sciplina entre sus hombres. En poco tiempo se restableció palpablemente una atmosfera de tranquilidad en Montevideo, la vida retomó sus carriles habituales, las actividades renacieron. Hasta la Casa de Comedias, por mucho tiempo clausurada, reabrió sus puertas.

Mientras, desde Purificación, Artigas velaba. Es ejemplar su preocupación por resguardar, a cada paso de su gobierno, el imperio de la equidad y la justicia en nuestra Provincia. Cuando el Cabildo de Montevideo le anuncia que un candidato a un cargo público no simpatiza con la causa artiguista, el gobernante le responde con estos conceptos admirables: "Es indiferente la adhesión a mi persona. Póngalo V.S. en posesión de tan importante ministerio y a V.S. toca velar sobre la delicadeza de este manejo. Es tiempo de probar la honradéz, y que los americanos florezcan en virtudes. Ojalá todos se penetrasen de esos mismos grandes deseos por la felicidad común".

En otra ocasión, el poeta Bartolome Hidalgo, que ocupó bajo el Gobierno Patrio el Ministerio de Hacienda, presentó algunas cuentas que no se reputaron del todo claras. Artigas dispuso al instante una investigación, y separó transitoriamente de su alto cargo al titular, a pesar de que le era notoriamente adicto. Pero no bien quedó demostrada su honradez, lo repuso sin vacilar y le restituyó su confianza.

Ese invariable espíritu de justicia del gobernante, apareció unido a una extraordinaria delicadeza personal. Un día, el Cabildo de Montevideo, recibe esta misiva de Artigas, firmada en junio 18 de 1816: "Me es sumamente doloroso oír los lamentos de mi padre, a quien amo y venero. Acabo de recibir por correo una solicitud suya, relativa a la mendicidad en que se halla, y la necesidad que tiene de agarrar algún ganado para criar y fomentar sus estancias, y con ello ocurrir a las necesidades de su familia".

"Yo, sin embargo de hallarme penetrado de lo justo de su solicitud, no he querido resolverla, librándola a la decisión de V.S. Sus padecimientos son notorios, igualmente que sus pérdidas. Todo el mundo sabe que él era un hacendado de crédito antes de la revolución, y que por efecto de ella misma, todas sus haciendas han sido consumidas o extraviadas. Por lo mismo, y estando decretado que de las haciendas de los emigrados se resarzan aquellas quiebras, es de esperar de la generosidad de V.S. se libre la ordenación conveniente, a fin de que se le den 400 o 500 reses en el modo y forma que V.S. estime mas arreglado a justicia".

"Yo no me atrevo a firmar esta providencia, ansioso de que el mérito decida de la justicia, y que no se atribuya a parcialidad lo que es obra de la razón".

Es por acierto aleccionante oirle decir "Yo no me atrevo" a quien, en ese momento, era todopoderoso, de hecho, en la Provincia; pues de haberlo querido, le hubiera bastado una simple órden, acaso verbal, para reparar con creces la situación afligente de su padre y beneficiarlo.
Tal vez una frase suya, pronunciada por esos días, ayude a explicar esa puntillosidad ejemplar: "La pureza de mi conducta debe ser la norma de los demas subalternos ... "

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundación y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

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