LAS OREJAS DEL PERRO

Hombre que supo ser duro pa los perros, Comedido Perplejo, el casau con Buena Liendre Sonata, mujer más inútil que cargar el yesquero con gaseosa.

Comedido tenía un perro que era una preciosidá de animalito canino. Lo había entrenado pa' guardián, que no le dejaba dentrar un pollo a la cocina, ni saltar una pulga al catre, ni cantar un gallo fuera de hora.
Comedido lo trataba duro, nada de mimos, nada de andarlo palmeando, nada de charla con él.
Ni nombre le puso, pa' evitar tratos familiares. Cuando lo llamaba, le decía "Perro", a secas nomás.

Un día la mujer, Buena Liendre Sonata, le dijo al marido que dende chica había sido media sonámbula, y que eso a veces solía repetirle, como una recaída que le venía, así que no se extrañara si se atacaba.
Ahí fue cuando el marido enseñó al perro pa' que le llevara la carga a cualquier desconocido que se arrimara a las casas. Le habló duro al perro, y se lo dijo:
-Usté, Perro, en cuantito vea estraños por el rancho me los atropella y me los curte a tarascones por las orejas. Por cada oreja que me traiga -le dijo-, le doy un güeso carnudo pa' que coma o entierre, asigún usté vea. ¿Me oyó Perro?

Al poco tiempo tenía el campo sembrau de güesos, porque era rara la mañana que no lo estaba esperando con una oreja. Como no ganaba pa' güesos, Comedido se los empezó a menudear. Al tiempo le daba un güeso cada dos orejas, y después cada cuatro.
Eso sí, lo seguía tratando duro:
"Perro pa aquí, perro pa allá", sin darle confianza.

Pero un día cayó al pago un forastero con espuelas lustradas. Se allegó por el boliche El Resorte, y allí oyó comentar el caso de Comedido Perplejo, de la mujer que estaba muy vigilada y bonita y del perro que estaba muy mal tratado por el dueño. Allí oyó que el Tape comentaba:
-Pa conquistarse a un perro mal tratau, no hay nada mejor que hacerle unos mimos. Y como le digo perro le digo mujer.
El forastero se tomó su cañita, y sin decir palabra salió rumbo al rancho de Comedido pa' ver la mujer. La vio, y a la distancia le hizo señales con el brillo de las espuelas en el sol.
Ella le contest ócon el espejito de arreglarse las pestañas. Después él le hizo otras señales con el humo del pucho, y ella prendió el brasero con leña verde.

Pa la noche, aprovechando que el marido estaba dormido, se hizo la sonámbula y salió.
Medio entre sueños el marido la vio salir y llegó a pensar: "Mañana tengo oreja en la puerta".
Ella que sale y el forastero que se arrima al rancho, y el perro que le lleva la carga.
Cuando lo tuvo de aquí a ahí, el forastero se golpñeó la pierna con la mano y le dijo bajito, con ternura y confianza, como si fueran amigotes de añares:
-Chicho, chicho... venga chicho, venga.
Cuando al otro día Comedido Perplejo se levantó, no encontró ni oreja, ni mujer ni perro.