Entre pescados y gatos, se van pasando los ratos.

Hay animales que no se llevan entre ellos, e incluso entre ellas. Se rechazan de cualquier manera, como pelota en el área chica. Y otros que sienten atracción por algunos que ni se enteran. El pez no siente nada por el gato, pero el gato por el pez, es asunto muy serio.

Hombre que supo ser una desgracia para sus cosas, un tal Flemón Boquilla, el casau con Prejuiciada Poquita, que se conocieron un día que ella tiró el agua de los fideos por la ventana, justo cuando el otro pasaba chiflando. Que ahí ella salió a pasarle un trapo por la cara pa' secarlo y le quitó unos fideos que le habían quedau entreverados en el pelo, que al final le dejó algunos porque parecían canas y le quedaban vistosos. Trapo va, fideo viene, una cosa trajo la otra, arreglaron pa' casarse. Eso sí, ella le puso algunas condiciones, porque era muy bichera y tenía treinta y dos gatos y un perro, todos de raza del país, que los conocían como los treinta y tres orientales. El perro no era problema pa' la tranquilidá de las casas, porque los treinta y dos gatos lo tenían acosado día y noche, y el animalito canino vivía trepado a un árbol que había que subirle los huesos con un piolín con rondana. Gatera la muchacha, los tenía de lo más mimosos y con moñitas en el cogote, y pa la fiesta del casamiento, eran más gatos que invitados, porque los gatos de las casas se trajeron gatos amigos, compadres de andanzas nocturnas, porque el gato es muy nochero. Un lío pa' bailar sin pisar una cola, hasta que un invitado cayó con un queso, el queso trajo un ratón, y ahí se armó lo más bonito del festeje. Un escándalo con aquel gaterío! que una vieja se subió a una silla en un solo grito y no había cómo hacerla bajar, que después que terminó la fiesta la vieja seguía trepada a la silla y a los gritos, y los novios deseando quedarse solos y aquella vieja allí, que la tuvieron que sacar pa' fuera con silla y todo, hasta que pasó un vecino con un carro y se la llevó. Que después se comentaba, que la vieja fue la que llevó el queso, y que siempre hacía lo mesmo, que se trepaba a las sillas gritando hasta que la sacaban y se la llevaban con silla y todo y que dispués las vendía. No está comprobau, pero se comenta.

Dispués la parejita diba llevando una vida normal, es decir aburrida, con los treinta y dos gatos en el rancho y el perro arriba del árbol, animalito e Dios que ya era amigazo de los pájaros y se le posaban en el lomo como si fuera vaca. Pero Flemón Boquilla no podía tomar mate tranquilo, porque siempre tenía diez o doce gatos en la falda, más algunos que lo arañaban al treparse y otros que le pechaban el termo. No era vida pa'l hombre, y por eso se fue hasta el boliche pa' consultar. Llegó, dentró, se acodó y contó todito lo que le estaba pasando con el gaterío, y que no sabía cómo resolver el caso.

Fue cuando el tape Olmedo fue y le dijo, le dice:

-Vea don Flemón -le dijo-, pa' los casos similares a sacar gatos del rancho, no se conoce nada más efectivo que colgar pescados de los árboles cercanos.

Usté va, cuelga pescau de las ramas, y dispués viene y me dice.
Dicho y hecho. Flemón se fue hasta el arroyo, pescó unos bagres, algunas tarariras y una tralaraira, una vieja de agua, y algunos cangrejos pa' que le quedaran tipo arbolitos de Navidá, y fue y colgó todo aquello de los árboles. El primer resultado, fue que el perro que estaba arriba de uno de los árboles bajara como chijete. El segundo resultado, fue que el gaterío corrió pa'l árbol donde estaba trepado Flemón colgando una sarta de pescados ya medio pasaditos porque los había agarrado la luz de la luna. Miró p´abajo, y por la mirada de los felinos, se dió cuenta de que se diban a comer cualquier cosa que bajara del árbol con olor a pescau. Los gatos no subían, pero lo esperaban tranquilos y relamidos. Flemón tuvo que quedarse arriba del árbol esperando que lloviera pa' poder bajar enjuagado. Llovió a mediados de mes, y esto fue por el tres o el cuatro, jueves creo, si mal no recuerdo.