La Torre de los Panoramas
  Le traté tres veces, como digo, y la primera fue en la famosa Torre de los Panoramas.
Era un viejo mirador que dominaba el mar y la bahía.
En él había una mesa y no mas de tres sillas.
En las paredes varias láminas y retratos.
Sobre todo el retrato de Julio Herrera y Obes, con esta expresión escrita debajo:
"Un farsante".

Julio Herrera y Reissig, era expansivo.
Al entrar en la Torre irguió su maciza figura y me abrazó.
Era rubio y su cabello que acostumbraba a llevar discretamente largo, se hallaba surcado por algunas canas.
Los ojos, de vago mirar, tenían esa errabundez de los miopes y de los videntes, y sus pestanias eran tan claras, que parecía casi albino por ese detalle.

Vestía un traje de saco, cuyo color ahora no recuerdo, - hace de esto veinte años -, pero la corbata que llevaba con cierta coquetería, era de lana tejida, armonizando con sus matices el amarillo y el violeta.

Naturalmente, hablamos de poesía.
Un grupo de admiradores lo rodeaba, en la medida que la Torre podía permitirlo.
Le dije primero que me había costado algo dar con su domicilio, pues la dirección que yo tenía no era esa.
Estuve seguramente en casa del hermano, bastante parecido a él.

- Y lo habrán recibido mal ... - me interrumpió, con expresión amarga y burlona.
Sonreí sin contestarle.
Con efecto, el preguntar por el poeta, una voz femenina había respondido de adentro con mucha aspereza.
La llegada del hermano cortó el exabrubto, que me dió las señas, cortes pero con sequedad.

Yo sabía que no marchaba bien con la familia.
Estaba mal también con la sociedad, como muchos otros escritores.
El ambiente uruguayo es excelente para una obra de cultura, pero los ambientes ensayados hasta ahora no son los mejores.
La gente se atemoriza y el escritor se desacredita.
Mi llegada pareció alegrarle sobremanera.
Estuvo cordial, recitó muchos versos, nos pidió a todos que recitásemos.
El lo hacía adoptando una actitud de inspirado, la cabeza echada hacia atrás, la voz llena de estremecidas palpitaciones ...
Le estoy viendo y oyendo, en el final de aquel bello soneto, que nos arrancó una calurosa ovación:

La media luna, al ver que te besaba, entró al jardín y se durmió en tu frente ...

Sonreía feliz, porque vivía exclusivamente para su arte.
Aquello era una fiesta para él.
La pobreza de su hábito se transormaba en un manto regio.
Cuando quiso agasajarme lo hizo de este modo:

- Venga, vamos a la azotea ... allí verá el mar y sentirá el viento fuerte.
Solo puedo obsequiarlo con eso: un chop de pampero.

Al separarnos me pidió el retrato, que prometió colocar en la pared de la torre.
Y lo cumplió, porque luego en una larga carta suya que conservo inédita, comenzaba diciendo:

"Sus ojos de sueño egipcio miran vagamente en mi espíritu nostálgico de su presencia, desde la pared de mi Torre de Aislamientos ... "

Diferencia de edades y de obra, ciertamente, había entre nosotros.
Pero una extraña simpatía nos unió durante algún tiempo.
Era muy generoso o se creía por encima de todos, pero su palabra de aliento la prodigaba sin cesar.
Y no con frases vulgares, sino con expresiones lapidarias.
Oigamos algunas que recuerdo:
"Es usted un dulce pájaro asiático, un pájaro milianochesco, que escapó a un mercader encantador de pájaros" ...
"Su espíritu es una síntesis originalmente religiosa de mirras budistas y sándalos salomónicos" ...
"Su talante me sedujo en el relámpago de una frase. Es usted fuerte y hondo. Las musas siempre le provocarán"

...

Y sus saludos epistolares por el estilo:
"De rodillas, el Hermano Julio Herrera y Reissig" ... "Cien veces le abraza su amigo, obrero silencioso" ... "Le estrecho en un abrazo de paz y de hondo aprecio" ...

Era un poeta.
Su alegría aquella tarde fue tan efusiva, que llegó a resentirse del corazón.
Sufría de allí, y al otro día tuvo que guardar cama.
Esa dolencia cardíaca trajo consigo el uso de la morfina, influencia que aparece luego en su obra, con algo de vértigo y de alucinación.
Del pecho murió siete años después.


De Ernesto Mario Barreda en Revista "Cruz del Sur" - 1909
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