Ingleses propasados e ingleses caballeros.
  Corre el año 1806. Nuestra ciudad que tiene ahora 80 años de fundada, es ocupada por las fuerzas navales inglesas después de un desgastante y sangriento asedio de varios meses de duración.

Tras la toma de la ciudad a sangre y fuego, cayó sobre Montevideo una nube de mercaderes, que había estado aguardando la caída de nuestra plaza en un sinnúmero de embarcaciones apostadas en el Puerto. Los recién llegados se ubicaron como mejor pudieron en los lugares mas inverosímiles de la ciudad: casamatas de la Ciudadela, hoteluchos, fondines, piezas alquiladas. Y pronto desplegaron sus telas y mercaderías no conocidas aquí, que habrían de despertar la curiosa avidéz de nuestros pobladores. Pero mas que nada fueron los comerciantes montevideanos los que se encandilaron con aquel bazar nunca visto que les abría la posibilidad de pingues negocios, consistentes en comprar a buenos precios esos artículos, y revenderlos mucho mas caros en otros puntos de la Provincia y del Virreinato; mientras que, a la par, ellos colocaban ventajosamente sus propios productos, que los británicos le compraban con dinero contante y sonante. No pasó mucho tiempo, antes que los negociantes se sintieran encantados con la visita.

Un día, unos mercaderes ingleses se propasaron en la calle con unas damas. El hecho bastó para que al día siguiente apareciese un bando del gobernador militar, redactado en inglés y en español, y que fue fijado en las calles: "El comandante de esta plaza, teniendo noticias de que algunas señoras han sido insultadas en las calles por personas que se apellidan negociantes, y siéndole a dicho Señor muy extraño una acción tan impropia del caracter de la nación inglesa, hace saber al público que las patrullas militares tienen orden de capturar a toda persona que tenga la vileza de cometer semejantes atentados contra el decoro de las señoras que pasean en las calles, y ordena que sean rigurosamente aprisionadas en la Ciudadela de esta plaza." Uno hasta cree ver la reverencia agradecida de las damas montevideanas ante su caballeresco protector ...

Pero este bando señala, en tono menor, lo que fue el clima de las relaciones entre británicos y montevideanos durante los meses de la ocupación. Ya se sabe que los ingleses venían en tren de congraciarse con nuestra población, y su política premeditada e inteligente fue la de instaurar un clima amable y civilizado hasta donde lo permitía el caracter militar de la ocupación. Pasados los horrores inevitables de la toma por la fuerza, durante los días siguientes comenzó a entretejerse un "status" apacible y harmónico entre invasor y doblegado, que a poco terminaría en una amplia cordialidad de relaciones. Nuestro Cabildo fue respetado y tenido en cuenta por el ocupante cada vez que surgía algún problema de interes común.

Así, por ejemplo, las naves de la Iglesia Matríz, habían sido destinadas para servir de hospital a los heridos ingleses, pero el espacio dispuesto era escaso para el elevado número de internados allí. Entonces la autoridad ocupante se dirigió al Cabildo y le solicitó cortesmente que le buscara solución al problema, habilitando con tal fin la casa del Marques de Sobremonte, en la calle de San Diego. Inclusive, como algunos heridos se quejaran de la falta de aire, el gobernador Gore Browne propuso la apertura de ventanas al exterior, lo que fue resuelto favorablemente por nuestro Cabildo.

Y asimismo, al producirse el fallecimiento de algunos heridos, los ingleses solicitaron autorización, y la obtuvieron, para enterrarlos dentro del recinto de la ciudad, a cuyo efecto se habilitó el llamado Hueco de la Cruz. Inversamente, a veces fue el Cabildo el que debió dirigirse a la autoridad ocupante en procura de alguna demanda, también cortesmente atendida; aún tratándose, como en un caso ocurrió, de un asunto de interés militar para los ingleses. En efecto, el General Auchmuty había resuelto que fueran demolidas algunas edificaciones situadas fuera del recinto fortificado, en previsión de ataques que pudieran producirse. Pero ello supondría un cuantioso perjuicio para el vecindario, razón por la cual el Cabildo medió ante la autoridad británica solicitándole que dejara sin efecto lo ordenado. Y esta accedió sin demora, a pesar del caracter estratégico de la medida.

Alguna vez, sin embargo, se generó algún rozamiento entre la autoridad ocupante y la montevideana. Así, con motivo de la fiesta religiosa de Corpus, la mas importante que se celebraba en nuestra ciudad de San Felipe y Santiago, la jerarquía eclesiástica dispuso que ese año, dada la diferencia de creencias con el ocupante inglés, se omitiera la habitual procesión por las calles, que era seguida con gran pompa por los cabildantes y pueblo; y que en cambio todos los oficios se celebraran dentro de la Matriz. Pero ocurrió que, mientras se estaba en plena celebración, con la iglesia concurridísima y los fieles entregados a la solemnidad de los actos religiosos, irrumpieran varios soldados ingleses, al mando de un capitán con una actitud claramente arrogante e irrespetuosa, con gestos y actitudes que fueron interpretados como irreverentes y de burla hacia nuestra religión.

Enterado nuestro Cabildo del episodio, se produjo en su seno gran conmoción, y se resolvió dirigir una nota muy airada a la autoridad ocupante. En ella se decía que aquellos soldados "no podían hacer mayor desprecio si hubiesen entrado en una casa de rameras públicas". El oficio fue dirigido al nuevo generalísimo británico, Whitelocke, pero no le cayó bien a este, quien se limitó a contestarlo secamente haciendo saber por intermedio de su Secretario, el Coronel Torrens, que ya se habían dado dictados precisos para que esos desórdenes no se repitiesen, pero puntualizando, respecto a la nota recibida, que "su estilo era mas propio para irritar que para conciliar".

De todos modos, muy pequeño temporal en medio de aquellas aguas encalmadas que fueron las de la ocupación británica durante los pocos meses que se ejerció en Montevideo.

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Llegan los Ingleses 1806-1807)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

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