Mercado de la Abundancia

  De largos años atrás la construcción de un gran mercado moderno era un postulado urbano en Montevideo.Ni el "Mercado Chico", rebautizado oficialmente "Mercado del Oeste", sito en las calles Sarandí y Pérez Castellanos, donde hoy todavía una callejuela en ángulo recto conserva aquel nombre; ni el "Mercado de la Abundancia", cuya nueva denominación era "Mercado del Este";ni el "Mercado Viejo", o "Principal",ubicado en el edificio de la antigua Ciudadela, bastaban a las exigencias de la capital ni eran compatiblescon los progresos crecientes de la urbe.
Cuando la Junta Económico Administrativa recibió el Mercado Chico, en 1860, éste se hallaba bastante destruído.
Al adquirirse por el gobierno en la suma de $26.000 el de la Abundancia, propiedad de una empresa privada, las autoridades edilicias se limitaron a su conservación y a "tenerlo en el estado de aseo y descencia" requerido.

Del Mercado Viejo me bastará decir quedando automáticamente dispensado de comentarios, lo que afirmaba un escritor de aquellos tiempos, según el cual, por las noches, en el silencio de la ciudad dormida el tropel de las ratas a la carrera por el Mercado semejaba el ruido de la corriente tumultuosa de un arroyo...
De los 3 establecimientos públicos que me ocupan, subsiste tan sólo, aunque totalmente transformado, en la esquina de las calles San José y Yaguarón, el Mercado de la Abundancia.
Para los que no lo alcanzaron a conocer antes de las reformas quedan, cunato menos, una acuarela del ingeniero francés Aimé Aulbourg en el Museo Municipal y una fotografía directa que presenta el antiguo edificio con sus corredores techados de baldosa colorada, enfocado de la parte que mira hacia el Sur, cuando el solar que se extiende hasta la calle Soriano era un baldío.
Del Mercado Chico, nombrado también Mercado de Sostoa, desaparecido lo mismo que el Mercado Viejo, no conozco más documento gráfico que la hermosa litografía impresa en París según el croquis del dibujante de "La Bronté", nave de guerra francesa que estuvo en nuestras aguas durante la presidencia de Oribe.

Por lo que dice al Mercado Viejo no creo haber visto ninguna fotografía del mercado en sí, quiero decir del patio o de los puestos circundantes, siendo lo gráfico que se conserva una variada serie de vistas de la Ciudadela- donde se asentaba- pero a título de antigua construcción militar del tiempo de la colonia y nada más.
Pese a lo del postulado edilicio indiscutible,que repito para tomar de nuevo el hilo principal, nunca se iba más allá del excelente deseo hasta que un buen día el milagro del gran mercado tuvo comienzo, cuando en 1867, siendo Gobernador Provisorio Venancio Flores, se autorizó por él a la Comisión Económico Administrativa, que actuaba en lugar de la Junta, para contratar la ejecución de la indispensable obra.
A raíz de esa autorización presentóse el señor Pedro Márquez con una propuesta acompañada de planos y memorias descriptivas, pues a lo que parece era valor entendido que una cosa trajera implícita a la otra.
El Estado tenía adquirida desde marzo de 1866 la manzana Nº 11 de la Ciudad Vieja, que medía 9739 varas cuadradas y se pagó precio de 11 pesos y medio la vara, haciendo un total de $ 111.998,30.
Era un terreno desparejo, a espaldas del Teatro Solís, rico en vetas de piedra a poca distancia de la costa brava del Sur.

