Los Pocitos
Si no va errada mi cuenta, hará cosa de cuatro años que no iba a Los Pocitos, y con decir esto se comprende mi sorpresa al encontrarme con todo un pueblo trazado y edificado en lo que por aquella fecha eran áridos médanos de arena poblados tan solo por algunas lavanderas que empavesaban sus tendederos con las ropas y lienzos que colgaban a secar, flameantes como banderolas y gallardetes al soplo de la virazón que azota aquella playa abierta al Sur.

Lo que ha perdido el sitio de su agreste poesía, lo ha ganado en comodidades de vida civilizada, con sus calles empedradas, con sus casas de recreo de caprichosa y elegante arquitectura, con sus jardines y parques y con los comercios y establecimientos que suplen todas las necesidades de los que alejándose de la ciudad buscan refugio durante el verano en aquella pintoresca costa siempre batida y refrescada por el oleaje del dilatado mar, en cuya solitaria planicie apunta tan sólo el pequeño caserío de la Isla de Flores, que blanquea a lo lejos, casi en los confines en que el azul del cielo se funde en el azul de las aguas.

Forma allí la playa un seno en cuyo centro se levantan las construcciones del Establecimiento Balneario, arrasadas varias veces por las iracúndias del mar que embravece el pampero, y reconstruídas otras tantas por la infatigable constancia de las diversas empresas que se han empeñado, hasta conseguirlo, en hacer de aquella árida región una estación de baños, ensanchando cada año las instalaciones, que son actualmente amplísimas y espléndidas con todo género de comodidades.

Aquello ahora es un verdadero casino balneario como los que se ven en las más renombradas playas europeas. No hay lujo decorativo ni de amueblado; pero hay espacio, limpieza, aire, luz, buena mesa y mejor paisaje; de manera que estan complementadas la sanidad y el bienestar del cuerpo con el recreo del espíritu, que tiene su ambiente de salud en lo pintoresco del medio en que se vive.

Aquel hotel primitivo, de un solo piso y construído de maderas que sirvieron de pasto al incendio que hace unos años devoró todas las instalaciones, es ahora un edificio de dos cuerpos, de paredes de fábrica, ocupando el primer plano el salón comedor, vastísimo y lleno de luz, y el segundo, las habitaciones para los huéspedes, dispuestas en "compartimientos" muy cómodos. El comedor se prolonga en una extensa terraza que llega hasta la playa, y esa terraza está techada, casi hasta la mitad, por la balconada del piso superior, que sirve de amplio desahogo a las viviendas y donde se podrá comer por las tardes respirando el aire fresco de la playa y gozando del movimiento de la concurrencia que allí acude.

Es imposible veranear en condiciones de mayor comodidad y recreo: buenas las habitaciones, nuevos y confortables los muebles, el servicio esmerado, la mesa bien atendida, selecta la sociedad, el baño a la puerta de la casa por la mañana y por la tarde, y siempre a toda hora, el variado panorama del extenso campo y del amplio mar y el ir y venir de multitud de mujeres elegantes, ataviadas con la frescura y gracia de los trajes veraniegos cuya tenuidad deja entrever y adivinar los contornos que ellas no quieren mostrar.

La playa se curva en un arco cuyos extremos avanzan mar adentro en restingas pedregosas casi siempre coronadas de espumas, pues rompe en ellas el oleaje encrespado por la virazón que es constante en estos días, no dando reposo al mar sino por la madrugada, en cuya hora se aquieta y se adormece sobre las arenas cardadas y molidas en el incesante afán de las aguas, que parece que se entretiene en pulir y suavizar durante el día el lecho en que han de descansar por la noche al sosegarse ese viento inquieto que las revuelve y agita.

Bordan la graciosa curva de aquella ensenada grandes médanos de arenas doradas por el sol que las hornea, entre las que crecen vegetaciones héticas y descoloridas, calcinadas las raíces en las entrañas caldeadas del médano y marchitas las hojas por el mar que escupe sobre ellas babas salitrosas que se cristalizan en las plantas abrillantándolas como confituras azucaradas.

Tierra adentro la vegetación es más lozana, aunque no viciosa, porque las brisas marinas aplacan las exhuberancias de la savia; pero, con todo, se ven grupos de árboles frondosos y el campo que nos rodea verdeando con los cultivos de hortalizas, dispuestos en cuadrados simétricos cada uno de los cuales da un tono diverso de colorido, formando como un mosaico de variadas gradaciones de tintes verdosos.

