Villa Bambolla - Noviembre 1909

  Una mañana, allá por noviembre, empezaron a pasar, Pereyra abajo hasta entrar en la playa, siguiendo por la orilla hasta cerca del Hotel, unos carritos como pequeños ranchos, techo en dos aguas, con ruedas bastante altas.
Cada uno era tirado por dos mulas, en una de las cuales iba montado su conductor.
Estaban pintados en blanco y celeste, a lo largo de las tablas verticales. No parecía un desfile de banderas nacionales.
Pasaban en grupos de cuatro o cinco, repitiendo durante varios días la pasada, de tal modo que en la arena, lejos del agua, queaban mas de doscientos en formacion.
Al mismo tiempo estaban demoliendo toda la construcción en madera de las casillas de baño, que serían sustituidas por los "carritos". (Como en Deauville, en Biarritz o en Río, decía el rengo Soria, que lo había leído en no sé que diario).
Pero, lo que también se echaba abajo, quedando la playa limpia del armatoste, era la famosa "Villa Bambolla", una especie de enorme galpón en alto sobre vigas, plantado sobre la arena.
Cubría a lo largo de un espacio no menor de cincuenta metros, entre las calles Garibaldi y Ramon Massini.
Llegaba casi hasta la "terraza de los pobres", con horrible enrejillado de maderitas cruzadas, que también se demolía.
"Villa Bambolla", quien le habría puesto aquel nombre de humor, era una verdadera institución en el pueblo.
En los temporales las olas pasaban libremente por debajo, donde por lo general se podía caminar, sin preocuparse por la cabeza.
En verano las familias modestas buscaban su sombra para hacer, con niños y perros, su "acampamiento".
Se llenaba de gente, especialmente a las horas del baño, de tal modo que el sitio, con su sombra, había que disputarlo.
Allí vivía gente.
Tenía pocas ventanas.
Se subía por escaleras primitivas.
Pero también funcionaba un negocio de tambo o lechería al que se llegaba por una sólida rampa de madera, levadiza como el puente de entrada de los viejos castillos, pero tan fuerte y resistente que por ella ascendían muy tranquilamente, a ciertas horas, las vacas, que llevaban allí para ser ordeñadas.
Y las elegantes de cintura de avispa y tremendos sombreros de plumas, hacían su escapada desde la terraza grande y bajaban, disimuladamente, por el "gallinero", para tomar en "Villa Bambolla" un vaso de leche recién ordeñada, con ensaimadas o plantillas.
(Hoy, las cronistas quizás dijeran que eso era "in", vale decir, distinguido, poco vulgar).


1909.
De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garcia Moyano

Crónicas Montevideanas de Sansón Carrasco

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