El Capitan Viruta
  Tan popular como Bayoneta Calada en Buenos Aires, era en Montevideo el Capitan Viruta, uno de esos dementes inofensivos a quien todos conocen, y que hacen de sus extravagancias el oficio que les permite vivir, recibiendo de unos y otros propinas que les ponen a cubierto de la miseria.
Su nombre era desconocido, tanto como su nombre de pila, y como el motivo del apodo por el cual se lo llamaba; nacido el personaje y el sobrenombre de ese vivero popular de que surgen todas estas entidades estrafalarias que se incorporan a la sociedad como parásitos, para vivir de ella, sin hacersele gravosas, compensando las dádivas que reciben con la especialidad de sus monomanías que divierten por un rato a los que las costean.
El Capitan Viruta se hizo conocer desde muchacho por la neurosis hípica.
Se creía caballo, especialmente caballo de tramway, y como tal recorría al trote distancias enormes, bañado en sudor, jadeante, resollando por las narices, los codos hundidos en los vacíos; nociones de resistencia que había adquirido en su larga practica de correr, y que son las mismas que la ciencia aconseja para evitar la sofocación de la carrera.
Hubiera podido competir con los andarines mas famosos, como Bargossi y otros, pues recorría cada día leguas y leguas, haciendo doble y triple trayecto que cada muda de caballos, siguiendo los rieles de un extremo a otro de la vía, sin descansar, impacientándose y encabritándose como un corcel brioso cada vez que el tramway se detenía para tomar un pasajero, marcando el trote sin avanzar como si estuviera sujeto por el freno, hasta que oía el campanillazo que sirve de aviso para continuar el viaje, y entonces arrancaba a la par de los caballos, sin perderlos nunca de vista, mirandolos de reojo para copiar todos sus movimientos, y redoblando la carrera cada vez que sentía el chasquido de la fusta del cochero, como si a el fuese dirigido el latigazo.
Tomaba por temporadas diferentes vías de tramway. Durante algun tiempo "fue caballo" de la Empresa del Este, corriendo todo el día desde la Aduana hasta la Estación del Cordón, sin distraerse de su tarea hípica sino para recoger, sin pararse, las piedras sueltas que encontraba en su camino, para dispararlas contra los pilluelos que salían al paso gritándole: "!Capitan Viruta!".
El apodo era su flanco vulnerable como lo es generalmente para los que no tienen otro nombre.
El pobre loco, de suyo tan manso y tolerante, se enfurecía cada vez que se oía llamar por su apodo, y mas de una pedrada certeramente dirigida ha ido a sellar los labios de los muchachos traviesos que lo perseguían gritándole, sin que esas escaramuzas callejeras lo apartasen de su ruta, trotando al compas de los cascabeles de los caballos, sin desmayar ni en las horas mas sofocantes del verano, bañado en sudor de la cabeza a los pies, humeando por las narices chatas y abiertas, como un pingo de raza, y marcando el paso con cierto garbo de potro andaluz, la barba al pecho como recogido por las riendas, y las mechas del cabello flameantes como crines.
Para comer sus mendrugos, se metía en los pesebres de las caballerizas del tramway, bebía en los abrevaderos de los caballos metiendo la boca dentro del agua, y dormía cubierto con una manta para remedar en todo a los brutos con quienes aspiraba a igualarse.
Imitaba a la perfección el toque de las cornetas con que los cocheros anuncian la llegada a cada boca-calle, reproducía el ruido de la manivela con que se aprietan los frenos que sujetan las ruedas del tramway, y se estimulaba a si mismo en la carrera con los mismos gritos con que los cocheros azuzaban a las bestias: yup! yup! Keik! pingoooo!.
Desde tres o cuatro años atrás, el Capitán Viruta se había hecho un entusiasta admirador de las corridas de toros, y sus relaciones favoritas eran las de los toreros, con quienes se decía estrechamente emparentado. Un año fue hermano del espada Felipe García, al siguiente lo fue de Lagartija, después se emparentó con Cuatro Dedos, y así, año tras año, mudaba de familia, vinculándose a la del primer espada de la cuadrilla que toreaba en la Plaza de la Unión.
En las fiestas de las romerías españolas, se presentaba Viruta vestido de corto, muy embraguetado y ceñido, contoneándose con el aire mas jacarandoso de chulo, y haciendose "er zafao", pero con tan poca gracia, que la chaquetilla le lloraba en el cuerpo, y las agudezas que intentaba le resultaban unas pamplinas rematadas. Y si a lo mejor de sus contoneos andaluces acertaba a pasar un tramway, entonces, adios tierra de María Santisima! olvidaba sus posturas de jaque, empezaba a testerear, a encabritarse, a resoplar fuerte abriendo las narices, hundía los codos en los vacíos, marcaba el trote haciendo pinturas y corvetas, y arrancaba a la par de los caballos, en medio del vocerío con que los alegres romeros saludaban la aparición de aquel ser estrafalario, torero en el vestir, y en el andar caballo, una especie de centauro grotesco, mitad hombre y mitad bestia, bueno como un cuitado que era, y manso como los rocines cuyas faenas compartía.
Y este desgraciado acaba de morir violentamente, cazado a tiros como una fiera, sin mas delito que su propio cretinísmo que no le permitía conocer la rigidez de las ordenanzas militares, exageradas por la constante alarma en que vive el militarismo santista, siempre temeroso de un golpe de mano, como quien no tiene la conciencia tranquila.
