No hay peor escalera que la que no quiere bajar

Anodina Fanfarria era una mujer muy diabla, traviesa, juguetona y sorprendente. No era mala, pero tenía eso.
Especial pa hacerle la vida imposible al marido, Ojaldrino Vílis, un santo varón incapaz de matar una mosca, ya que según él la mosca es difícil de cazar al vuelo porque usté, un suponer, la quiere aplastar entre las dos manos, y resulta que desplazan el aire y ahí la mosca se aprovecha del vacío y se vuela. Cosa que no pasa si la agarra posada en una tabla y le deja caer el filo de la cuchilla, porque el filo no desplaza.
-Interesante pero medio repugnante.
Pero una noche, en el boliche El Resorte, estaban los presentes menos los que no fueron, jugando al ta te ti por fóforos, cuando va y cayó Ojaldrino con una escalera de siete metros con veinte de largo, por un tanto así de ancho.

Como en escalera, llamó la atención.
Pero lo más curioso, fue que la escalera entraba.
No se sabe bien cómo la maniobró, Ojaldrino, pero cuando quisieron acordar estaban los dos adentro. Ojaldrino, y ella, la escalera.
Apasionados por el ta te ti, porque es un juego que si usté un suponer se descuida por mirar una escalera de siete metros el contrario se aprovecha y le hace ta te ti, demoraron en llamar al orden al recién llegado, porque naides estaba dispuesto a convivir con aquello allí.
-Vea don –le dijo el tape Olmedo-, usté es dueño de entrar al boliche con mucha cosa, y no le voy a estar haciendo la lista de lo que puede, pero escalera no.
-Es mansita –dijo Ojaldrino como queriendo sacarle importancia, como si le quisiera restar metraje a la escalera.

-Somos de poca estantería –explicó la Duvija-, y lo que hay está cómodo pa la mano, y cuando mucho con banquito, pero pa mí, esa escalera es como pa bajar lo inalcanzable, que viene a ser lo que uno siempre quiere.
-Por eso la tengo –respondió medio bobo Ojaldrino.
-¡No se dé vuelta! –le gritó Rosadito Verdoso, pero el otro ya había hecho un giro, y ya tiró varios vasos, y la bajó de aquella punta y diga que el barcino lo miraba y tuvo tiempo de saltar pa las bolsas de afrechillo, y antes de que pasara a mayores, Azulejo Verdoso peló el serrucho que siempre portaba en la cintura, y ras, ras, ras, ras, le hizo cuatro escaleritas de lo más bonitas, cómodas y vistosas.
Salió el hombre de su asombro, se recuperó sin enojarse, y al poco rato allí mismo vendió tres, y le llevó la cuarta de regalo a la mujer. Ella, diabla, lo primero que hizo fue aflojarle el escalón de arriba, y pedirle al marido que se subiera y le alcanzara no sé qué.