Perdoná si al evocarte.

En una noche de invierno, especial p'al cuento, cayó al boliche El Resorte un forastero con pinta arrabalera, de gacho gris y pañuelo golilla al cuello. Y contó.

"Se le vio pasar, una noche así, de frío bravo. Apenas distinguible su figura menuda entre la niebla. Caminaba despacio, como a quien le está sobrando el tiempo. O como quien ya lo ha gastado, y le quedan apenas los borroneados recuerdos del pasado. Iba de cabeza gacha, como suelen andar los hombres cuando se visitan por dentro.

Por la puerta de un boliche cansado de alcoholes y tabaco, una luz tristona se le tendió en la vereda a demorarle los pasos. Apenas se asomó, como buscando, sin entrar. Como sabiendo de antemano que no estaba allí lo que buscaba. Siguió su paso lento, y atrás quedó el reflejo luminoso y los gritos y las risas de algún trabuco barullento.

Ahora se detiene en una esquina. Las cuatro bocas de la noche lo tientan a internarse en las sombras lanudas de la niebla. Pasa un auto veloz, y lo saluda con el salpicón barroso de algún charco. Apenas se sacude. Apura el paso, sabe Dios con qué urgencias, como quien se dispone a cumplir con una cita postergada.

Un ladrido cercano lo detiene un instante, nervioso, y continúa. Algunas sombras apuradas lo ven pasar, indiferentes. De pronto, un silbido largo rajó la niebla como un trapo. Hizo un gesto de alerta, un comprendido, se orientó buscando el rumbo presentido, lo halló y corrió para encontrarse buscando el rumbo presentido, lo halló y corrió para encontrarse con su dueño.

Sentado en el portal, estaba el hombre, con su media botellita de vino.

¡Batuque! ¿Dónde andabas, bandido?

En el silencio de la noche, arañadas de alcoholes y tabaco, llegan las risas y los gritos del boliche encendido, y la voz de Gardel, "Rechiflado en mi tristeza, hoy te evoco y veo que has sido...".

La Duvija, con su pañuelito blanco, no sabía si enjugarse un lagrimón, o sonarse de un saque.

El tape Olmedo mandó la vuelta.

¡Salute!