CEMENTERIO CENTRAL

  Cuando vine por primera vez a Montevideo, en 1894, todavía era el tiempo en que entre "las cosas que no se debían dejar de conocer" - según frase popularmente consagrada - estaba en línea de preferencia el Cementerio Central.
Constituía el cementerio uno de los orgullos capitalinos, sacando a inmediato cotejo con el de la Recoleta de Buenos Aires, "con el cual no había comparación" desde luego.
Pasaba por la necrópolis más suntuosa y mejor tenida de Sud América.
La galería de vidrios que protege el acceso a la roronda era admiración de los visitantes tanto como los mármoles de los panteones.
"Como al fin uno tiene que morirse, quisiera morir en Montevideo para que me enterraran allí" dijo cierta vez una señora paraguaya al abandonar el silencioso recinto.
Ahora el Central y su fama ganada en buena ley, han pasado "como las nubes, como las aves, como las sombras".
Según costumbre inveterada, en tiempos del coloniaje los enterramientos efectuábanse en anexos a las iglesias y en el interior de las iglesias mismas.
Los frailes franciscanos destinaron a cementerio un campo lindero con su antiguo convento y en 1791, el párroco de la Matriz habilitó para uso idéntico un solar contiguo a su iglesia.

Por su parte los muertos del Hospital, tenían su zona adjunta allí cerca y los militares una particular.
El primer cementerio público extramuros estuvo en la esquina de las calles Andes y Durazno, a contar del año 1808.
Pronto quedó enclavado en la ciudad, inconveniente que parecía subsanarse llevando el nuevo camposanto a sitio entonces tan lejano como el extremo sur de la calle Yaguarón.
Pero, como es notorio,no se previó el incremento progresivo de la ciudad y lo que se desaba evitar llegó al cabo de los pocos años.
El Cementerio Central comienza a perfilarse como una necrópolis digna de Montevideo recién el la presidencia de Pereira.
Antes, en la época de la Defensa, servía de apoyo a las líneas militares: ahí está la litografía coloreada impresa en Londres , cuyo título es "Montevideo desde el Cementerio", mostrándonos los soldados junto a la pared abovedada con el medio punto de los nichos.

Años después de la paz de octubre, todavía hallábase en estado bastante precario. En abril de 1855 el jefe político Santiago Lavandeira, "queriendo de algún modo mejorar en lo posible el interior del cementerio público" y reconociendo a su vez la falta de recursos con que luchaba la autoridad, promovió una suscripción entre el vecindario " para ayudar al costo del revoque" y numeración de mármol que se colocaría al frente de los nichos.
La necrópolis al cuidado de la policía era, según opinión de las autoridades municipales, una anomalía inexplicable.
"No es posible - decía la corporación edilicia, en documento público - que las atenciones y conato especial que requiere su conservación decorosa, puedan ser prestados por la Policía".
No era posible que "el sitio que despierta la tierna solicitud de aquellos para quienes encierra veneradas cenizas" - continuaba el documento - inspirase al cuerpo de Plicía el vivo interés que merecía a los que componen le Junta del Pueblo, asociados a sus convecinos, formando comisiones auxiliares.

"Mientras permanezca como está hoy, será un objeto de disgusto y un reproche permanente e injusto a nuestra incuria y a una relajación de costumbres y de sentimientos que muy poco favorecen a un pueblo culto, generoso y cristiano".
Con fecha 20 de junio de 1858 el Presidente Gabriel Antonio Pereira, refrendada su firma por la del ministro de Gobierno General Antonio Díaz; decretó que los cementerios públicos y carros fúnebres quedaran en adelante sometidos a la dirección y administración de la Juntas Económico Administrativas, a las cuales los Jefes Políticos pasarían inmediatamente todos los antecedentes, libros y documentos que poseyeran.
En virtud de este acuerdo la Junta de Montevideo creó su primer Comisión Auxiliar de Cementerios, compuesta por su presidente el benemérito ciudadano Luis Lerena, el vocal de la misma Juan I. Blanco y los señores José M. Ros , Antonio Rius, Joaquín Vargas y el Presbítero Martín Pérez.
A la comisión auxiliar de la Unión y a la de la 8ª sección se les dió el cometido de administrar el cementerio de la próxima villa y los del Reducto y Paso Molino.

