Barriles y toneles. Febrero 1904

  No me dolía nada.
No sentía ningún malestar, pero no había conseguido alcanzar el sueño en toda la noche.
Vueltas y mas vueltas en la cama pero nada de sueño.
Hacía rato que estaba aclarando.
Cuando el sol entró por la banderola de la vieja ventana, no pude mas y me levanté.
Había llovido por la noche y los verdes del macizo central de bambúes, todavía con gotas relucientes, ya eran invadidos por el sol.
En el otro extremo del corredor techado, frente a la "pieza de piedra", mi tío Camilo, con la bigotera puesta, preparaba su mate.
Todos dormían.
Se levantaba recién o recién llegaba de sus correrías nocturnas?
Su fama de "calavera" que a mis ojos infantiles le daba un prestigio que aún no podía definir, había llegado hasta mí a través de bromas y conversaciones de los mayores.
Desde nuestra instalación en la casona de la playa, convivía con nosotros, pasando a ocupar la "pieza encantada" de la casa, la pieza de piedra.
La llamabamos asi porque todo su frente, sobre el ancho corredor que recuadraba aquella especie de gran patio interior, estaba revestido de pequeñas piedras, muy blancas, de cuarzo segun decían.
Era el hermano mayor de mi madre.
Se rió cuando me vió salir, a medio vestir, de mi dormitorio.
-Que madrugón, Sergio! - me dijo.
Habíamos quedado en salir a las ocho, pero serían recién las seis.
Era verdad, pero la novelería sobre la pesca que ibamos a hacer en la Punta de Los Canarios casi no me había dejado dormir.
Me hice un lavado de gato y enseguida estuve pronto para salir, de alpargatas, para evitar los rebalones en las rocas, segun me habían recomendado.
También llevaba un sombrero de sol.
Pero el tío Camilo estaba prendido a su mate y demoramos en salir.
Por lo menos tres veces me le planté enfrente, empuñando con dificultad las tres cañas, muy largas, que se me enredaban en las hojas de los bambúes.
Camilo se reía pero seguía con su mate, sentado junto al banquito, donde tenía el calentador.
Estaba ya bien alto el sol cuando bajamos a la playa.
Un espectáculo extraño se presentó ante nuestro ojos.
Aquí y allá, a derecha y a izquierda, en distintos puntos de la playa, cantidad de barriles o toneles rodantes, que giraban sobre si mismos, mas grandes o mas chicos, tirados por un caballo o una mula y aún por un burro, llegaban hasta la orilla y desaguaban allí el agua servida de las piletas de lavar.
Muchachones, hombres maduros o viejos, armaban un cigarro y charlaban en grupo, en tanto, despaciosamente, se iba produciendo el desague.
Un agua blancuzca y jabonosa corría, por la arena mojada y enturbiaba la otra agua del río, ese día bien azul y clara.
Terminada la operación, apretaban con fuerza el tapón y repechaban, por la huella que cruzaba los pequeños médanos cubiertos de yuyos de flor amarillenta, buscando el empedrado de cuña de las calles.
Había barriles que eran "lujosos".
Tenían dos aros de madera con llanta de metal y alguno, hasta llanta de goma, lo que le daba un andar casi perfecto.
Estaba prohibido, por disposición municipal, echar a las cunetas de las calles, el agua servida de las piletas.
Por eso, el agua jabonosa se juntaba en los barriles que a primera hora, y también al caer la tarde, rodando, formaban pintoresca caravana hacia la playa.
!Pueblo de los Pocitos!.
Pozos manantiales, pocitos de agua brava, salobre, que llenaban en las casa de los buenos italianos las piletas del lavado de ropa de la burguesía montevideana!
Casas con entrada de portón alto, para la jardinera del reparto mensual.
!Que lejos quedo todo eso!


1904. De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano

Crónicas Montevideanas de Sansón Carrasco

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