Ensayos de la anestesia durante el sitio

  Los artículos transcriptos de revistas científicas, principalmente estadounidenses, relativos a progresos y métodos de curación, puestos en práctica en ese inmenso campo de batalla donde Inglaterra -extraordinaria y única- va frenando con templado vigor la barbarie nazifascista, esas transcripciones, repito, prestan máxima actualidad al tema de esta crónica.
No es la primera vez que la abordo y cuando lo hice años atrás, en un difundido cotidiano bonaerense tuve especial cuidado de que resaltara al par de la faz científica en sí, el relieve con que se detacaban, desde otro punto de vista, el ambiente de Montevideo sitiado y el ambiente del campo sitiador del Cerrito, la época de los ensayos de anestesia en las operaciones quirúrgicas.

Fue un periodista de nuestra capital asediada por por el Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina, Florencio Varela el esclarecido director del "Comercio del Plata", quien a principios de 1847 dió al pequeño mundo científico montevideano, la palpitante novedad espigada en el canje extranjero.
En el mes de noviembre de 1846, el dentista Jackson y el cirujano Morton, de Boston, mediante el suministro de vapores de éter por vía respiratoria habían logrado producir en sus pacientes un estado de pasajera insensibilidad que les permitía soportar sin dolor, o con un dolor mínimo, las intervenciones quirúrgicas.
Los siguientes correos de Europa, registraron ya la primera experiencia tentada en Londres donde el Dr. Liston, había amputado una pierna a un enfermo sin que sintiera nada; la repetición del caso en Burdeos y luego la adopción del método en París en la clínica justamente famosa de Malgaigne.
Al poner la buena nueva en conocimiento del público, Florencio Varela invitaba a los cirujanos de nuestra capital a ensayar lo antes posible el maravilloso invento.
Pero antes de procederse a la experiencia era preciso que los profesores de farmacia obtuvieran en el laboratorio el nuevo medicamento o sea el "vapor etéreo", hallando a la vez el método práctico para administrarlo.

Conseguidos, al parecer, los "vapores" intentóse, sin éxito, la experiencia "in anima vili", o sea en pequeños animales domésticos, que no pudieron adormecerse.
Algún médico o practicante quiso experimentarlo personalmente, teniendo resultado idéntico.
Pero los químicos,firmes en la procura, demoraron poco en hallar la verdadera y eficaz fórmula cuyos efectos comprobados fueron, desde luego, fuerte y desagradable tos, temblor característico en las extremidades inferiores, con inmediato debilitamiento de las mismas.
Tal como decían las publicaciones extranjeras.

En el Hospital de la Marina Española, los cirujanos de los barcos de estación Bermejo y Lastra que, asociados a otros colegas montevideanos, procuraron obtener la insensibilización vieron defraudados sus propósitos. El secreto del éxito estaba reservado a otro hombre de ciencia.
Fué el médico francés Dr. Adolfo Brunel, efectivamente a quien cupo el honor de llevar a cabo en Montevideo - y en toda Sud América así mismo- el primer ensayo operatorio con anestesia.
Graduado en la Facultad de Montpellier, Brunel llevaba 5 años de ejercicio de su profesión en Montevideo y era cirujano mayor de la Legión Francesa.
La operación que bien se puede llamar histórica, tuvo lugar el 2 de mayo de 1847, en la sala del Hospital de Caridad a cargo del Dr. Brunel, y donde tantos y tan buenos servicios llevaba prestando sin distinción de enfermos.
El sujeto destinado a la experiencia, fue un artillero del Parque, hombre de 42 años de edad, de nombre Pedro Rivas.
Herido casualmente mientras servía una pieza de cañón, con la cual se hacían salvas, las lesiones que presentaba en el brazo y la mano derechas eran de tal magnitud que -uniéndose al deficiente estado general- planteaban la amputación como cosa de vida o muerte.

Invitados especialmente, se agruparon alrededor de la mesa de operaciones los cirujanos siguientes:
Tomás Crawford, del Hospital Naval Inglés; Juan Tenau, del vapor S.M.R. Harpy; Juan P. Leonard, de la escuadra francesa; Alfredo Harvey, accidentalmente en Montevideo y el médico Patricio Ramos, montevideano, a cuyo cargo corrió la administración de la anestesia.
Valióse a tales fines, de un aparato confeccionado "ad hoc", lo más rudimentario, consistente en una vejiga de regular capacidad, a la cual se había adaptado una manga de unos 65 centímetros de largo terminada por una boquilla o tubo que se aplicada a la nariz del paciente.
Cargada la bolsa con una onza de éter, a los 2 minutos de principiar la absorción, el herido presentó la marcada rigidez en la piernas, que teníase como indicio seguro de que el momento de intervenir había llegado.

El Dr. Brunel inició la amputación del brazo en el tercio inferior, poniendo nada más que 4 minutos.
Sin que se hubiera dormido o desvanecido en ningún momento, el artillero Rivas no acusó ninguna contracción muscular, ni queja o movimiento que denunciasen sufrimiento.
Concluída la intervención dijo a los médicos que había sentido muy poco dolor.
El Dr. Brunel, entusiasmado por el éxito, declaróse dispuesto a repetir las aplicaciones del vapor del éter cuantas veces fuese necesario cumpliendo el penoso deber de una operación.
Al día siguiente de esta primera y promisoria experiencia, el Dr, Bartolomé Odicini, genovés, cirujano mayor de la legión Italiana, repetía la anestesia con éter, operando a un enfermo afectado de un voluminoso abceso en la parte interior del muslo con 3 largos y profundos trayectos fistulosos.
En esta ocasión los vapores se dieron mediante un frasco de Wolf de doble boca, con un tubo conductor flexible.
Tres minutos después aparecieron los síntomas característicos en la rigidez de las extremidades y Odicini sin prevenir al paciente realizó la operación. Terminada ella, el paciente no había experimentado el más mínimo dolor y se resistía a creer que lo hubiesen operado...

