POCAS PALABRAS

Hombre solitario, sin ir más lejos, Rubicundo Moflete, que a la mujer le decía "Agua mineral", porque no era ni chicha ni limonada.

Hasta que apareció el albañil y la deslumbró con el nivel, porque ella no tenía visto.
Ahí se puso rezongona con el marido, que hasta lo hacía madrugar pa' tener más tiempo pa' rezongarlo. Hombre apocado, cuando diba al boliche El Resorte a tomarse una cañita, se llevaba el ropero. Lo cargaba en un carro, lo bajaba en el boliche, lo dentraba, pedía una copita y se diba a tomarla atrás del ropero pa' estar solo. Era hombre de pocas palabras. Y a la mujer, lo que más le molestaba era que no le retrucaran. Le largaba una parrafada y el otro como si nada, como quien oye llover cuando no llueve. Por eso se le fue con el albañil. Un día fue y se lo dijo:

- Mirá che -le dijo- así no es vida ni pa' mí ni pa' naides, conque voy a levantar mis cacharpas y me mando mudar, me oíste bien?
El otro ni pío. La mujer hizo un atadito con sus ropas, y ya en la puerta le comentó:
- Y no me voy pa' la casa de mamá, ni pa' la casa de una vecina. Pa' que sepás, me voy con un hombre de nivel, me oíste bien?

Se ve que a Rubicundo Moflete el informe lo sacudió en lo profundo, porque le relampaguearon los ojos, medio se revolvió en el catre y le contestó:
- Usté verá.
La mujer pegó un portazo que temblaron hasta las arañas, pero a las dos horas volvió. El hombre la pensó arrepentida, pero en un santiamén la mujer salió con las ollas, el farol, las sillas y una yunta de gallinas ponedoras.
Rubicundo Moflete la dejó dirse sin una palabra, sin un reproche, sin tirarle con nada. Al rato la mujer volvió a buscar la palangana, el irrigador, las macetas con malvones y el crucifijo de la paré. El hombre se quedó con las vistas clavadas en el techo, sin pestañear, y al rato, más que verla la escuchó que regresaba pa' llevarse el mate, la caldera, un tirabuzón, las perchas y una cómoda de cuatro cajones que se chingaban al querer cerrarlos. Rubicundo se agarró fuerte a los largueros del catre, pero se aguantó sin una palabra, sin un reproche, sin una queja.

Momento bravo fue cuando ella volvió con sus herramientas y se llevó las puertas, la ventana, el techo y las paredes, y antes de salir le desclavó la lona del catre y se la llevó puesta como de poncho.
Al otro día lo vió un vecino que pasaba. estaba solo en el medio del campo, echado entre los palos del catre, y cuando el otro le preguntó si andaba con problemas con la mujer, Rubicundo Moflete le contestó:

-Problemas? Dejelá que vuelva que me va a oír!