LA PRIMERA COPA DEL MUNDO, SE JUGO EN MONTEVIDEO

  Al inaugurarse el Estadio, un diario pronosticó su derrumbe porque el cemento estaba fresco.

Durante la década del veinte la ciudad de Montevideo vivía en pleno ataque de colosalismo edilicio. Por esos años se habían erigido el Hotel Carrasco en febrero de 1921, el Monumento a Artigas en 1923, el Palacio Legislativo en 1925, el puente sobre el Santa Lucía en 1929. Faltaba un estadio de fútbol gigante, acorde con las glorias acumuladas por los futbolistas amateurs que habían logrado los campeonatos olímpicos en 1924 y 1928. Pero además, un Campeonato Mundial que sirviera de marco a su inauguración. Ambas cosas se lograron en un tiempo asombrosamente breve. En febrero de 1929, la delegación del club Nacional de Fútbol integrada por José G. Usera Bermúdez y Roberto Espil presentó en la Asociación Uruguaya de Fútbol un proyecto reclamando para Uruguay la sede del primer Mundial profesional. La AUF hizo suya la idea, la presentó al Congreso de la Confederación Americana y allí fue aprobada por unanimidad. En mayo del mismo año, la FIFA eligió a Montevideo como sede de un evento internacional jamás disputado al que habría que hacer coincidir con los festejos del centenario de la Constitución de 1830. Quedaban catorce meses y todo por hacer. Sin embargo por una vez, la burocracia vernácula dejó de lado sus aludes de informes y expedientes y encargó de inmediato el proyecto a los arquitectos Scasso y Domato, quienes terminaron los planos en pocas semanas. Seis meses después, en los primeros días del mes de julio de 1930, el Estadio Centenario estaba pronto. Las obras se iniciaron en febrero y los obreros trabajaron incansablemente en tres turnos, incluido uno que se efectuaba por las noches, empleándose grandes reflectores para suplir la ausencia de luz natural.
Fueron empleados catorce mil metros cúbicos de cemento y su costo ascendió a un millón de pesos. Con el dólar a la par, un millón en la moneda norteamericana. Para atrás y por razones de tiempo, solamente quedó un gran pórtico que iba a ser revestido de mármol y otras piedras nacionales "como exponente de la riqueza de la industria del país." La obra resultó tan inmensa que según el "Album del Centenario" obra de don Arturo Carbonell Debali "en su parte interior podía caber el Coliseo Romano".

¿Qué ocurría en Montevideo en esos días previos a las fiestas del primer siglo de la Constitución y de la inauguración de su máximo centro deportivo? Los diarios de julio de 1930, se alborotaban por una asonada producida en la Universidad de la República.
Los estudiantes de varias ramas de la Enseñanza habían ocupado la Facultad de Derecho reclamando por una Reforma Universitaria, una aspiración de larga data que ya había provocado una huelga general de un año entero en 1928 y que se seguiría planteando a través de las siguientes décadas del siglo. Esta vez los hechos tenían otra gravedad porque se habían roto vidrios, moblaje y estanterías y se había resistido el desalojo de la policía. El cabecilla visible de la resistencia estudiantil era según el diario El País, el Secretario general de los estudiantes de Derecho, bachiller Arturo J. Dubra. Años después, ya recibido de abogado, el doctor Dubra sería diputado por el Partido Socialista y una de sus más importantes figuras representativas. El escandalete de la Universidad había roto la tranquilidad de una sociedad de vacas gordas y vivir plácido, apenas preocupada por los cambios políticos que comenzaban a producirse en el Partido Colorado tras la muerte de don José Batlle y Ordóñez, acaecida en octubre del año anterior. Para los anunciantes de la prensa en cambio la atención estaba puesta en los aparatos de radio que empezaban a llegar al país y a calentar la cabeza de la gente. Todos los que se ofrecían eran enormes, con mueble incluido. El aviso de uno de ellos que traía el parlante aparte, aconsejaba: "sorprenda a su familia con un hermoso y práctico obsequio conmemorando las próximas fiestas. El receptor Philips resolverá su arduo problema y con este obsequio se acreditará usted como una persona de buen gusto."

