FRIOS
Fríos con helada que supieron ser asunto, los que se descolgaron un invierno por la zona de El Resorte.

La helada lo agarró a un tal Localito Noveno, que la mujer era muy nerviosa y se comía las uñas, y pa' sacarle la costumbre Localito le enyesó las manos y ella se las siguió comiendo y se agarró un empacho de yeso y estuvo un tiempo que caminaba como estatua. Que algunas vecinas se ofendieron porque pasaba sin saludar, de cogote duro y cabeza levantada como quien busca a la novia en un corso.

Que Localito era enemigo de los corsos porque una vuelta la mujer se le fue escondida atrás de una serpentina, que después le daba de comer todos los días pa' que engordara antes de los carnavales. Y fue una noche, antes del engorde, que Localito iba pa'l boliche y va y lo agarra una bruta helada. Sombrero de ala ancha, se le fue rejuntando el hielo en la copa y en lo redondo del alero que le calzaba en las orejas. Cuando llegó al boliche, se fue a tomar una caña, y quebró el vaso contra lo duro del bigote. En el boliche hacía un frío, que jugaban con las manos a "tortitas de manteca para mamá que da la teta, y tortitas de cebada para papá que no da nada", que fue de los primeros juegos feministas que se conocieron en la zona, porque según algunas, había mucho machismo pero poco macho, que es lo pior que tiene el defecto.

Cuando Localito se quiso sacar el sombrero no le salía, y las vistas se le estaban poniendo como cubitos pa'l whisky, que no le iban a servir pa' nada porque en El Resorte era todo de grapa y vino pa' abajo. Y esa noche cayó hielo que daba miedo, que el gato barcino saltaba del afrechillo al mostrador, del mostrador a la mortadela que colgaba del techo, y de la mortadela vuelta a las bolsas pa' mantenerse en circulación, porque no hay cosa pior pa'l gato que quedarse congelado porque se hacen porcelana y mueren en las repisas.
Un hielo, que pa' la madrugada quisieron salir y el boliche tenía la puerta bloqueada y no abría. Que nunca quedó claro pa' qué querían salir con mesejante frío, pero la cosa era que no abría. Fue Azulejo Verdoso el que inventó las señales de humo por la chimenea, hasta que las vio un rompehielo noruego y puso proa rumbo a las señales. Impresionaba ver venir aquello abriendo camino y tirando témpanos pa' los costados. Cuando atracó al palenque, la Duvija quedó de lo más emocionada, porque no hay nada que impresione más que un noruego hablando en noruego y con un pingino en un hombro. Cuando descongelaron aquello, se fueron todos borrachos y dejaron al pinguino.

Al barcino le llevó tiempo relacionarse con el bicho. Estaba desorientado porque no sabía si tenía pelaje o plumaje, y además lo reventaba esa manera de caminar del otro, entre compadrito y abombau.
Hasta que a fines del invierno se lo llevó un circo que pasó por la zona. Al barcino le quedó una tristeza con un algo de envidia, pero se le pasó en el verano durmiendo a pata suelta y feliz en el mostrador.
En casa.