Con fecha 1º de abril de 1897, las autoridades municipales capitularon con Márquez ante escribano público el contrato respectivo.
El concesionario se comprometía a dar terminada la obra en el transcurso de 2 años por la suma de $275.000.
Una serie de cláusulas de financiación, bastante complejas, no fué aceptada por el "Superior Gobierno", el cual resolvió, en última instancia, que el pago se haría por mensualidades de $9.000 y un vale al portador por $3.000 a 2 años de plazo con el medio por ciento mensual de interés. (¡¡¡Qué épocas!!! AK).
Para garantizar al contratista se le hipotecó el " Mercado Viejo", además del terreno donde debía levantarse el nuevo.
Comenzaron las obras con la apertura de las canteras de piedra existentes en el terreno, prosiguiendo luego las obras de un modo lento que obligó a Márquez a solicitar una prorroga de seis meses para darlas por comcluídas.
"Hermoso y majestuoso a la vez va quedando el edificio del gran mercado contruído detras del Teatro Solís", decía un gacetillero de 1869, a principios de marzo.
" En estos momentos,continuaba, se procede a la colocación de los techos de los galpones y a la pintura y blanqueo del edificio".

El día 22 del propio mes, a las 5 de la tarde, el Presidente de la República, general Lorenzo Batlle, acompañado de una corta comitiva, hizo una visita a las obras, manifestándose complacido de la amplitud y condiciones del edificio.
Poco después, el 1º de abril de 1869, el Mercado Central, fue inaugurado y abierto inmediatamente al público.
A despecho de las ponderaciones de la época el nuevo edificio no respondía a las ventajas que se tuvieron en cuenta al construírlo, porque afirmaciones oficiales posteriores, las obras no sólo se realizaron mal sino qu "no tenían rastro alguno de lo que se diseñaba en la Memoria", unida a la propuesta.
El día en que las ventajas de la nueva casa hubieron de probarse prácticamente se arribó presto a la constatación de graves defectos.
Aquella fábrica edificada sobre la costa, y cuya altura sobrepasaba tanto la chata y escasa edificación interpuesta en la calla Yerbal hasta el mar, era totalmente barrida por los pamperos y las rachas heladas del Sur.. Y estábase en el tejido de los comentarios del caso y en buscar el medio más eficaz para conjurar el inconveniente, que algunos no creían de mayor magnitud,cuando el 14 de marzo una desatada tormenta de viento y lluvia vino a poner a prueba el mercado.

Sucedió entonces que no sólo el patio principal fue azotado por la pamperada sino que con el diluvio descargado de las nubes el edificio se anegó completamente, fallando en capacidad caños, canaletas y albañales.
Indignados los puesteros y elementos afines a la casa, cuando el constructor Tomás Havers se presentó por allí a constatar personalmente lo acontecido, hiciéronle objeto de una ruidosa manifestación hostil.
Una turba que con el aditamento de curiosos y comedidos se hizo llegar a 200 personas, bombardeó a Havers con fruta y verdura inservibles y cuanta contumelia halló a mano, poniéndolo como dios puso a los duendes y obligando a la policía a intervenir para sacarlo del paso sin mayor detrimiento.
Nuevamente la población levantisca y heterogénea del Mercado Central, donde primaba el elemento extranjero, asumiría una actitud semejante, cuando un nuevo propietario de la casa (más o menos real,pues acaso fuera un ppretendido cesionario de los Márquez) Marcelino Díaz y García, se propuso elevar desconsideradamente los arriendos de los puestos.
Esta vez no la policía , sino el Presidente Santos tomó ingerencia en el asunto, requerido por los protestantes que acudieron a él en busca de justicia.

El general presidente supo hallar la fórmula satisfactoria y se apresuró a imponerla con su autoridad incontrastable,ganando de ese modo a la gente del mercado que se congregó numerosa delante de la casa de Santos aclamándolo y vivándolo.
Subsanado el problema de los desagües, continuó el inconveniente del desamparo contra los rigores del frío de la costa hasta que, adquirido el edificio por la Municipalidad se defendió con vidrios y persianas el lado más vulnerable.
Pertenece a la Junta E. Administrativa, presidida por Carlos Mª de Pena, durante el gobierno de Tajes, el mérito del rescate de manos de particulares del principal mercado montevideano.Tal operación había sido intentada sin éxito rapetidas veces y presentaba variadas fases a cada cual más engorrosa.
En abril de 1869, el Mercado Central fue adquirido mediante la suma de $400.000 que se tomaron de los dineros del emprésito de 6 millones negociado con la casa Baring Brothers de Londres el año anterior. La cuestión del Mercado había llegado a convertirse en una cuestión escandalosa.
Según el Dr.Pena los propietarios habían percibido de proventos ¡1 millón de pesos en 20 años!
La edad de oro del Mercado Central pertenece al pasado.