La cartelera de espectáculos de El País por su parte, anunciaba sin demasiado entusiasmo y con una pequeña foto, la presencia del cantor Carlos Gardel en el teatro Artigas, refiriéndose al hecho con esta breve gacetilla, redactada como por compromiso: "El Mago, como le llama su público a Carlos Gardel, reaparecerá esta noche en el Artigas. Esta nueva etapa del excelente intérprete de la canción popular servirá para que una vez más pueda palparse cuán grande es su prestigio y las inmensas simpatías de que goza entre nosotros". Con mayor destaque se anunciaba para la semana inmediata la presencia del Coro de los Cosacos del Don en el Solís, y de la compañía de Blanca Podestá interpretando la célebre obra de Florencio Sánchez "M' hijo el dotor" en la misma sala. En otra página y debajo de una foto, se anunciaba la renuncia del doctor Carlos Vaz Ferreira a la Rectoría de la Universidad y su sustitución por el doctor Alfredo Navarro. El día 5 de julio, a apenas ocho del comienzo del campeonato y a cinco de la terminación del nuevo estadio, El País dedicaba mucho más espacio a uno de los problemas cotidianos que afectaba a la ciudad.
Bajo el título a ocho columnas "El Jardín Zoológico es un ejemplo de abandono" dedicaba una página entera al deterioro de este paseo municipal y a la responsabilidad de su administrador, cuya moral no vacilaba en atacar. En más de un sentido, aquella nota adolecía de un disfrutable pintoresquismo "Lo que fue un hermoso paseo está ahora convertido en un desquicio: escombro, piedras, pilas de maderas inservibles, latas viejas abarcan caminos y constituyen trincheras. Al administrador se le ha ocurrido obtener crías de un perro con una chiva y los ha puesto en un especial alojamiento. El zoológico está abierto de tres a siete, pero él realiza visitas nocturnas con varias mujeres. El señor Oscar Fernández ha sido puesto allí por razones politiqueras." Tanto en el caso de los reclamos estudiantiles, como en el deterioro mencionado, los hechos parecen haberse deslizado por los últimos dos tercios del siglo XX y un año del siguiente sin haber variado mucho.

Trece equipos designados por invitación participaron en el Mundial del año treinta en Montevideo. Menos de la mitad de los que disputan los certámenes actuales en los que, teniendo en cuenta las eliminatorias, se enfrentan docenas de países. La FIFA sorteó (o más bien digitó) cuatro series: una integrada por Argentina, Francia, Chile y México, otra donde jugaban Brasil, Yugoslavia y Bolivia, una tercera en la participaban Uruguay, Rumania y Perú y una cuarta con Estados Unidos, Paraguay y Bélgica. Se clasificaba uno por serie y los cuatro disputarían las semifinales. Los primeros partidos del Mundial se jugarían en el Parque Central, propiedad del Club Nacional y en la cancha de Pocitos, exactamente en la esquina de Rivera, Pereyra y Soca, donde se hallaba la cancha de Peñarol. La selección uruguaya debutaría el 18 de julio, aniversario de la primera Constitución, inaugurando el Estado Centenario contra el representativo peruano. Según lo han escrito los cronistas, pese a que se estaba a apenas dos años del último triunfo olímpico, el público no le tenía mucha fe a los celestes. Se decía que la base del equipo estaba conformada por veteranos de treinta o más años como José Nasazzi, Pedro Cea, Urdinarán, Andrade, Héctor Scarone, Alvaro Gestido, Lorenzo Fernández y El Manco Castro, todos ellos sobrevivientes de los campeonatos olímpicos de Colombes y Amsterdam y que no se había producido una saludable renovación de valores. Ni siquiera se tenía un Director Técnico ( todavía llamado "entrenador" ) como ya se estilaba en todos los países del mundo. El designado Alberto Supicci, era un profesor de educación física de larga trayectoria pero no un conocedor de estrategias ni de las infinitas variantes del fútbol. Mucha gente pensaba que esta carencia debía ser suplida con alguien de gran poder de mando dentro de la cancha y las esperanzas estaban puestas en el capitán José Nasazzi.

