Coquimbo

  Era junio de 1863 y fue al borde del arroyo Coquimbo. Al grito de Fausto Aguilar: "Sáquense los ponchos, que en el otro mundo no hace frío!", los cruzados de Flores - menores en número - vencieron a las fuerzas gubernistas. En medio de la refriega había aparecido un perro. Se colocó de inmediato al lado de Venancio Flores y lo reconoció como a su jefe. Daba vueltas ladrando en torno del general para defenderlo de las tropas enemigas. Cuando finalizó al batalla, Flores lo acarició y el can saltó de alegría poniendo sus patas delanteras en el pecho de su nuevo amo.
Venancio Flores lo adoptó bautizándolo 'Coquimbo' como la batalla que había ganado. A partir de ahí fue su inseparable compañero.

Veintitrés dias mas tarde Flores vence a Lamas en las Cañas.
Coquimbo, a su manera, pelea como un soldado más, como un guardia de corps. Se suceden los encuentros del Pedernal, Las Piedras, la toma de Florida, Don Esteban y la toma de Paysandú.
Coquimbo va recorriendo el país a la par que se hace famoso entre los criollos. Guzmán Papini lo definió como de: "un color lobuno con un halo de oro, con un fondo como en luminosidad de oriente, con algo así como un tornasol aristocrático. Esos reflejos y sus líneas armoniosas, le dan a su forma inerte un algo de lujo y de raza elegante. Fue el Bienvenido. Era el voluntario enigmático, el héroe misterioso. Siguió con lealtad cotidiana el signo que blasonaba, como un emblema redentor, los estandartes de la Cruzada Libertadora".

En Montevideo, Coquimbo, el perro de los campos de batalla, se adapta a la tranquilidad de la casa de la calle Florida. Es el guardián del Jefe de Estado. Se echa sobre las alfombras de la sala mientras Flores departe con sus ministros. En la noche es quien vela por la seguridad de sus amos.

Un día Coquimbo en los brazos de Flores deja perdida su mirada.
Es tanto lo que significó para su dueño, que éste ordena su embalsamamiento.

Cuando Flores muere, Coquimbo es entregado a Julio Herrera y Obes, quien había sido secretario del general en la guerra contra el tirano López. Tanto había jugado el jóven Herrera y Obes con Coquimbo y tanto cariño le tuvo que nunca se desprendió de él.
Así pudo Coquimbo habitar en otra casa presidencial. Esta, la famosa de la calle Canelones. En lugar privilegiado, los numerosos asistentes a los tés y comidas del presidente Herrera y Obes podían observar al ya histórico perro. Aquel presidente que perdió su fortuna en el gobierno, se ve obligado a desprenderse de su casa y pertenencias; sin embargo Coquimbo es de lo poco que conserva.
Asi describe Manacorda su última vivienda: "Con el sofá destartalado, con dos butacas que alguna vez estuvieron tapizadas de damasco punzó, y con esa tarima revestida de terciopelo rojo en la que reposa un perro embalsamado - el "Coquimbo" del general Flores -, mudo testigo de su vida desde los días remotos de aquel viaje por el río Uruguay hacia la guerra de la Triple Alianza, alhajó una salita de recibir".

Coquimbo asiste a los últimos momentos de Julio Herrera y Obes. Y cuando instalan la capilla ardiente en el Cabildo, en rendido homenaje lo colocan al pié del ataúd. Vela a su segundo dueño como símbolo de fidelidad a una misma causa.

Historias de la historia
Angel Ayestarán
Editorial Arca - Montevideo

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