Un cuento a pedal

El que supo tener problema pa mantener el equilibrio fue Botánico Fisura el casado con Pestilenta Yoyó, mujer mas inútil que pasarle el plumero al chancho.

La bicicleta se la regaló la mujer.
Nunca se supo si se la regaló pa que paseara o pa que se matara con la bicicleta.
Tan disgraciau pa las alturas aquel cristiano que al subirse al catre se apunaba, se le ganaba la sordera en los oídos, y la mujer en lugar de hacerle arrumacos tenía que largarse a los gritos que era un escándalo.
Hubo vecinos con hijas que vinieron a presentar las quejas.
Botánico Fisura había escuchado decir que pa andar en bicicleta no hay que mirar la rueda.
Entonces pa no verla cerraba los ojos y se estrellaba contra los ucalitos, pisaba los pollos, se metía en el chiquero de los chanchos, cruzaba la calle entre los ranchos sin saludar, y se daba cuenta que había llegado al arroyo cuando se empapaba.

Una tardecita la mujer lo mandó a que le hiciera unos mandados, y fue y le dijo:
- Che abombau - le dijo -, agarrá la bicicleta y te me vas al almacén a comprarme un quilo de clavos torcidos, ¿ me oíste?
Vivía tan aburrida la pobre que el único entretenimiento que tenía la pobre los fines de semana era enderezar clavos torcidos.
Y gritarle al marido.
Ella misma lo ayudó a montar en la bicicleta, le dio un empujón pal impulso, y allá salió Botánico Fisura duro como tabla y meta tocar timbre.
Cuando pasó frente al boliche El Resorte, salieron todos a festejarlo y Rosadito Verdoso le reventó un par de higos maduros por el lomo, a la altura del asiento.
Botánico, haciendo pininos, apenas si atinó a saludar tocando timbre sin mirar.
Que me caigo, que no me caigo, que me estrello que no me estrello, cuando quiso acordar lo agarró la noche dando vueltas por esos campos.
Como no se animaba a chiflar pa acompañarse el miedo tocaba timbre.

En una de las vueltas abrió un ojo, vió una luz, pensó en almacén y dentró a un velorio, meta timbre.
Dio una vuelta alrededor del finadito (sin persignarse pa no largar el manubrio), salió pal patio, pasó por la cocina sin demorarse ni a escuchar un cuento, le pisó los pieses a un par de dolientes que aprovecharon pa llorar de verdá, le volcó la bandeja con café a una vecina comedida, le pasó raspando al libro de las firmas (sin firmar pa no soltar el manubrio), y volvió a meterse en la sala del finadito, meta timbre.
Ahí fue que lo pararon entre cuatro.
Un boticario, un cuñado del difunto, el novio de la viuda y una viejita que en lugar de enjugarse las lágrimas se sonaba la nariz.
Con tantos laderos a botánico le fue fácil bajarse de la bicicleta, y pa disimular, como bobiando, siguió tocando timbre.
Un mamau, vasito de grapa en la mano, fue el que le dijo:

- Oiga don - le dijo señalando el cajón-, no le toque mas timbre que dificilmente lo atienda.
Botánico dejó la bicicleta apoyada en una sentida corona del clú de bochas, y se fue pa la cocina, pa acompañar.
Varias veces estuvo a punto de preguntar si en las casas no tendrían algunos clavos torcidos, pero se aguantó, por respeto.