Todo esto, sin embargo: médanos, árboles, costas, promontorios, no es mas que el marco del gran paisaje del mar, siempre mudable y cambiante, según la hora, según el viento, según vengan las corrientes de los cenagosos canales del Delta o de los profundos y transparentes senos del océano; ora tendido como una inmensa sábana azul, ora agitado y convulso en olas barrosas devueltas por el pampero, otrora moteado de vellones blancos rizados por la virazón; solitario un rato, otro rato surcado por la afilada proa de algún transatlántico que entra en reclamo del puerto, o se aleja para apartadas costas; poblado al caer la tarde por las barcas pescadoras que regresan de sus atrevidas excursiones como bandadas de aves, impulsadas por sus grandes y graciosas velas latinas que tienen corte y vibraciones de alas, cruzándose las barcas que vienen en busca de la anhelada amarrazón con las gaviotas que van en demanda de su amoroso e ignorado nido, llevando unas y otras el sustento de los suyos.

Completan esta animación del dilatado cuadro del mar las escenas de la playa, en que son actores bañistas y paseantes, los unos refrescándose en las inquietas aguas, los otros recorriendo la costa, cambiando saludos y miradas; otros sentados en la amplia terraza contemplando el atrayente proscenio de que son protagonistas las olas, que parecen seres vivientes por la movilidad con que retozan, atropellándose las unas a las otras como aguijoneadas por el afán de ver cuál de ellas ganará más terreno sobre las pulidas arenas, hasta que después de mil tentativas infructuosas por alcanzar un montículo que se defiende como un baluarte, llega una mayor que las demás, toda "enrulada" de espumas rubias, y pasa la meta allanando la deleznable prominencia objeto de tantos ataques.

El mar tiene el mismo poder de atracción que el fuego, como todo lo que es mudable y vario. Las olas, como las llamas, fijan la atención del espíritu en esos ratos en que se quiere no pensar en nada, y las horas pasan insensibles en esa contemplación vaga, esperando siempre ver algo nuevo, interesándose en el avance lento de las aguas que van ensanchando sus dominios por pulgadas, hasta que la costa se rebela contra la invasión y empieza a hacer retroceder al asaltante, desalojándolo de las posesiones con tanto tesón conquistadas y quedando ambos dentro de sus naturales fronteras rehaciéndose para volver al poco rato a empeñar la interminable lucha.

Los Pocitos es el punto de recreo veraniego mas encantador que tiene Montevideo en sus pintorescos alrededores, y con ser ya un centro importante, lo será mucho mayor a medida que se generalicen los hábitos de vivir para el que puede alejarse de la estrechez de la ciudad en esta estación en que todo el aire parece poco para satisfacer las funciones respiratorias y en que el espíritu busca amplitud para expandirse, concertando sus necesidades con las del cuerpo, que también quiere espacio para solazarse.

Las comodidades de la casa las ofrece el hotel hasta donde el más exigente las desee: los atractivos de la sociedad los brinda la bulliciosa multitud que allí se reúne; los encantos de la soledad se encuentran a pocos pasos en diversos sitios de los agrestes contornos; los variados accidentes del paisaje se abarcan desde la cómoda terraza, y para la frescura e higiene del cuerpo está allí, a la puerta misma de la cómoda vivienda, la gran bañera de aguas transparentes y azules en que se mira el sol al nacer, en que se contempla en todo su esplendor cuando campea en el centro de los cielos, y en que se desmaya en la hora triste del crepúsculo, reflejando sus últimos rayos que pintan de carmín el torreón del faro de la Isla de Flores, que fulgura allá lejos, muy lejos, por donde parece que viene entrándose la noche arrebujada en su negro velo moteado de chispas de plata, como el traje de una de aquellas hadas poseedoras de una vara de virtud cuya ayuda pediría ahora para que con su toque mágico diera vida, color y luz a este cuadro que tán pálido y sombrío me resulta cuando recuerdo todos los esplendores del paisaje que no ha muchos días vi y que no me atreví a describir temeroso de la insuficiencia de mis letras para reproducir el panorama en toda su realidad.
De "Artículos"
Publicado en el diario "La Razón" de Montevideo
24 de enero de 1884
Sansón Carrasco (alias de Daniel Muņoz)


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