Unas medias de seda para el difunto.
  Fue él quien trajo árboles nuevos al país.
Dieciseis variedades hizo venir de Francia, que aquí no se conocían.
Entre ellas la acacia y la mimosa.
Allá en los días del sitio patriota comenzó sus primeros apuntes de botánica y empezó a formar su rico herbario de plantas indígenas.
Cuando emprendió su famoso viaje hasta el Hervidero para ver a Artigas, en 1815, exquisitamente relatado en su "Viaje de Montevideo a Paysandú", aprovechó sus andanzas por la Campaña para hacer acopio de plantas medicinales, que al final le ocuparon tres cajones.

Pero además se pasó la vida coleccionando aves, insectos, plantas y minerales.
Descubrió fósiles en Toledo y otros puntos del territorio.
Encontró los primeros vestigios del enorme Tatú o Armadillo fósil (desypus megatherium), llegando a determinar su estructura interna.
Introdujo las ostras en el Río de la Plata, dando origen con ellas a la reproducción de este molusco en las costas de la Isla de Lobos y Maldonado.
Fue el primero en el país que se dedicó a la sericultura.
El primero en introducir la morera (Morera Multicauly) y hacer cultivos propios de seda.
Y tanto éxito obtuvo en la cría del gusano de Seda que llegó a cosechar capullos en calidad y cantidad bastantes como para confeccionar algunos objetos.
Así, mandó fabricar una preciosa bolsita de seda para guardar dinero, segun un modelo que estaba muy de moda, y se la obsequió al General Rivera cuando este era presidente.

Cuentan que por amor a la ciencia y la observación terminó sus días ciego, pues dedicaba muchas horas a la astronomía, y de tanto observar el firmamento empezó a sufrir de una afección a la vista.
El mal se agravó por su afán de registrar con toda minucia un pasaje de Venus; pero también por abusar del microscopio con el que estudiaba continuamente "las lagartijas y otros seres que hacia abrir en el medio del campo, al rayo del sol ... "

Es asombroso el acopio de saber que alcanzó este hombre en un medio tan indigente, hasta el punto de alcanzar renombre internacional como naturalista.
Son bien conocidos sus "Escritos", donde recogió sus trabajos científicos en varios tomos.
Allí explica sus investigaciones y las ilustra con dibujos realizados pulcramente de su mano.
Hoy pueden leerse las cartas llenas de consideración y respeto que le dirigían sabios tan eminentes en la época como el francés Saint Hilaire.
Llegó a ser socio corresponsal de la Sociedad de Historia Natural de París, y recibió distinciones honoríficas en el extranjero.
Y sin embargo fue un autodidacta, que apenas si aprendió rudimentos de latín y filosofía, en el Convento de San Francisco de Montevideo.
Luego ingresó en la carrera eclesiástica, ordenándose de presbítero en Río de Janeiro; pero estudios mas avanzados no realizó en el campo científico.
Fue tipicamente un hijo de las lecturas, y sobre todo de la observación directa de la naturaleza, en la que fue incansable.

Y mas sorprende todavía su extraordinaria labor científica si pensamos que su existencia se vió desde temprano reclamada por el quehacer público que nunca rehuyó, desde que era Teniente Cura de la Matriz cuando los sucesos de 1810, hasta su fallecimiento durante la Guerra Grande en su quinta del Miguelete, a los 77 años.

Dámaso Antonio Larrañaga bajó a la sepultura calzando unas hermosas medias de seda que el mismo había mandado fabricar con seda cultivada en su criadero.


"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

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