Enano de yeso

Pitanguero Matungo supo tener un perro de lo más travieso, que una vuelta metió la cola en un balde de yeso - el perro -, y le quedó dura y horizontal, que los pájaros se le posaban como si fuera una rama.

Pa pior, como no la podía sacudir no se sabía cuándo estaba contento, porque el perro tiene su alegría en la cola. Y como le digo alegría le digo culpa, porque el perro que se siente culpable se va con la cola entre las patas, y por eso el perro rabón desorienta mucho, porque nunca se sabe. Pitanguero Matungo tenía balde con aquel material, porque a la mujer se le había antojado tener enano de yeso en el jardín, porque la cuñada tenía y ella no quería ser menos que la otra, porque la otra, la cuñada, dos por tres decía que la visita no tenía como perderse porque ella era la única en la zona que tenía enano de yeso en el jardín.

Cuando la mujer le salió con la cosa del enano, Pitanguero se fue hasta el boliche El Resorte pa consultar.
Esa vuelta, además de los presentes estaban la Duvija trozando con hacha un quesito duro pa picar con mermelada de níspero, el tape Olmedo haciéndole punta a un palito, Rosadito Verdoso comiendo croquetas de higos, Azulejo Verdoso tratando de inventar una bombilla sin agujeros en la punta pa que no se le tapara con la yerba, el gato barcino durmiendo a pata suelta y soñando que era tigre de circo, y los demás estaban en nada como si la vida fuera pa estar nomás. Y al ratito el hombre comentó del antojo de la mujer de tener enano en el jardín pa no ser menos que la cuñada, dijo, y que así no era vida, agregó, y lloró un poquito.

El que más el que menos, opinó. La Duvija dijo que si la mujer quería enano le tenía que poner, y que mucho pior hubiera sido que tuviera antojo de bicicleta, porque mucha gente no sabe andar y se quiebra la clavícula y se pasan como tres meses sin poder dormir de ese lado, dijo. Ahí el tape Olmedo opinó que lo mejor pa reventar a la cuñada, era hacer un individuo de estatura normal, bien parecido, de mirada triste y misteriosa, como perdida, y cerca, pastando, ponerle caballo ensillado pa que diera sensación de hombre de paso. Dijo que con eso, la cuñada de la mujer de Pitanguero iba a reventar de la envidia.

Dicho y hecho. El hombre hizo enano de un metro ochenta, y le quedó tan bien que no le faltaba más que hablar. Y no le hizo falta decir palabra. Tenía una pinta el maldito, que al otro día se fue con la mujer y además le llevó el caballo.
Cuando Pitanguero se fue a lamentar al Resorte, el tape comentó:
- Mucho pior que se le hubiera ido con enano de metro veinte, que sería un papelón pa cualquier marido.

Y el perro allá, con la cola enyesada, sin comerla ni beberla, animalito e Dios.