Mosquito
El mosquito aletea como un picaflor libando tabaco negro
Pa' mí –comentó una noche un domador que andaba de paso por el boliche El Resorte buscando algún potro bravo para sacarle las bobadas a punta de espuelas y rodaja o, si tiempo tenía, a conversación y caricias como hacían los indios con sus caballos y sus mujeres antes de que llegara el hombre blanco y les enseñara el maltrato de ambas especies animales–, pa' mí –dijo y miró a los presentes que no lo conocían por falta de frecuencia en su paso por la zona o, también, a causa del desinterés creciente por parte del elenco estable del boliche en agregar nuevos conocimientos en materia de domadores de paso–, pa mí –repitió, y al escuchar el cacareo de una gallina tal vez bataraza, o no, se le demoraron las palabras enredadas en el recuerdo de un par de huevos fritos de los tiempos en que no andaba jodiendo la salmonella–, pa mí –volvió a decir cuando se apagó aquel cacarear avícola y notó que lo miraban como diciendo "pa mí, ¿qué?"–, el frío es mejor porque no hay mosquitos –completó.

Era mucho apronte pa' tan poca cosa, era, pensaron algunos, como si la perdiz amagara a emprender un viaje a lejanos continentes europeos, asiáticos o no, y se resolviera por el vuelo corto que la distingue junto con el chiflido que sorprende al cazador sin perro que le levante una pieza, y de cocina ni hablar.

Frío y todo, como para desmentir al domador de la lenta palabra, dentró un mosquito al boliche. Luego de un rápido golpe de vista que le permitió ubicar a cada uno de los presentes y calibrar su carácter y posibles actitudes, se fue a posar en la punta trasera del pucho encendido que el tape Olmedo dejaba descansar en el borde de la mesa.

Tosió levemente el mosquito. El imprevisto humo le molestó las vistas y alterado en sus naturales instintos clavó su aguijón en la húmeda punta del agónico cigarro de tabaco negro.

Lentamente la mano del tape se acercó al pucho, lo tomó con dos de sus muchos dedos, lo elevó hasta sus labios, y cuando ya estaba por morderlo como era su vieja costumbre para luego aspirar, lo vio. Aleteaba. En vano aleteaba. Aleteaba fijo, con algo de picaflor diminuto que libara tabaco negro.

Lo vio el Tape. Ajustó entonces la cochina colilla entre la yema del pulgar y la uña del dedo mayor, y lo arrojó por la ventana. Le erró a la entornada.

El pucho se estampó contra el mosquito el tiempo necesario para destrabar su aguijón y volar campo afuera, donde lo esperaba el frío, sí, un frío terrible, mortal, pero también la libertad, esa libertad que tenemos todos los seres de morirnos de frío.