LOS CHARRUAS
Hasta qué punto podemos reivindicar los uruguayos el ancestro charrúa?
No existen, numérica y culturalmente hablando, otras raíces indígenas más significativas en la génesis del imaginario colectivo criollo? No será más metafórico y voluntarista que real el entronizamiento de un charruismo cuya casi invisible hebra se pierde en el collage de nuestra colcha de retazos nacional, ya se la considere desde el punto de vista demótico, ya desde el punto de vista étnico? Y de ser importante la aportación charrúa; en qué sentido se le puede conceder fuerza, legitimidad y permanencia?

Este es un tema que merece un examen serio porque constituye el obligado santo y seña para una pujante porción del pueblo uruguayo integrada por sedicentes vanguardias políticas y culturales que, tras romper el cerco antropológico de los ojos azules y los cabellos rubios heredados de los abuelos italianos o gallegos, emprende una huída hacia el pasado en pos del vellocino de una quimera.

La macroetnia charrúa comprendía a los charrúas propiamente dichos y a los minuanes, bohanes y guenoas; los yaros quizá tenían origen kaingang; los chaná-timbú-beguá eran, posiblemente, el producto de reiterados mestizajes y aculturaciones entre pámpidos y láguidos; los guaraníes del litoral oeste y los tupí-guaraníes del este pertenecían a los amazónidos, también llamados brasilidos, y los arachanes, que jamás poblaron otro territorio que no fuera el de la imaginación, no son otra cosa que un ectoplasma histórico, o sea un invento, como tantos otros, de Ruy Díaz de Guzmán (1612).

Véase, claro está, de los indios existentes en el momento de la conquista, iniciada con el establecimiento de San Lázaro (1527) un fortín minúsculo fundado por los expedicionarios de Gaboto en el actual departamento de Colonia. A partir de esa fecha comienzan los choques entre charrúas y europeos, que recién iban a finalizar con las matanzas de Salsipuedes y Mataojo (1831). 0, si se prefiere, con la revancha de Yacaré Cururú (1832).

No más de de dos mil indios

Los estudiosos de la paleohistoria dedicados al tema demográfico calculan que los grupos recolectores, cazadores y pescadores requieren 200 quilómetros cuadrados de territorio por cabeza para obtener sus alimentos.

Si aplicamos este canon a los más de 200.000 kilómetros cuadrados de una Banda Oriental que por lo menos llegaba hasta el río Ibicuy, ya que los indios no reconocían fronteras políticas que limitaran sus desplazamientos, la cifra no va más allá de los 1.000

La etnia charrúa, por lo consiguiente, debe ser estimada en alrededor de 1.000 integrantes, número que tal vez aumentó, pero no mucho, cuando los ganados cimarrones se adueñaron de las cuchillas.

De todos modos, lo admirable es que estos mil y pocos más charrúas, cuya fuerza de combate comprendía la mitad de la población total, sostuvieran durante tres siglos (1527-1831) una guerra de resistencia al invasor.

Los charrúas no poblaron desde siempre nuestro territorio.

En tanto que representantes de la raza pámpida pisaron por primera vez nuestras cuchillas alrededor de 1.500 años antes de la era Cristiana. Y tampoco estuvieron sempiternamente asentados en una zona determinada. Eran nómadas y tanto la búsqueda de alimentos como las luchas con otras tribus indígenas y los soldados europeos, amén de los choques con los guaraníes reducidos en las Misiones, cuyos ejércitos eran en ocasiones "prestados" a los españoles -el sitio a la Colonia do Sacramento y otros episodios de guerra así lo certifican- los obligaron a continuos y a veces muy largos desplazamientos.

Cómo era el aspecto físico de los charrúas?
El testimonio inicial - El tipo racial pámpido

Cómo era el aspecto físico de los charrúas? Qué estatura tenían? La pigmentación de su piel tendía hacia el tono bronceado o al oscuro, o aún muy oscuro como afirman ciertos testimonios? Sus cráneos eran alargados (dolicocéfalos) o redondeados (braquicéfalos), altos (hipsicéfalos) o bajos (platicéfalos)? Qué relación existía entre el tamaño del tronco y el largo de las piernas? De qué color eran sus ojos? Tenían pelo liso, recio y negro como narran las crónicas? El dimorfismo sexual era pronunciado o muy tenue?