Apenas se conserva la masa del edificio a través de cambios y demoliciones.De la fachada de Reconquista se han quitado los postes y las cadenas, se han modificado los revestimientos del revoque cambiándole el aspecto al conjunto y se picó el escudo nacional de mampostería.
Restan, en cambio, las 3 puertas que ya en 1869-principalmente las dos de los costados- se consideraban inapropiadas a fuerza de estrechas.
El frente que corre, angulado siguiendo las calles Liniers y Ciudadela, es el que se conserva con menos variantes.
La puerta que mira a la calle Soriano con su pesada arquitectura, continúa siendo el único detalle monumental del viejo edificio. Vista a contraluz aquella masa oradada por el medio punto, ofrece un aspecto que recuerda algo de las casa romanas y no escapó a los ojos de los artistas.
Hace años se impimió en colores una tarjeta postal donde se reproduce un óleo muy avertado, cuyo motivo es la referida puerta.
En la fachada posterior los altos de la esquina sudoeste fueron demolidos porque amenazaban ruina.

En la parte que mira a Bartolomé Mitre se suprimieron las escaleras de acceso y en la esquina de esta calle y la de Reconquista, se franqueó una nueva entrada que si bien dió mayor comodidad al servicio debía haber sido hecha de modo de guardarse más armonía con la arquitectura de la casa.
Pero vuelvo a decirlo, la "edad de oro" del Mercado Central pasó a la historia.
Hace mucho tiempo que la plazoleta baja que da a la calle Yerbal no es el asiento de los vendedores de verduras que exponían sus productos al amparo de toldos voladizos y sombrillas, luego que se retiraban los carros de los quinteros.
Ya no se encuentra una venta de "friyé": una especie de buñuelo liviano hecho a la vista y espolvoredado de azúcar, que se comía de parado, y cuyo nombre en genovés quería decir precisamente buñuelo.
Tampoco se depacha en ninguna parte el "caliente" endulzado o si se quiere compuesto, con horchata que tanta salida tenía en los boliches de abajo.
Cuanto tiempo hace que desapareció la Comisaría del Mercado, que estaba ubicada en el frente de la calle Reconquista, a la derecha de la entrada principal.

Bien se necesitaba entonces por allí una "oficina" de policía para reglar a a quel pequeño mundo abigarrado que hacía contacto por el lado sur con aquel otro mundo no menos abigarrado y menos recomendable, que se desparramaba por el bajo y revoloteava día y noche - más de noche, desde luego - por innumerables despachos, cafetines y parrillas donde, apenas en la esquina de Ciudadela y Yerbal elevaba su nivel "social" el comedor tan conocido de "La Miniatura"...

JOSÉ MARÍA FERNÁNDEZ SALDAÑA - "CRÓNICAS DEL VIEJO MONTEVIDEO"


1909 - 1999
El asombro de los inmigrantes
Allá por 1859, cuando fue abierto por primera vez, lo llamaron Mercado del Este y era la boca de alimentación de La Aguada.
Ya cuando el ingeniero Pelufto lo hizo de nuevo en 1909, nadie dudó en llamarlo de la Abundancia. Hoy, no hay a quien se le ocurra llamarlo de otra forma. Está cumpliendo 90 años, siempre en la esquina donde nació: Yaguarón y San José.

