Fondas Montevideanas
La Fonda Marcelino (Montevideo 1930)
  Las fondas en el Montevideo actual van desapareciendo. Se podría decir que hoy por hoy estan casi extinguidas. Formaron un collar pintoresquista en El Puerto, se bifurcaron por La Aguada, tiraron para el lado del Reducto y las cercanías de la Estación Agraciada, tomaron auge en el Paso Molino, (uno de los barrios mas auténticos y netamente "montevideanos" de nuestra ciudad), en la cuadra de Agraciada y Carlos María Ramirez, y saltearon La Unión con los nombres mas diversos. Pero siempre "la flor" signó su primer nombre como un fetiche de "morriña" y "saudade". Casi todos eran: "La Flor de Pontevedra", "La Flor de Vigo", "La Flor de Orense", "La Flor de Coruña". Y también proliferaron las otras "flores": Cataluña, Andalucía, Palma de Mallorca. También hubieron las itálicas: "La Genovesa", "La Firenze", "La Pasta Frola".
Pero en general puntearon de bastoneras las flores galaicas.

Claro que la fonda fue siempre una institución adocenada. Sin imaginación ni inventiva alguna. Algo así como la mujer burguesa, íipicamente aburrida y repetitiva, que no tiene ni noción de que lo es, con "berretines" de tener "mundo" y que cree ser innovativa e interesante: un día por semana "de recibo", otro para la modista, otro para el rummy canasta ...

Las fondas, por mas "flores" que fueran, siempre el mismo ritornelo:
jueves, domingos y fiesta patria, "rabioles con niños envueltos" o "tallarines con estofado mechado". El resto de la semana: sopa, albóndigas, guiso y puchero. "Una de cuando en vez, como dijera Perogrullo, pescado a la bilbaina o arroz con menudos, porque el pollo o la gallina se la comían los dueños de la pomada". Pero las fondas tenían algo de bueno que ahora no se ve: la taza de caldo no se cobraba.
Porque si las fondas de antes revivieran, las iba a jopear de entrada el Fondo Monetario Internacional, que trataría de embotellar el caldo y llevarlo a las "Uropas", para servirlo como un consome de lujo en los mejores hoteles, para deleite de botudos y galerudos.

Pero La Fonda de Marcelino en La Unión, frente a la Plaza de Deportes, fue una de las mas pintorescas de Montevideo en los últimos treinta años. Era una especie de fonda-posada-hostería-motel, que contribuyó gran forma a la proliferación de las mas diversas especies de moscas y mosquitos que azotaron a la histórica villa. Era una de esas casonas coloniales que sirvieron de asiento a pudientes señores de la época. Un salón grande, varias piezas y un sinnúmero de altillos-miradores, especies de pesebres aéreos. Una vasta cochera, y un pedazo grande de terreno "tierra adentro como quien va para el norte", formaban el perímetro de una fonda que daba de comer, posada para dormir, lugar de descanso y bebedero de caballos y un billar de casín para terapéutica sedante de las grandes digestiones.

En todos los lugares donde se come, el silencio reina por doquier, solo interrumpido este por bajos coloquios y el metálico choque de los cubiertos. Los mozos se acercan a la cocina y allí piden discretamente los platos solicitados. Pero en las fondas nuestras, entre el olor a pescado frito, los gritos destemplados de los mozos, las discusiones sobre el pacto de Tacna y Arica, los partidarios de Lorenzo Fernandez y de Samitier y de Zamora, aquello era como un mercado árabe, un toma y daca, un revoltijo de saldos gastronómico-politicos de verborragia acústica.

Pero en La Fonda de Marcelino, el almuerzo o la cena tomaban caracteres goyescos, una astracanada de Muñoz Seca, un sainete de Vacarezza en la planchada de un barco que va a partir, y todo el mundo se le olvida a último momento lo que tiene que decir y dicen gritando lo que tendrían que callar. Por ejemplo, los sábados de noche y también los jueves y los días de fiesta, la fonda de Marcelino tenía cantores o ventrílocuos, entonces se daba el caso que mientras el cantor alzaba la voz en aquello:
- "Ella tenía sus trenzas con reflejo de luna ... ". - el mozo gritaba:
- "Sopa caldosa pra uno, dush fritush, dush jisos con bastante pirijil y ago ... ".
El cantor volvía con renovados bríos:
- "Ella se mató una noche ... en que el lucero brillaba ... ay, de su pena tan honda, que pena la suya", en ese momento el mozo gritaba:
- " Marche una cushtilla vuelta y vuelta pra uno, fuente de ensalada pra tres, dush albondigas con bastante gujo ... ".

Mientras entraban los carros que venian de Pando y el lenguetazo de los caballos se escuchaba en el bebedero, las moscas revoloteaban campeando por sus fueros, Marcelino aparecía por atras del mostrador, tomándole el pulso a los platos, como un domador de aquel circo fondero, especie de capitán de fondas, "la flor de ... ".

Estampas Montevideanas de Luis Alberto Varela.

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