Estas preguntas referidas al porte y estructura del cuerpo, forma de la cabeza y rasgos del rostro de estos indios, han sido parcialmente contestadas por los antiguos cronistas. La despreocupación, la ignorancia y el desprecio, esto es, las habituales actitudes descalificadoras del europeo hacia los nativos del Nuevo Mundo, los cuales fueron considerados como "animales de primera categoría" por el naturalista Buffon en pleno siglo XVIII, apenas si nos han dejado un esbozo del indígena que los exploradores españoles y portugueses de la primera hora hallaron en nuestro territorio.

El testimonio inicial

Veamos un ejemplo. Se sabe que Antonio Pigafetta, el patricio vicentino -como gustaba autodenominarse- que acompañó a Magallanes y al sobreviviente Elcano en la primera circunnavegación al mundo, fue sin duda el autor de la primera descripción de un indígena de estas latitudes. Al llegar en enero de 1520 al que es hoy el departamento de Colonia se produce un episodio que es narrado de este modo en el Primer viaje alrededor del mundo:

"Continuando después nuestro camino, llegamos hasta el grado 34, más un tercio, del Polo Antártico, encontrando allá, junto a un río de agua dulce, a unos hombres que se llaman "caníbales" y comen carne humana. Se acercó a la nave capitana uno de estatura casi como de gigante para garantizar a los otros. Tenía un vozarrón de toro. Mientras éste permaneció en la nave, los otros recogieron sus enseres y los adentraron más en la tierra, por miedo a nosotros. Viendo lo cual, saltamos un centenar de hombres a tierra en busca de entendernos algo, trabar conversación; por lo menos, retener a alguno. Pero huían, huían con tan largos pasos, que ni con todo nuestro correr podíamos alcanzarlos. Hay en este río siete islas. En la mayor de ellas encuéntrense piedras preciosas; se llama cabo de Santa María".

El primer indio que entra en la historia rioplatense, según esta relación, sería un caníbal, es decir, un guaraní. Pero entre los guaraníes, que son bajos y retacones, no hay individuos de estatura gigantesca. Esto sólo habría sido posible entre los charrúas, pertenecientes a la raza pámpida, cuya altura y belleza corporales fueron destacadas por los hombres de ciencia -Azara, D'Orbigny- que los describieron a principios del siglo XIX.

De tal modo el cronista, que ya venía desde los puertos europeos -Magallanes zarpa desde San Lúcar- con una buena carga de preconceptos y chismes a cuestas, sin conocer el idioma ni haber visto ninguna escena de antropofagia, les endilga lindamente a los indios costeros, acampados a orillas del Plata, la condición de comedores de hombres. Y acto seguido inventa -o repite- que el Cabo de Santa María, al que convierte en isla, es un yacimiento de piedras preciosas.

Pero el dato digno de ser retenido es el del aspecto colosal del indígena que subió abordo, sobre cuyo destino posterior nada agrega el noble italiano. Sin duda se trataba de un charrúa pues muchos de sus representantes llegaron a tener un metro ochenta, y más, de estatura. Resta preguntarnos por qué corrían los europeos con tanta presteza tras de los indios (o las indias?) y por qué éstos, que siempre recibían con hospitalidad a los viajeros, como luego cuenta Lopes de Sousa, levantaron tan rápidamente sus bártulos y se fueron.

Un joven capitán de veintiún años, el portugués Pedro Lopes de Sousa, incluyó en su Diario de Viaje importantes observaciones sobre los indígenas de nuestras comarcas. Arribó a un tormentoso Río de la Plata, donde las tripulaciones padecieron males sin cuento, hacia el año 1531. Bajó varias veces a tierra, trazó una emocionante pintura de la riqueza faunística de los campos vistos desde lo alto del Cerro de Montevideo - y tuvo varias veces trato con los indios, que lo recibieron con muestras de afecto.

El tipo racial pámpido

Los charrúas pertenecían a la raza pámpida y como tales deben ser considerados. Esta raza era la más alta, vigorosa y bien proporcionada entre todas las anteriormente citadas. El habitat de las diferentes tribus pámpidas ocupaba la zona del embudo austral de Sudamérica que se extendía entre las montañas andinas y el Atlántico. Por el norte se desprendía una avanzada hasta el Mato Grosso, donde aún residen los bororos. Luego, de modo continuo, ocupaban -y sus restos se hallan todavía en algunos de esos lugares- los bosques y las sabanas chaquetas, las pampas húmeda y seca, la Banda Oriental y parte de Río Grande do Sul, las estepas y mesetas escalonadas de la Patagonia y el norte de la Tierra del Fuego.

