Aquél olor a talón quemado cuando frenaba

Hombre que supo tener velocidá en las patas, y sin dispreciar a naides, un tal Meridiano Dental, que nació corriendo y la partera lo tuvo que perseguir en bicicleta pa cortarle el ombligo.
Cuando lo fueron a bautizar, el cura le tiró el agua bendita desde lejos porque ya se le iba.
Apenas si lo salpicó con la bendición, y por eso quedó medio diablo.

De gurí tenía una velocidá, que antes de mandarlo a que fuera a buscar algo, ya había vuelto.
Volvía sin nada, eso sí, porque en el apuro no llegaba a escuchar qué tenía que traer, pero contento de haber regresado sin haberse estrellado contra una vaca, sin haberse claváu una espina en un talón, sin que le hubieran puesto una multa por semejante esceso de rapidez peatonal.
Una vuelta se topó con un toro chúcaro, y cuandio vio que se le venía le hizo una gambeta ligerita, y allá quedó el vacuno macho apocado en la soledad del paisaje.
Y de mocito, era similar.
En los bailes llamaba la atención.
Si un vals, una milonga o una cumbia duraba tres minutos, él se la terminaba de bailar en cuarenta y cinco segundos con dos quintos, cuando mucho.

Mujer que bailaba con Meridiano Dental, quedaba desconcertada, como ida, como que le había faltado algo, en un balanceo, moviendo la persona sin un criterio.
Había mujeres que se le negaban.
Un día que se metió a zapatear un malambo le aplaudieron el ruido, nada más, porque verle mover las patas no se las vio nadie.
Fue como un trueno.
Y una tardecita apenas si lo vieron llegar al boliche El Resorte.
Y apenas si dio tiempo a que le sirvieran un vasito de caña.
Fue como un relámpago, como una sensación.
Se supo que había estado porque el vaso quedó vacío, y por aquel olor a talón quemado que dejaba siempre al frenar y picar de nuevo.
La Duvija quedó con una curiosidá, como con ganas de verlo de cerca y quietito.

Fue Azulejo Verdoso el que le puso pega pega en el vaso, y cuando volvió a tomar otra, pa que no pensaran que se robaba los vasos, se aguantó apenitas a que lo despegaran, habló algo, y a la Duvija le pareció tan abombáu, que pidió que lo dejaran dir con vaso y todo. Y allá salió Meridiano Dental, chamuscando los pastos con su velocidá infinita.