Una noche tranquila

Una vuelta, en el boliche El Resorte estaban de lo más tranquilos, cuando cayó un tal Difamado Carente y se puso a contar el caso de Litigio Vendaje, el casado con Clorofila Restante, que ella tenía una hermana, Periferia Restante, igualita pero completamente distinta, que era un caso de lo más comentado por lo curioso del caso. No eran malas, pero tenían eso.

La hermana era de hacerse ver pa' que la vieran, y no se perdía fiesta cosa de llamar la atención, porque según ella hay que tener una atención propia porque hoy por hoy nadie le presta atención a nadie.

Y esa noche en que estaban de lo más tranquilos en el boliche El Resorte, Difamado Carente siguió contando el caso.

Cuando el casamiento de Periferia, hubo una fiesta tan bonita que duró hasta el final.

-Usté perdone, pero las fiestas duran todas hasta el final.

-No señor, porque si la fiesta hubiera sido aburrida hubiese terminado mucho antes.

Como en el boliche seguían de lo más tranquilos, el hombre siguió contando.

-En esa fiesta hubo pa' comer de lo que usté ni se imagina.

-Como ser...?

-Por ejemplo, cebolla rellena de rabanito relleno.

-Relleno de qué, el rabanito?

-Diente de ajo.

-No me lo imagino.

Por eso le decía. Y pa' chupar, grappa con butiá, caña con pitanga, ginebra con dulce de leche batido tipo licor pa'l frío, y miño pa' la humedá. Regalos, ni le cuento.

-Ya que está, cuente.

Un pito de policía caminera casi nuevo, un costurero con mate pa' zurcir las medias, media docena de gallinas ponedoras con gallo cantor, tres lechones enjuagados, una yunta de teros pa' la vigilancia, una mirilla pa' poner en la tranquera, y una caja de fósforos usados pa' evitar incendios.

-Conviene prevenir.

Lo malo fue que un gurí medio diablo, fue y abrió la pieza de los regalos, y va el bicherío y se entrevera en el medio del baile. Bandido el muchacho, al ver tanta gallina empezó a tirar maíces p'arriba, como si fuera arroz pa' los novio, y mucho grano quedó en los peinados femeninos y las gallinas dentraron a volar pa' picarlos, y las mujeres a los gritos se las espantaban como si fueran tábanos. A la dueña de casa, que tenía un peinado con relleno y de lo más batido, una bataraza le hizo nido en la cabeza y la toleró los 21 días que marca la ley.

Como nadie preguntaba nada ni se interesaban, Difamado dejó de contar y se fue medio ofendido por la desatención.

Nadie le dio importancia, y esa noche en el boliche El Resorte siguieron de lo más tranquilos, como al principio.