Llegaba el desventurado Viruta tranquilamente al cuartel de Artillería, donde según parece se alojaba, y al alto! con que el centinela lo recibió, siguió avanzando sin contestar, con la serenidad de quien llega a su casa. Apareció la ronda de reserva, volvió a interpelar al "terrible asaltante" que se presentaba, solo, a tomar el cuartel en las primeras horas de la noche, y como no contestase, no se tomaron el trabajo de averiguar quien fuese, sino que sin maá ni más, a boca de jarro le apuntaron; sonó un tiro, rodó por tierra un hombre, y se extinguió la vida de aquel ser inofensivo que todos conocían con el apodo de Capitán Viruta, y a quien todos querían por su bondad y la buena voluntad con que desempeñaba los servicios que se le pedían.
El nombre del Capitán Viruta esta vinculado a una de las bromas pesadas con que el Dictador Latorre acostumbraba burlar a los que se le allegaban. Era por entonces el Consejero Lopez Netto, Ministro del Brasil acreditado ante el gobierno Oriental, y aparte de las relaciones oficiales, cultivaba el Consejero estrechas amistades con el Dictador.
A título de estas, confiole un día Lopez Netto a Latorre la noticia de que allá por la frontera riograndense se tramaban planes para derrocarlo, y el Dictador, que de nadie se confiaba, ni tenía pereza para velar por su seguridad, dando crédito a la noticia, montó a caballo, y de una sentada se recorrió las cien leguas que separan a la capital de la frontera por el lado de Yaguarón.
Fue, indagó, tomó lenguas de lo que por allí ocurría, y convencido de que era falsa la noticia que lo había puesto en alarma, regresó tan sigilosamente como había partido, cuando recién los buenos vecinos de Montevideo empezaban a sospechar de su ausencia.
De los primeros en verlo fue Lopez Netto, y preguntándole lo que hubiese averiguado, le contesto Latorre:
- Ya no tengo cuidado, porque he tomado mis precauciones a fin de desbaratar los planes de los revolucionarios. He situado en los dos pasos estrategicos las fuerzas necesarias para dispersar en el acto cualquier intentona que quieran llevar a cabo.
- Y son de confianza los jefes a quienes V. E. ha confiado el mando de esas fuerzas ? - pregunto con interés Lopez Netto.
- Ya lo creo - le contesto Latorre -. He puesto allí al Coronel Monga y al Capitán Viruta que son de mi entera confianza, jefes guapos y prestigiosos cuyo solo nombre bastará para asustar a los revoltosos.
Lopez Netto no objetó nada pero le quedo dentro cierta desconfianza que le despertaron aquellos nombres tan grotescos de Mongo y Viruta, a quienes nunca había oído sonar; y curioso como era por conocer todas las intimidades de aquella situación que el estudiaba con su sagacidad característica avivada por el trato que había tenido con Melgarejo y Daza en Bolivia, fue inmediatamente a casa de un distinguido personaje brasilero que por largos años residió en Montevideo, donde murió no hace mucho, y le preguntó:
- Usted conoce a un Coronel Monga ya a un Capitán Viruta de quienes acaba de hablarme Latorre con mucho elogio ?
- Nunca los he oído nombrar, a pesar del largo tiempo que hace que resido aqui, pero como en este país, y especialmente en esta situación, surgen de improviso entidades salidas sabe Dios de donde, no me extraña que haya un Coronel Monga ya un Capitán Viruta, como hay un Comandante Santos que ayer nadie conocía y que hoy es una eminencia como Jefe del 5o. Batallón. Pero aquí viene mi hijo que conoce a todo el mundo, y que nos dirá quienes son esos personajes.
Y al hijo, que en ese momento entraba en la sala en que se encontaban los interlocutores, preguntó el personaje brasilero:
- Has oído hablar de un Coronel Monga y de un Capitán Viruta que andan por la frontera ?
El hijo contestó con una carcajada, pero al ver la sorpresa que manifestaba su padre, y especialmente la que retrataba el rostro deslavado de Lopez Netto, se repuso, y les explicó que eran dos nombres de burla: el de Monga que servía de consonante a una zafaduría con que se contestaba a quien preguntaba ? quien es Monga ? y el de Viruta, el de un pobre loco que andaba por las calles siguiendo a los tramways.
Así se vengo Latorre del chasco que le había dado Lopez Netto, haciéndolo galopar cien leguas para descubrir una conspiración que no existía.
Perdóneseme la reminiscencia del cuento traído a propósito de la muerte del Capitán Viruta, aquel pobre jaqui-jaco, por lo que tenía de chulo y de caballo, tan inútil como hombre que como bestia, pues ni pensaba ni tiraba; pero bueno, manso, inofensivo dentro de su locura hípica, de la que solo despertaba para arremeter a los pilluelos que le salían al encuentro gritándole: CapitánViruta! CapitánViruta! cuando iba en lo mejor de sus escarceos y corvetas, trotando lleno de placer al paso de las bestias, como ellas sudoroso, y como ellas empeñoso en recorrer el monótono trayecto trazado por sus rieles, haciendo flamear las mechas de sus enmarañados cabellos, como los caballos hacían flotar al viento sus crines lacias.
Quién te había de decir, pobre Capitán Viruta, que tu, tan manso, tan pacífico, habías de ser también una de las víctimas del militarismo santista!
La Razon, Año VIII - Num. 1992
sábado 27 de junio de 1885
De "Croóicas Montevideanas" de Sansón Carrasco.
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