Prólogo

Salvador Puig prologa así el libro "ENTRETANTO CUENTO" de Julio César Castro (JUCECA), autor de los inefables cuentos de Don Verídico (1era. edición: julio 1992).

Los cuentos de Don Verídico, nacidos como libretos radiofónicos hace 30 años, pasaron más tarde al recuadro periodístico y culminaron en libro. Ese tránsito fue alterando perceptiblemente su forma, desde una dicción campechana y morosa a una expresión más concisa y condensada.
"Nada. pero verde", dice un personaje cuando su mujer le pregunta qué ve con los lentes que se autofabricó. Ese remate de un cuento, publicado primero en "Marcha" y luego en libro, posiblemente no se le hubiera ocurrido a Julio César Castro en la época en que el actor Dante Ortiz daba al personaje la 1era. voz que tuvo, en los micrófonos de Radio El Espectador. Es que Castro le daba "rollo" al actor para que se deslizara por el libreto, sin apuro por encontrarse con los golpes de gracia.

Cuando los agarra Luis Landriscina, y luego Juan Manuel Tenuta, y después el propio Juceca, los cuentos ya habían probado la imprenta. Y entonces los actores tuvieron que adaptarse a un humor más estricto, pero que curiosamente no había perdido nada de su eficacia oral. Por ahí podría rastrearse la maestría de Castro en el manejo del lenguaje, siempre al servicio de una fantasía desaforada pero llevada de "la rienda".
Quizá el procedimiento de Castro para crear sus ficciones podría compararse con el de un Valle Inclán esperpéntico al que se le extirparan seriedad, acidez y afán moralizante.

Porque sus personajes actúan un poco a la manera de muñecos, tienen rictus de fijeza, movimientos como de sucesión de instantáneas. Quizá el propio Castro no haya reparado en que el nombre del boliche que los convoca ("El Resorte") ayuda a percibir ese mundo narrado como un escenario de monigotes de carne y hueso, donde virtudes, debilidades, y otras condiciones humanas se reflejan en espejos cóncavos y convexos y asoman filosas o achatadas, recortadas, "esperpentizadas".
Quizá sus personajes podrían relacionarse también con los del sainete criollo, por lo caricaturesco.
Pero las "caricaturas" de Castro no son simplemente el resultado de una lente de aumento sobre caracteres, prominencias o defectos de humanos seres. En sus cuentos lo caricaturesco absorbe y proyecta todo el paisaje, desde los árboles hasta las ruedas, de las puertas a los bichos, de la luna a los catres, y los personajes son en verdad caricaturas sin referentes propios, que por eso mismo adquieren su personal carnadura.
Se podrían multiplicar las comparaciones aproximativas, pero siempre los cuentos de Don Verídico mantendrán una señal de identidad que los convierte en ejemplares únicos. Esa identidad está marcada por la particular forma de proyectar una visión absurda sobre los objetos, los animalitos de Dios, las sombras, las conductas, las obsesiones, los gestos y hasta los nombres de los protagonistas. Ese absurdo no equivale a un "sin sentido", sino que nos traslada a "un sentido diferente" para ver las cosas. Por eso lo contundente de su gracia.

Hasta aquí, en esta breve presentación, algunas referencias a las virtudes de Castro como escritor.
Pero habría que encararse un poco también con el propio Don Verídico, porque no hay que olvidar que en todo tiempo y lugar el autor de los cuentos es ese viejo zafado, ingenuo, contumaz mentiroso y en ocasiones medio metafísico. Y cuando decimos mentiroso nos entra una duda, porque cabe la posibilidad de que ese viejo cuentero no sea más que un compilador de dislocadas imaginerías ajenas, en las que en el fondo quiere creer y quiere que nosotros creamos. No me parece que Castro pueda explicarnos semejante intimidad de Don Verídico. Ni falta que le hace.