La estatura de los pámpidos debe catalogarse entre alta y altísima puesto que los varones miden promedialmente desde 1,70 m. en el Chaco hasta 1,83 m. en la Patagonia. Entre los patagones recientes el cráneo, sometido a prácticas de deformación, aparece como braquiomorfo (redondeado), pero en los antiguos esqueletos preservados en las tumbas revela caracteres dolicomorfos (alargados), tales como son los cráneos de los ona, ya en vías de extinción, y de los pueblos chaquefíos, cuyas penurias económicas, sociales y culturales los han degradado y marginalizado en grado sumo.

Los antropólogos físicos contemporáneos describen los caracteres genéricos que distinguen a la raza pámpida del siguiente modo:

"El cráneo es voluminoso y presenta con frecuencia un elevado espesor óseo y notable peso, especialmente en los grupos macrosomáticos conservados en el sur; los pómulos son poderosos y el mentón grueso y saliente; la cara es alargada y el índice nasal leptorrino (nariz estrecha y larga). La construcción del esqueleto es maciza, a veces enorme. Al lado de este canon macrosomático algo grosero, hay que tener en cuenta las proporciones recíprocas de los miembros, que señalan una notable armonía. El corte atlético y el equilibrio de las masas musculares hacen del pámpido uno de los más soberbios modelos del organismo humano. En cuanto a la fisonomía, no existe casi dimorfismo sexual, y los hombres muy poco se distinguen de las mujeres. Color cutáneo de pigmentación intensa, con reflejos bronceados. Iris oscuro; pelo duro y liso". Esta caracterización, ya clásica, del Dr. José Imbelloni, fue realizada en 1948 (De Historia Primitiva de América. Los grupos raciales aborígenes. Cuadernos de Historia Primitiva, Madrid). Según dicha descripción somática los charrúas, a los que este antropólogo no conoció, habrían sido hombres atléticos, de armoniosas proporciones, a semejanza de los sobrevivientes de aquella macroetnia de cazadores y recolectores cuyos restos, degradados y en vías de extinción, perviven en las zonas periféricas de la cuenca rioplatense.

Quienes conocieron de cerca a los charrúas y tribus afines pintan de modo semejante a los ejemplares humanos que formaban parte de las bandas de cazadores, tardíamente convertidos en jinetes, en perpetua lucha contra los representantes de los imperios transmarinos.

Tres siglos de combates

La lucha de un puñado de indígenas contra los ejércitos españoles y los batallones republicanos durante trescientos años tiene todas las características de una epopeya. Dicha lucha no fue contínua. Hubo períodos de tregua y aún de entendimiento. Los poderosos pactan a veces para reiniciar luego las hostilidades según el ir y venir de sus intereses y designios. De tal modo los charrúas y minuanes se entendieron casi siempre con los portugueses y, menos frecuentemente, con los españoles. Sucedió lo mismo con las relaciones entre los indígenas y los ejércitos criollos de ambas márgenes de los ríos Uruguay y de la Plata. Rivera se alía con ellos para reconquistar las Misiones en 1828 y los desbarata en Salsipuedes tres años después; Artigas, comandante de los Blandengues de la Frontera los combate sin tregua y más tarde, cuando se enfrenta con las fuerzas peninsulares y bonaerenses, durante una ejemplar gesta libertadora, los convierte en su guardia de coros.

Pero detrás de esas conductas bivalentes de los próceres, al fin hombres blancos tributarios de la civilización de Occidente, palpita el designio claramente expresado por Sarratea en 1812. Este, para "cortar de raíz esa planta venenosa" -los indios- propone a un subalterno "convidar para un día determinado a los caciques principalmente sus mujeres y cuantos puedan de ellos a una función ofreciéndoles yerba, tabaco y aguardiente a fin de atraerlos más entre la embriaguez y los festejos, teniendo a prevención tropa apostada, se echará Ud. sobre todos ellos y sus mujeres, acabando a los que se resistan... Como se desprende de estas proféticas palabras ya existía una solución en la mente de los albaceas de la propiedad rural para resolver de una vez por todas lo que hoy se denomina en muchas partes de América "el problema indígena". Hasta se proponía los pagos de Paysandú para dar el golpe de gracia a la indiada turbulenta. Rivera, que era baqueano y tenía buen oído, escuchó aquella propuesta a través del puente del tiempo y la hizo carne en Salsipuedes, dos décadas después.

documento elaborado por: José Pedro Barrán.