El pichón

Molejón Confite supo ser asunto serio pa la fantasía.
A la mujer dos por tres la desconocía, pa pder conocerla de nuevo y conquistarla.
Hasta que un día la mujer se hartó y lo dejó solito con su fantasía.

Una vuelta diba tranco y tranco por esos campos cuando de repente mira asi pal suelo, ve una piedra, y le viene un ataque de fantasía.
Se le hizo que aquella piedra era una pájaro caído de algún nido, la levantó con cuidado, le dio un besito del lau que le pareció del pico, y con ella en la palma de la mano cayó al boliche El Resorte.
Dentró , saludó, se acodó, y puso la piedra arriba del mostrador.
Mientras tomaba su vino acariciaba la piedra.
Ahí lo empezaron a mirar de reojo, porque gente tomando vino y acariciando una piedra se daba poco en el boliche.
Nadie le dijo nada, por respeto, pero el que se acercó a olfatear fue el barcino.

Mollejón lo vio venir, y por miedo a que le comiera el pichón lo voló de un sopapo.
Fue cuando se le arrimó el tape Olmedo.
- Vea don Mollejón - le dijo - si usté le vuelve a pegar al barcino, agarro esa piedra que tiene ahí y se la quiebro en la frente pa que no sea pavo, ¿me oyó?
Mollejón siguió acariciando la piedra, como a favor del plumaje y comentó:
- Piedra no; pichón de pajarito dirá usté.
Alguien dijo que lo mejor era sacarlo cortito y que se fuera a loquiar a otro lado, pero la Duvija se opuso.
Según ella era mejor que creyera que las piedras eran pájaros, y no que los pájaros eran piedras.

Ahí le alabó el pichoncito, lo acarició, le hizo pío y le arrimó unas comiditas.
Rosadito Verdoso, desde un rincón, dijo que estaba lindo pa bajarselo de un hondazo.
Vino va, vino viene, pa la madrugada el que mas el que menos acariciaba la piedra, y alguien dijo que por el color, clavau que era hembrita.
El barcino, agazapado en un rincón, lo miraba con curiosidad y con nervio.
La Duvija trajo una cajita con varios aujeros en la tapa, y lo pusieron adentro pa que no tomara frío y pa que el gato no se tentara.
Fueron varios los que contaron historias de pájaros de todas las especies, de canaritos famosos por el redoble, de churrinches tan rojos que con cuatro se hacía un brasero, de chingolos y calandrias, de viuditas y de horneros.

Cuando venía clariando, se oyó chispiar en la cajita.
Un mamau, curioso, la destapó pa mirar y allá se voló el pichón por la ventana pa dirse a posar en una ramita.
El curioso se disculpó por su imprudencia.
Mollejón pidió otra botellita y comentó sin alegría:
- No tiene importancia, vecino. Se ve que no era jaulero.