Gardel no había nacido, por lo tanto no podía anunciar que algún día vendrían caras extrañas para cambiar los nombres a las calles, entre otros horrores, y allí mismo en esa esquina de San José y Yaguarón (Yaguarón, si) ya en 1859 existía un mercado llamado del Este que aseguraba la provisión de alimentos a la zona y aledaños, especialmente a la gente de la Aguada.
La capital rondaba los 50 mil habitantes, pero los puesteros y proveedores de mercadería consideraron que era una exageración tener tres grandes mercados para la ciudad, sobre todo porque era agregar un prejuicio más a otro que los desvelaba aún más: su situación con la comuna.
El problema consistía en que consideraban injusta una medida que los obligaba a instalarse en ese mercado del Este, pagar el impuesto correspondiente aunque esos trabajadores no quisieran instalarse en sus interiores sino en sus alrededores. A pesar de esas quejas, se tuvieron que aguantar, por lo menos hasta el último cuarto de siglo, cuando el Mercado del Este fue demolido (se cuenta que fue por causa de un incendio) sin perder esa esquina que lo vio nacer.

Los inmigrantes fueron quienes lo bautizaron. Venidos de situaciones económicas muy precarias, al llegar al Nuevo Mundo y ver esos carros montevideanos fatigados por zapallos, repollos y tomates, esos corrales cacareantes y los quejidos que los incitaban a pensar en los lejanos jamones de Parma, estallaron más de una vez en un Quanta abbondanzal que, por repetido, se transformó en el bautismo definitivo. Hoy, nadie sabe que alguna vez ese mercado se llamó Mercado del Este.

NADA CON EL ART NOU VEAU
Podría haber sido diseñado por Victor Baltard, el de Les Halles, en París, hoy demolido, pero no: fue producto de la imaginación de un nativo. El técnico se llamaba Leopoldo Peluffo, fue uno de los primeros egresados de la Facultad de Matemáticas y Ramas Anexas (hoy Ingeniería y Agrimensura), quien presentó el proyecto del mercado en 1904 según cánones muy adecuados a los fines del mismo. Fue inaugurado el 1O de junio de 1909.
Eran los tiempos del Art Nouveau, del frenesí desatado de las cintas, moñas, guirnaldas y tulipanes enroscándose en cuanto florero tapiz se le pusiera al paso, los tiempos en que Víctor Horta levantaba en Bruselas casas como flores y Guimard las sembraba en el Metropolitain de París, los años de la opalina y el alabastro, del bronce muy bruñido o el petit bronze, los tiempos de salones agridulces donde reinaban las estampas japonesas y las inefables chinoiseries en una atmósfera de patchouli. Años muy movidos, estéticamente.

El Mercado de la Abundancia, a pesar de ese casorio generacional, no comulga con casi ninguno de esos gestos; es un paralelogramo muy franco, muy sobrio. Se protege, eso sí, como pedía el Baron Haussmann y obedecía Baltard, con una muy elegante sombrilla de hierro que se luce mucho más desde afuera; sobre todo desde un piso alto. Desde esa sombrilla, el ingeniero Pelutfo hizo descender las estructuras de fuerza de la construcción: pilares y cerchas de hierro fundido que descansan un poco más ensanchadas en su aterrizaje sin ornamentos, creando grandes espacios, transparencias y una visual que era lo que pretendían los mercaderes para exhibir y mejor airear sus productos.

NUEVOS TIEMPOS VIEJOS
Precisamente esa gracia tan aérea es la que no conformó a algunos urbanistas, razón por la cual la mayoría de esos mercados difieren tanto en sus Interiores como en sus exteriores. Para desterrar tanta liviandad, han encerrado esas delicadas estructuras por medio de fachadas e ladrillos de mampostería, dinteles de perfiles doble T, bovedillas y otras trampas visuales que impiden ver desde fuera la corrida de una liebre o el paseo de una oronda berenjena.
Por eso, el Mercado de la Abundancia es fácilmente clasificable dentro de una postura historicista, menos afeminada que el Art Nouveau coetáneo, y es quizá por eso mismo que, pese a pequeños detalles, no hace ningún alarde decorativo. Tampoco es para tanto: la entrada principal por San José está marcada por un contunente portal de hierro coronado por una cupulita en escamas de pescado en cuyo centro se ha instalado desde 1909 un reloj.
Milagro: un reloj público que a veces marcha.
Desde 1996, el viejo mercado ha recobrado nueva vida después de años y años de incertidumbre y abandono, sobre todo en su subsuelo. Con la instalación del Mercado de los Artesanos, la sociedad Joventango, la apertura de nuevos puntos de atracción gastronómica, ese entrañable enclave céntrico puede estar tranquilo por algunos años más. Por lo pronto, lo único que tiene que hacer es cruzar los dedos y dejar de pensar en que algún día vendrán caras extrañas.