Los primeros partidos (Estados Unidos 3 Bélgica 0, Francia 4 México 1 Yugeslavia 2 Brasil 1 y Rumania 3 Perú 1) ) no interesaron demasiado. Entre los cuatro, fueron recaudados veintiséis mil pesos y en el último de los mencionados, poco más de seiscientos.
En cambio se aguardaba con espectativa el debut de Argentina, viejo rival rioplatense, frente a Francia. Este partido se disputó el 16 de julio y marcó las primeras irregularidades del campeonato. No solamente porque los de la otra banda, pese a un resultado favorable jugaron muy mal ( "El equipo argentino debutó desastrosamente" se solazó en un titular a toda página el diario El País ) sino porque el público uruguayo lo recibió con una gran silbatina, abucheó a sus jugadores durante todo el partido y todavía inconformes, muchos de los hinchas esperaron la salida hacia el ómnibus que llevaría a los albicelestes a la concentración de Santiago Vásquez para arrojarles piedras y agraviarlos soezmente. El mismo diario detalló los incidentes que pudieron haber sido muy graves. "Quinientas personas se reunieron a la salida de los jugadores argentinos del Parque Central profiriendo insultos contra ellos y su país y además contra la policía que debió intervenir para desalojarlos." Por tercera vez en esta nota, es preciso mencionar un comportamiento social deplorable, acaecido hace setenta y un años, que suena como terriblemente actual.
Interrogado al respecto por un periodista deportivo, el arquero Bossio declaró enigmáticamente: "creo injusta la silbatina de que nos hizo objeto el público uruguayo, pero hay cosas que se explican solas." No aclaró la causa, pero ésta era obvia. En realidad, esa reacción desmedida y poco agradecida, que olvidaba que Montevideo había sido sede del Mundial gracias al apoyo argentino, se originaba en un partido jugado en Buenos Aires en 1924, por la selección nacional y la vecina, al regreso triunfal de la nuestra como campeona olímpica en Colombes. Muchos aficionados recordaban aún que luego de ese partido, ganado por Argentina (que no había participado en aquel certamen) y al empuje de otros delirantes manijazos de la prensa porteña, no menos pasionales y penosos, se pretendió imponer a los seleccionados de aquel país, el título de "campeones morales" y hasta hubo un diario que exhibió un gran titular burlón que decía "Olímpicos, ja ja ja". De cualquier manera, las agresiones contra el plantel argentino despertaron una reacción inmediata y la agrupación que regía el fútbol argentino estuvo a un paso de retirar al equipo del campeonato. El diario La Prensa de Buenos Aires llegó a escribir: "En las condiciones y ambiente en que se ha producido el encuentro con el selecto conjunto francés, creemos sinceramente que se han resentido la cultura y las garantías de orden dentro de las cuales es indispensable que deban desarrollarse las pruebas sucesivas. Consideramos que debe deliberarse si es del caso proseguir con el empeño iniciado. La Asociación Argentina de Football debe meditar serenamente si es llegado el caso de llamar a los muchachos e impedir de esta manera que los encuentros de esa naturaleza preparados bajo los mejores auspicios se conviertan en una cuestión grave que afecte los sentimientos fraternales." Las disculpas elevadas por las autoridades y la prensa uruguayas, diluyeron el problema, que no fue el único. Otros de tipo organizativo, comenzaron a enturbiar el ambiente a medida que se acercaba el debut de la selección celeste. Uno de ellas, como es habitual, tuvo que ver con las entradas. "La falta de acierto que ha caracterizado a la gestión de la Asociación Uruguaya de Football"- editorializaba un diario- "no tiene calificativo, esta vez por la falta de consideración hacia la prensa que es el factor más importante y decisivo en la divulgación de su obra. Esta desconsideración, si es hasta cierto punto tolerable tratándose de la prensa local, no lo es en absoluto cuando se trata de periodistas extranjeros que nos honran con su visita. A ellos se les somete a un verdadero peregrinaje para la procura de las entradas a cada match haciéndoseles concurrir más de una vez a las oficinas de aquel instituto obligándoseles a larga antesala cuando lo regular y acertado sería darles toda clase de preferencias para el cometido de su importante misión. Y preguntamos ¿por qué no se les mune de un carnet o talonario de una vez por todas? ¿No sería más sencillo y cómodo para todos abreviando tiempo y trabajo?" La Cámara de Diputados también se sensibilizó al respecto sintiéndose burlada en lo que consideraba sus más claras prerrogativas. Se discutió el tema en sala y se emitió una declaración que en su parte más substanciosa decía: "Mientras tienen derecho a concurrir al Palco Oficial especialmente invitados una verdadera legión de funcionarios públicos acompañados por sus señoras, a los señores legisladores no se les ha pasado la invitación a que tienen derecho. Desconsideración y descortesía para quienes no se tuvo inconvenientes en ir a solicitar su concurso para la realización de los festejos. ¡Seguramente no ocurrió lo mismo con las amistades de los dirigentes!" Al día siguiente, en ocasión de la primera intervención de Uruguay, la AUF también sería severamente criticada por vender por docenas entradas a quienes luego las revendían a precios altísimos. Pero es más que sabido que desde su creación, la falta de congruencia de la Asociación Uruguaya de Fútbol ha sido una permanente fuente de observaciones y discrepancias del periodismo deportivo y ese es el cuarto punto en común que puede marcarse dentro de esta crónica, entre sucesos acaecidos en 1930 y los tiempos actuales.

