
Se había nublado todo el cielo con nubes bien negras.
Me perdí, pues, la operación de la apertura de las sombrillas, que no efectuaron.
Cuando mi madre salió, la familia de don Herminio ya iba un poco lejos, al trotecito.
Pronto empezaron a caer gruesas gotas.
Tuvimos pues que dejar el paseo por el pueblo para otro día y volver corriendo a casa.
Recién a la tarde, ya casi entre dos luces, y ante mi cargosería continuada, decidió mi madre sacarme a dar una vuelta, para ir conociendo el Pueblo de los Pocitos y hacer alguna comprita que otra.

Salimos calle arriba, iríamos a la fábrica de caramelos y a la botica.
Le habían dicho a mi madre que la fábrica de caramelos de Ravera, bien renombrada ya en Montevideo, estaba instalada en un teatro que ya no funcionaba. Aquello movía tremendamente mi imaginación infantíl.
En un teatro!
Como podía ser?!
Este tipo de cosas nuevas me atraían muchísimo, a pesar de mis pocos años.
(Que no eran tan pocos, pensaba a menudo, pues en abril cumpliría ocho años, y ya sabía leer bastante).
Asediaba a preguntas a mi madre, que se divertía con ellas mientras caminábamos, Pereyra arriba, por la vereda de la izquierda.
Antes de llegar a la calle Berro, pasando la ferretería de don Nicola, allí estaría el teatro, vale decir, la fábrica de caramelos.

Y era nomás, allí, como nos habían dicho.
Una entrada de un pequeño pero lindo teatrito de pueblo.
Con su hueco en la pared y la palabra inevitable: “Boleteria”.
(Yo me preguntaba a mi mismo: No será necesario sacar entrada ?).
Entramos al teatro. Era mágico.
Platea, dos filas de palcos, paraíso y escenario.
En la platea, piso horizontal libre de butacas, funcionaba lo que podríamos llamar el taller o la fábrica en sí.
Grandes tachos, calentadores, vasijas, moldes.
En los palcos cercanos, pilas de latas y bolsas de papel con los caramelos.
Media docena de muchachas, en unas mesas largas, secaban y envolvían los caramelos.

Las demas instalaciones subsistían con todo su lógico atractivo, aún en inactividad teatral. Mis ojos de siete años, casi ocho, escudriñaban el vacío escenario que aún conservaba algunos decorados y rompimientos. El telón, arrollado en alto, dejaba ver algunos muebles, roperos, camas y sillas. Allí vivía gente. Un gran sillón dorado, pero con el asiento hundido, desentonaba en aquel ambiente de muebles pobres. En la pared del fondo, bastante en alto, un gran retrato de Garibaldi con el ponchito rojo. Que representación se iría a realizar allí ?
Sería lindo vivir en esa escenografía trazada por la realidad, pero en el ámbito del teatro frustrado, muerto ?.
(Años después, muchas veces he pensado en aquel ambiente, quizás pirandeleano, real e irreal al mismo tiempo.
Tenía entonces muy pocos años para poder apreciar un aire de tristeza que flotaba en aquel teatrito muerto.)

Compramos por poquísimo dinero, un paquetón enorme de caramelos Ravera, y salimos.

De “Pueblo de los Pocitos” de Guillermo Garcia Moyano


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