Delitos a la hora de la siesta.
  Ya es lugar común aquello de la "siesta colonial" en que habría pasado sumida nuestra ciudad bajo la dominación española; como si la existencia de nuestros pobladores hubiera sido un remanso de quietud y aburrimiento invariables. Pero basta que nos aproximemos con ojo un poco atento al espectáculo de los días coloniales, para que pronto advirtamos el error, debido en buena parte a la falta de relatos y crónicas bastantes de la vida cotidiana. El espectáculo del vivir colonial se aparecerá en cambio con un colorido y una variedad de aconteceres que acaso nos sorprendan.
Ya hemos hablado en otros artículos de tertulias, festividades, conflictos, rituales, ceremonias, que matizaban y enriquecían el correr de los días. Nos falta hurgar aun en otra zona reveladora de las inquietudes y ajetreos de aquellos tiempos:
Los delitos e infracciones que por entonces se cometían en nuestra ciudad. El doctor Carlos Ferrés primero, el estudioso Jan Alejandro Apolant después, se ocuparon de escarbar expedientes judiciales de aquellos días y el cuadro resultante está lejos de sugerirnos un vecindario embotado por la supuesta "siesta" que todos repiten ...

Por lo pronto se ve claro en este exámen que menudeaban en Montevideo las pendencias callejeras, y que las pulperías eran frecuente escenario de riñas que no pocas veces solían terminar con la muerte de algún protagonista. Pero tampoco las casas particulares o los meros ranchos privados se escaparon a esta propensión del montevideano a echar mano al cuchillo o al sable: no fue raro ver a los propios dueños de casa trenzándose en riñas con sus visitantes ocasionales, las mas de las veces por cuestiones de celos o de juego. Y no nos extrañe ver aparecer tan repetida esta casual "celos", por cuanto también averiguamos que por aquellos días abundaron los amoríos y las relaciones extramatrimoniales en Montevideo; información que la crónica raramente recogió, y mucho menos la historia, pero que inequivocamente surge de esta compulsa de causas criminales. Nuestros pobladores coloniales eran, por lo que se ve, tan enamorados como poco respetuosos de normas y convenciones ...
No faltaron violaciones en toda la línea, robos al por mayor, patotas que asolaban al poblado con sus tropelías, carteras arrancadas de su propietario desde la montura de un caballo, deserciones del servicio de milicias. Y anota Apolant de paso: "Mas de uno de los involucrados en esos sucesos de la vida diaria, fue mas tarde uno de los padres o uno de los abuelos de personajes destacados y notables de la Independencia"...)

Ya se va viendo, pues, como sobraban incidencias y alteraciones que aportaban color a la vida ... a la vez que alimentaban de temas a las habladurías de nuestras vecinas mas lenguaraces.

Señala el mismo estudioso: "La justicia militar era, desde luego, sumamente severa: y el soldado profesional desertor o agresor, y mas todavía el asesino, fue sentenciado infaliblemente a ser pasado por las armas - con muy pocas excepciones en que mediaron motivos especiales". Y si se salvaron algunos, fue porque alcanzaron a refugiarse en algún recinto eclesiástico, que por entonces estaba vedado a la justicia, aún a la castrense. Ese lugar de amparo en aquel Montevideo, era casi siempre el hospicio o convento de San Francisco.

La misma protección buscaron ciertamente los reos de la justicia civil; cuando no optaban por huir, si podían, de la jurisdicción de la ciudad.
Estos fugados a veces pudieron retornar, con el tiempo, acogiéndose al beneficio de amnistías que se dictaron en ocasiones muy senialables, por ejemplo en 1762, con motivo de la ascención al trono de Carlos III. Y no faltaron los que regresaron al poblado sin que la Justicia, por omisión o inadvertencia, volviera a molestarlos.

La pena de destierro fue también común por aquellos días - indica el citado Apollant -, y lo mismo la condena a trabajos forzados: se mandaba a que el reo "sirviera a Su Magestad en las reales obras de fortificación de esta plaza, a rasión y sin sueldo", durante el tiempo que estableciese la Justicia en su sentencia. Pena de carcel, en cambio, no se aplicaba nunca como tal, pues el detenido permanecía en prisión solo hasta que se le fijara uno de los castigos recien indicados.

Una forma extendida de penalidad, por aquellos días, eran los azotes; generalmente doscientos, que propinaba en la plaza pública un temido verdugo, casi siempre un negro de poderosa complexión. Y abundaron combinaciones de estas penas, pues no eran excluyentes: podían juntarse azotes con "trabajos forzosos", y el destierro para completar.

Cuando el reo era un español y la víctima un indio, podía notarse cierta sospechosa indulgencia en la pena. Pero, ay si el culpable era un esclavo negro!. Entonces la Justicia se volvía feroz y encarnizada, como ya se mostró en el artículo "Un castigo ejemplarizante para el negro Juan".

"Boulevard Sarandí" de Milton Schinca.
(Los días de la fundacion y la colonia - 1726-1805)
Anécdotas, gentes, sucesos del pasado montevideano.

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