GénesIs de una moda
Al principio fue Les Halles

El culpable es el francés Victor Baltard (1805-1874). Es el señor que hizo que todos los mercados del mundo, del novecientos para acá, se parecieran.
Porque basta pegar saltos geográficos muy caprichosos, nada más, para descubrir que tanto el viejo Mercado Central de Salto (hoy Museo del Hombre) como el del Puerto montevideano, el de Santiago de Chile (atribuido a Eiffel), el Abasto porteño y otros congéneres son hermanos de sangre. Como el de Yaguarón y San José.

LO BUENO, SI PRACTICO ...
Eso tiene una explicación científica, técnica, mejor dicho. A partir de la revolución industrial y su entusiasmante empleo del acero, se produjo la fabricación seriada de piezas de ese metal en todas las formas, tamaños y diseños, las que al ser abulonadas y unidas por perfiles T, Doble T, entre las variedades más usuales, permitía construcciones muy livianas, muy altas, y, como hecho muy importante, muy rápidas de armar. De montar, mejor dicho, porque la propuesta era atreverse a desafiar un gigantesco Meccano.

EL FUROR DE UN MOMENTO
Esa provocación tuvo una respuesta fantástica con el auge de las grandes exposiciones universales de fin de siglo, usando ese sistema que permitiría, al fin del evento, desmontar esos gigantescos mamotretos. Así se hizo en Londres con el impresionante invernadero creado por el jardinero Joseph Paxton, el Crystal Palace, que por orden del príncipe Alberto, luego de cumplida su tarea, fue desmontado y enviado a Suddenhan. En Paris, sin embargo, nadie se atrevió —a pesar de las griterías y protestas de todo tipo— a desmontar la gigantesca Torre de la Exposición de 1889 creada por Gustav Eiffel, y allí está y seguirá estando la Grande Folle como emblema mayor de a ciudad. Ni se te ocurra...

SE VIENEN LOS MERCADOS
Por su parte, los ingenieros se sintieron en su salsa. Este sistema constructivo obviaba todos los escollos de la trabajosa edificación tradicional, y así fue que aparecieron puentes, torres, grandes usinas concebidas según los cánones ingenieriles de las piezas de acero tan fáciles de montar como de desmontar. Así es que aparecieron los mercados.
Así fue que apareció Monseiur Baltard. Ese arquitecto fue una de las dos manos derechas del Baron Haussmann, (el otro fue Jacques Hittorff), el refinado noble, prefecto del Sena, que cambió la cara del Paris entre los dos siglos a pedido de Napoleón III, el Paris que se ve hoy. Cuando Haussmann accedió a su rango de urbanizador de Parrs, Baltard estaba en plena construcción de un gran mercado de piedra, muy pesado, y así lo vio el Barón, que mandó ordenar su demolición, para alegría de toda la población, que ya habla hecho sentir sus protestas por semejante edificación.
“¿Lo que yo quiero?, lo único que quiero, son grandes paraguas de acero, nada mésl estrilaba el Barón. “¡ Hierro l ¡ Hierro ! ¡ Nada más que hierro !”
Así se hizo. Y así nació Les Halles, el mercado más célebre del mundo, el de la imponente sopa de cebolla en la madrugada, el que recibía desde toda Francia todas las carnes, las frutas y verduras para la ciudad que mejor come en el mundo. El Vientre de Paris, como lo llamó Balzac. A partir de Les Halles, ese impresionante paraguas de hierros abulonados, es que nacieron todos los mercados del mundo, desde el del Salto Oriental hasta el de las especias de Calcuta y el de la esquinita de San José y Yaguarón.

Veredas caminada por Ramón Mérica - El País - 11 de julio de 1999

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