Luego de estos dos casos tan bien logrados el Dr. V.Martín de Moussy, médico de la Facultad de París, con una larga y exitosa actuación entre nosotros, fracasó en la tentativa de anestesiar a un paciente de 23 años, aquejado de un tumor en una pierna. En dos ocasiones, con un día de intervalo, se le suministró éter sin conseguir los consabidos síntomas. Sufrió una aplicación de 16 minutos y otra de 6 y.... no hubo caso, operó en frío.
Exponiendo su caso, el Dr. de Moussy no dudaba de la eficacia del nuevo descubrimiento, sino que exhortaba a sus colegas a continuar en las experiencias, atribuyendo sus malos resultados a los defectuosos aparatos con que se suministraba la anestesia.
Brunel, perseverando en su obra llegó a operar 12 veces, en cirujía mayor con excelentes resultados.
Sin embargo, no todos los colegas del Dr. Brunel tenián tanto éxito, sumándose pocos o muy relativos resultados positivos.
Sobrevino, entonces, un período de desesperanza: los vapores de éter perdieron el milagroso prestigio inicial y se iba volviendo, poco a poco, a las intervenciones cruentas que ya se tenían como pasadas de época...

Pero al finalizar 1847, un nuevo rayo de esperanza iluminó el campo de la ciencia. Un prestigioso ginecólogo de Edimburgo, el Dr. James Y. Simpson, había encontrado el cloroformo, producto químico descubierto 25 años antes por Soubeiran y Liebig, el poderoso sustituto del vapor del éter.
Esta vez, como la primera, fué el "Comercio del Plata" quien adelantó la noticia. Espoleados por el semi fracaso anterior médicos y químicos entraron a buscar la preparación del cloroformo.
Un francés, profesor de farmacia, establecido en la calle 25 de Mayo, Francisco Constantino Thibalier comenzó obteniendo por destilación de cloruro de calcio y alcohol rectificado un producto que si bien, extrictamente, no era el triclorato de la fórmula de Simpson, presentaba casi todos sus caracteres.
No se esperó. El 11 de febrero de 1848, nuestro Dr. Fermín Ferreira se dispuso a intervenir con la preparación de Thibalier a un jóven moreno, José Silva, que sufría grandes padecimientos aquejado de "pumosiz".

En presencia de su colega el Dr. Hipólito Almeida y del cirujano Bartolomé Bustamate, del bergantín de guerra español Volador, aplicó Ferreira sobre la boca y la nariz de su enfermo una esponja embebida en el líquido experimentado y 14 minutos después pudo comprobarse que el estado de insensibilidad permitía comenzar, sin riesgos de contratiempos.
Recobrado el paciente, tan profundo había sido su sueño artificial que ni siquiera se daba cuenta de lo ocurrido.
Entre los resultados de Ferreira y los de Simpson no mediaba más que el tiempo transcurrido en hacer efecto el medicamento.
El profesor de Edimburgo empleando 4 gotas de cloroformo, lograba insensibilidad en pocos segundos; nuestro Ferreira necesitó 4 onzas del líquido de Thibalier y 15 minutos.
El nudo de la cuestión estaba en conseguir el cloroformo, la coroforyla o perclorito de formila según la denominación de Simpson.

Poco tiempo después, el farmacéutico y profesor francés Julio Antonio Lenoble, obtenía el anestésico ajustado al codex. Casi al mismo tiempo, Domingo Parodi y Mario Isola llegaban al mismo punto.
En posesión del cloruro de formila, el Dr. Odicini operaba -el 17 de febrero de 1848- a 2 soldados de la Legión Italiana, y con la misma fecha del Dr. Brunel realizaba en el Hospital de Caridad una herniotomía de urgencia, en un sujeto de 55 años, que fue anestesiado en 4 minutos. Todos los casos fueron exitosos.
Según el Dr. Brunel "con la nueva preparación el paciente no tose no tiene contracciones musculares y el efecto es más rápido y seguro".
Se estaba frente a un acontecimiento de una magnitud extraordinaria, que es difícil percibir en nuestros días.
Algo así como la cura del cáncer o la tuberculosis...

Un bálsamo de bendición sacaba a la cirujía del círculo dantesco. Lleno de justificado júbilo el Dr. Odicini, que había sido testigo de tantos sufrimientos, rebosante de gratitud, pero también lamentablemente iluso, exclamaba con palabras de voto y profecía: "El Dr. Simpson, por su descubrimiento de la aplicación del cloroformo para apaciguar el dolor de las operaciones, merece una estatua que lo represente en todos los hospitales del mundo y cada año venidero un día de fiesta en su honor, reconocido por todos los países donde haya hombres civilizados".
Lejos estaría del pensamiento del noble médico garibaldino, que antes de pasar 100 años el mundo habría olvidado ya, no solamente el recuerdo del dolor quirúrgico, sino también el nombre de James Young Simpson de Edimburgo, que lo eliminó.

José María Fernández Saldaña
"Crónicas del Viejo Montevideo"

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