EL MOVEDIZO

Hombre que supo ser asunto serio para los movimientos, un tal Relamido Regusto, hombre de cuchillo largo a la cintura, que tuvo lo suyo con Socarrona Bostita, hija del viejo Viviré Bostita, que se conocieron en el velorio del negro Dorremí Fa Solá, que según la viuda se murió nomás que por dar la nota.

En ese velorio, van y se conocen Relamido y Socarrona, que ella se había hecho cargo del café y él de la grapita con limón, y en un cruce para la cocina van y se pechan y ella lo salpicó con café. Palabra va, grapita viene, al poco rato andaban haciendo manito y Relamido la invitó para fuera, cosa de ver la salida del sol. Que ella se lo vio venir y fue y le dijo, le dice:
- A mi me parece, sin ánimo de entablar una discordia, que las once de la noche es medio temprano para ver salir el sol.

- Con la naturaleza nunca se sabe - contestó él -, porque sin ir más lejos ahí está el niño que no me deja mentir.
- ¿Casado y con hijos el señor?.
- No, Socarrona de mi alma - le dijo él con un tonito -, me refiero a "El Niño", ese huracán que es tan capaz de mandarle un granizo con cielo despejado, como de adelantarle la salida del sol, y como le digo sol le digo luna, y como le digo luna le digo que le voy a plantar un beso.
Y se lo plantó apenas de refilón, porque ella le pegó un bife, que algunos dolientes salieron del velorio para ver qué era lo que estaba sonando afuera.

Desde esa noche, Relamido Regusto quedó en un temblor, movedizo estaba.
Con el revolcón, el cuchillo en la cintura le quedó torcido para un costado.
Cuando cayó por el boliche El Resorte hubo gente que se empezó a marear por mirarlo.
La Duvija fue la que dijo:
- Pa mi, este hombre anda con las defensas bajas.
- A mi me parece - acotó el tape Olmedo-,que lo que tiene el caballero es que anda apestado y listo, porque eso de las defensas bajas es una modernidá para no decir que uno anda jodido como Dios manda.
Rosadito Verdoso ya le estaba por aplicar el tratamiento de reventón de higos en la frente, cuando un forastero que andaba de paso lo miró a Relamido, se le acercó, le pidió permiso, lo dio vuelta, le enderezó el facón, y el otro dejó de moverse y quedó fijo.
Cuando le preguntaron al forastero qué le había hecho, respondió:
- En cuantito lo vi entrar me di cuenta. Era un problema de antena.