El barrio Manga
  Es probable que la mayoría de los montevideanos ignoren por qué la localidad y el arroyo Manga se denominan así. Debemos suponer que en el siglo XVIII este nombre no existía aún, pues la corriente de agua así designada ahora se llamaba entonces "arroyo del Mangangá" y fue por un proceso de apócope o abreviación del nombre primitivo que pasó a ser "Manga", como hoy le decimos.

El arroyo nace en una de las laderas de la Cuchilla Grande, en el paraje hoy denominado Manga (antiguamente 'pago del Mangangá') y se rinde al arroyo de Toledo, por la márgen derecha de éste. El nombre 'mangangá' es de origen rioplatense y fue incorporado al idioma castellano por la Real Academia de la Lengua. Alude al 'abejón', insecto himenóptero armado de aguijón y muy zumbador, abundante en esta Banda Oriental y en el resto del virreinato.

En síntesis, pues, no es por otra cosa que por el insecto himenóptero, de inconfundible zumbido, que el 'pago del Mangangá' tomó ese nombre, apocopado mas tarde en 'Manga'.

Distintas constancias documentales certifican esta conclusión sin dejar lugar a dudas. En la segunda mitad del siglo XVIII, don Lorenzo de Ulivarri, cabildante y miembro del comienzo de Montevideo, denunció un terreno en el 'pago del Mangangá, frente al arroyo de ese nombre', e instaló allí un saladero, uno de los pioneros de esta industria en la jurisdicción de Montevideo.

Fue en el mismo lugar que don Pedro Francisco de Berro y su concuñado y socio, don Pedro José de Errazquin, , ambos calificados vecinos y cabildantes de Montevideo, y el primero de ellos futuro constituyente de la República, adquirieron una chacra en 1801. Las escrituras de entonces ubicaban la finca entre los arroyos 'de Toledo y del Mangangá', y en ella fue levantada la famosa 'azotea de Berro', que sirvió de residencia de campo a varias generaciones de esa familia, en las proximidades del hoy camino Antares.

Ambos socios comerciales eran, además, concuñados porque se hallaban casados con dos hermanas Larrañaga, hermanas ambas, a su vez, del presbítero don Damaso Antonio Larrañaga, sabio, abnegado prócer de los años patrios y luego primer vicario apostólico de la República, quien solía pasar largas temporadas en esta chacra, según refirieron las tradiciones familiares.

Hijo de don Pedro Francisco fue don Bernardo Prudencio Berro, presidente constitucional de la República entre 1860 y 1864, asesinado en 1868. Amante del campo y de sus faenas, se cuenta que estaba don Bernardo Prudencio en la chacra del Manga guiando un rudimentario arado de madera tirado por bueyes, el día que varios de sus amigos y partidarios políticos llegaron hasta allí para ofrecerle la primera magistratura del país. Terminado su período de gobierno, Berro retornó a su chacra donde, se dice, aprovechando los generosos frutos de sus membrillales, fabricaba artesanalmente, con sus propias manos, el dulce de membrillo. Y fue en esa 'casa de azotea' donde el presidente, que era también amante de las letras, escribió su 'Epístola a Dionisio', pequeño poema de género bucólico.

Pero el Manga contiene también las historias de otros sueños montevideanos. El desarrollo de la aviación, desde principios del presente siglo, fascinó a muchos hombres brindándoles, con la posibilidad de volar, la participación en la aventura increíble de semejarse a los pájaros.

Muchos de ellos cayeron mártires de sus aventuras y de sus sueños, cuando las técnicas de la aviación aun no habian alcanzado el perfeccionamiento de hoy. Por esos varias calles en el Manga, y también el vecino barrio Piedras Blancas, llevan los nombres de estos mártires pioneros: Lacosta, Francisco Bonilla, Tula, Duarte y tantos otros cuyos sueños cayeron a tierra para siempre.

Los barrios de Montevideo
Ricardo Goldaracena

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