Excursión pesquera.
  Nuestra calle Francisco A. Vidal, era una calle a medias, porque dejaba de existir de a tramos, de acuerdo al avance de los médanos.
Alguna vez, por la arena muerta, se aventuraba algun carro de panadero o alguna carretilla sin carga, queriendo cortar camino.
Pero, a la altura de Garibaldi (la calle siguiente a Pereyra), resurgían otros cien metros de calle, en base a antiguas construcciones.
Calle hasta con algunas veredas, y con el verdear de vía intransitada, en el inevitable empedrado de cuña.
Pero no fuimos por la calle Vidal.
En la mañana clara y soleada caminábamos buscando la arena endurecida por el avance de las olas.
Yo marchaba muy orgulloso, portador de las cañas y el Tio Camilo llevaba el morral con los aparejos.
La playa se curvaba en un arco limpio, sin rocas, quebrado por el viejo Hotel de madera, se llamaba "Hotel de los Pocitos", que se adentraba en el mar por su terraza, gran muelle asentado en vigas de lapacho creosotado, contra las que poco y nada habían conseguido los temporales.
Los ingleses hacian bien estas cosas. De un lado del hotel, como una horrible construcción lacustre, los baños de hombres, con sus puentecitos, escaleras, casillas y el clásico trampolín.
Del otro lado, terraza por medio, los baños de mujeres, todo dispuesto con idéntico mal gusto.
Mi tío Camilo sabía los nombres de todos.
Conocía a mucha gente, porque, sin haber vivido antes en el pueblo, había hecho mucho tiempo alli, la vida de playa y de pesca.
Conocía los pescadores, era buenazo y chacotón.
Con el nos entendíamos muy bien y se divertía adornando en algo las contestaciones a la serie inacabable de mis preguntas.
Así supe los nombres de todo lo que yo iba descubriendo en la playa.
Había en la costa una montonera de gente, pues los pescadores napolitanos estaban sacando la red.
A pocos metros de la orilla tenían fondeada la embarcación de pesca.
Leía bien el nombre:
"Mirandolina", en la proa, con letras blancas sobre el casco verde bien oscuro.
Era una "buceta" de vela latina.
Todo esto iba sabiendo.
Como ya casi estaba en la arena "la bolsa" nos detuvimos.
La bolsa de la red venía repleta a reventar, de pescadilla, que los napolitanos recogían en grandes canastas con destino para el mercado.
Pero la venta se iniciaba allí mismo, armando collera por docena, a "dos reales la collera".
Sin embargo mi tío admiraba casi despectivamente aquella riqueza del mar, porque íbamos en busca de pescado de calidad: brótolas, borriquetas y hasta algún mero, que se daban bien en las piedras del Canario (hoy Trouville).
Siguiendo nuestra ruta, teníamos que cruzar por debajo de la terraza y el sector de la playa destinado a las mujeres.
A la hora temprana de nuestra excursión, todavía no había llegado la guarda policial, de bota y espuelas, que impedía después de las ocho, que se cruzara por allí.
Recostándonos al muro de piedra que protegía la construcción del hotel y esquivando las olas que avanzaban, casi corrimos los cien metros de largo que tenía el muro.
Del sol pleno habíamos entrado a una sombra casi oscura, para salir de nuevo al sol y al esplendor de aquella mañana.
De nuevo en la orilla, ya mas cercano a la punta de los Canarios, salvada la zona "peligrosa" (por el rigor policial) de casillas y baño de señoras, nos topamos en plena playa, nos cerraba casi el paso, una construcción grande y pretensiosa, de mala arquitectura.
Mi tío me informó: "era el chalet de Ramasso", un político de la época.
Por su costado, buscando abrirse paso entre médanos, que verdeaban de gramíneas, desembocaba un pequeño arroyo que se veía bajar desde la loma, de allá donde todavía era campo.
(Era la zona de la que nacerían la avenida Brasil y Bvar.España).
Pero a un par de cuadras mas adelante, había que cruzar otra cañada, otro hilo de agua.
Eran tres los "arroyos" que en la ensenada de la playa hacían su muy módico aporte al gran Río de la Plata.
Tras un cerco de tamarises, a una distancia a la que no podían llegar las mas altas crecientes, un gran ombú y a su vera un rancho.
Antes que llegara mi pregunta mi tío ya lo había anunciado:
"El ombu de Pica y el rancho de Pica.
Un gran pescador y un buen amigo."
Y guiñándome un ojo, agregó:
"Si no sacamos nada, a la vuelta Pica me dará un par de brótolas".

1904. De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano

Crónicas Montevideanas de Sansón Carrasco

envíenos sus
críticas por