"Pronunciada la mente de la comisión por unir al servicio humanitario el religioso con la magestad que corresponde" (no hay una falta de ortografía en magestad, sino que está así en el documento. A Kröger) aceptó la Junta el plan de construír en el cementerio un templo "por el sistema de Rotonda, revestida de nichos interna y externamente".
De acuerdo con esto el domingo 14 de agosto de 1859 se colocaba la piedra fundamental de la Rotonda, para cuyo acto (era inefable) se designaron padrinos "el Excmo. señor Presidente del la República y su esposa Doña Dolores Vidal".
Un día de lluvia y fuerte viento pampero impidió a los encopetados padrinos concurrir a la ceremonia, asistiendo en su representación los ministros de Gobierno y de Hacienda doctores Antonio de las Carreras y Cristóbal Salvañach.
El arquitecto Poncini fue el autor de los planos y la obra se adjudicó al maestro constructor Rusiñol, por la suma de $3.858, que cubrían con las enajenaciones de nichos y solares.
Al costo de los trabajos de albañilería, debía de añadirse el de los mármoles del piso y del altar, que subía a casi $4.000; el de los atributos internos y externos, próximo a $3.000 y los 800 patacones pagaderos al escultor Livi por su grupo "Descendimiento de la Cruz".

Las puertas de hierro se fundieron en los talleres de Ignacio Garragorri y las barandas circundantes fueron forjadas por Menditeguy a precio de $3 la vara.
El Cementerio, en la parte que llamaríamos oficial, estaba equipado no ya decorosa sino lujosamente;el resto quedaba a los particulares que no tardaron en ponerse al unísono con la Junta.
Así, el Central fué cubriéndose paulatinamente de construcciones fúnebres de alto mérito o elevado precio.
La Municipalidad continuó su labor de cuidar y embellecer aquel campo de paz, procurando darle el aspecto de un jardín.
Sucesivamente hubo necesidad de ampliar la necrópolis, habilitando nuevos cuerpos en dirección al mar. Sin embargo, el exterior del edificio desdecía mucho el interior. La entrada se calificaba de pésima con sobrada razón. La Comisión Extraordinaria Administrativa de 1865 entendiéndolo así, dió comienzo a la construcción de un gran peristilo en armonía con las dimensiones de la Rotonda.
Demorados los trabajos por dificultades financieras, recién en octubre de 1877 pudo darse como concluída la entrada monumental al colocarse las 4 estatuas de mármol, altas de 1.40 mts, expresamente encargadas a Italia. La Rotonda a poco de estar hecha fue confiada al pintor Verazzi para que la decorara.

Concluyó el artista su obra poniendo en lugar visible la inscripción italiana que traducida decía así:"Baltasar Verazzi hizo, 1863. Natural de Caprezzo, Alto Novarese, Italia. Este fresco ha sido pintado sólo por el dinero de los gastos; el trabajo personal ha sido dado de regalo a la Iglesia; así queda memoria del autor. Es una vergüenza para la República Argentina, donde son bárbaros para las Bellas Artes, las infamias que el Primer Presidente General ha hecho sufrir a este artista. Las consecuencias han sido funestas"
Explícase tan extraordinaria leyenda sabiendo que Verazzi había tenido cuestiones muy enojosas con el General Justo José de Urquiza por cuadros pintados y por el precio de los mismos, pues el Presidente y el italiano eran muy semejantes en punto a negocios y a pesos. La Junta E. Administrativa, no bien se dió cuenta del desahogo intempestivo del artista, mandó borrar la parte final de la leyenda.
Verazzi, hombre raro y de genio atrabilario,no dijo verdad en lo de los gastos, pues en tal concepto recibió más de un millar de pesos, que no gastó ciertamente en pinturas y preparación de paredes.Veite años más tarde "La ascención del Señor" de Verazzi - composición de escaso mérito - hallábase tan deteriorada que fué necesario pensar en sustituírla.. La Junta que presidía el general Felipe Fraga, encomendó a Blanes la nueva pintura, en 1884.

Recibiría el artista mil pesos quedando en libertad de elegir el tema. Según el boceto original pintaría una especie de glorificación del Padre Eterno, apoyado sobre los cuatro vientos cardinales, pero luego sustituyó los vientos por los evangelistas.
El 1º de noviembre de 1884, la Rotonda se abría al público con la nueva decoración del afamado maestro compatriota.

José María Fernández Saldaña - Historias del Viejo Montevideo

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