Bajo el título "la fiesta más grandiosa en la vida deportiva del Uruguay será la de mañana", el diario El País escribía en su edición del 17 de julio de aquel año: "Mañana, en el amplio escenario que nos ofrece el estadio levantado en el Parque de los Aliados la vida deportiva de nuestro pequeño Uruguay vivirá uno de los días más gloriosos de su larga y proficua existencia". Otros diarios como La Tribuna Popular eran mucho menos optimistas: desde sus páginas se insistía que aquello iba a ser una locura porque el cemento estaba todavía fresco y con el peso de la gente las tribunas se hundirían irremediablemente. Todas las entradas eran numeradas y para tener un valor de referencia, las de la Olímpica costaban cincuenta centésimos. Los actos previstos para la inauguración el Estadio Centenario integrándolo dentro de un Campeonato del Mundo que había empezado en otras canchas cinco días atrás, no tuvieron la espectacularidad que se estila para estas ocasiones. Si por algo se distinguieron, fue por su discreción. A las catorce horas en punto comenzó el desfile de las delegaciones. Luego se ejecutó el Himno Nacional y de inmediato el doctor Raúl Jude, dirigente de la AUF y poseedor de un gran prestigio como abogado, un hombre quien el año anterior había brindado su apoyo jurídico al estanciero y político colorado José Saravia en ocasión del famoso crimen de la estancia La Ternera (Ver suplementos coleccionables de 27 de enero y 3 de febrero de 2001) pronunció un discurso en el tono pomposo y grandilocuente que era costumbre en aquellos años, explicando que "el estadio era la síntesis armoniosa del ideal creador y patriótico de un pueblo que marcha con la frente al sol por el recto camino de su destino histórico". A las catorce y veinticinco se ejecutó el Himno del Perú y cinco minutos después el Presidente de la República doctor Juan Campisteguy que no había asistido por enfermedad a los actos oficiales de la mañana, aplicó el puntapié inicial a la pelota, un hecho al que los diarios que todavía utilizaban palabras inglesas para designar todo lo relativo al fútbol, denominaron kick off. Gran parte de los menos de dos millones de habitantes que habitaban entonces el país, estaban pendientes del partido. Alguna radio efectuó una transmisión experimental para los escasos propietarios de aparatos receptores y miles de personas quedaron sin adquirir entradas o sin poder presenciar el encuentro pese a tener en sus manos los boletos que los habilitaban. Nadie se acordaba ya que en el cine Rex Theatre se estaba dando una película llamada "Las vampiras de Broadway" anunciada como "un super espectáculo en colores con estrellas del Follies y de Ziegfield" que prometía escenas vagamente excitantes. Tampoco importaba la presencia del cantor Carlos Gardel, que fue de visita a la concentración argentina y a la uruguaya, ratificando una vez más la oscuridad con que siempre intentó ocultar su lugar de nacimiento, ni el intenso frío de la época que hacía que la sastrería Ovalle, de acuerdo a los avisos de prensa, liquidara sobretodos a ocho pesos (cuatro entradas a la Tribuna América) ni que la rambla de Pocitos a la altura de Barreiro terminara bruscamente en un precipicio de dos metros sin iluminación, lo que hacía, decían las crónicas policiales, que dos por tres se despeñara algún automovilista desprevenido.

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