Un vecino desconfiado ve invasor por todos lados

Hombre que supo estar atento por miedo a las invasiones, el viejo Baraté, que dos por tres se asomaba a la ventana de su rancho, y si veía llegar gente de otro pago les chumbaba los perros, les tiraba buscapié entre las patas, les abría zanjas llenas de cocodrilos y les mandaba bandadas de cotorras para que les pasaran por arriba en vuelos rasantes y les hicieran caca. No era mal vecino, pero tenía eso.

Enemigo de los forasteros, porque según él, la persona que no era nacida por allí, no se la conocía, y si no se la conocía no se sabía qué pensaba, ysi no se sabía qué pensaba capaz que pensaba diferente,y eso era un peligro, decía.

Una disgracia pa las hijas, porque las muchachas se interesaban en algún galán de otros pagos –que son los más interesantes porque a los de la zona ya se los conoce demasiado y no hay una curiosidá pa nada-, y resulta que el Bataré viejo se los espantaba.

-¡Con lo que cuesta tener una curiosidá hoy en día!
Una manía del viejo, como con miedo a que le quitaran la comida. Y una vuelta, en el boliche El Resorte estaban desalojando el vino de una damajuanita, cuando va y cayó una yunta de dos individuos de lo más curioso. Nadie los conocía a no ser ellos dos que se conocían desde antes de dentrar al boliche, cosa que se notó porque dentraron abrazados y a las risas. Eran las carcajadas nomás, y la gente del boliche se empezó a tentar, porque la risa tiene eso, que se contagia, y cuando uno quiere acordar se está riendo con los otros y capaz que los otros se están riendo de uno uno no sabe. Por eso fue que al ratito de las risotadas, hubo gente que se empezó como a fastidiar, porque no hay cosa que fastidie más que estar presente y no saber de qué se trata.

Taban en eso cuando va y cae el viejo Bataré, que no era de frecuentar, pero va y cae, y a lo que ve a la yunta de forasteros va y se encocora, y le viene como un ataque de xenofobia, y va el viejo y no tolera aquello y los quiere echar del pago. Fue cuando va el tape Olmedo y le dice, le dijo al viejo.

-Vea don –le dijo y le hizo señas a Rosadito Verdoso pa que no se apurara a reventarle un higo en la frente- vea don –le dice- usté en su rancho propio de su casa suya, es dueño, y si un suponer no quiere que le dentre pájaro de plumaje diferente a sus canaritos flautas, usté verá cómo les impide el vuelo, pero acá, no señor.

Ahí el viejo quiso levantar el gallo, y Rosadito Verdoso le apuntó con un higo, pero al cerrar un ojo, con el otro lo vio clarito al higo, maduro, a punto, un bocado pal placer de cualquier apetito gustador de las finuras, un fruto de la vieja y querida higuera de allí nomás, un higo que no se merecía terminar estrellado contra aquella frente, sino que debía cumplir con el destino que le había señalado la naturaleza. Entonces, se lo comió. Los forasteros de la risa, como llegaron se fueron, a las carcajadas, y atrás el viejo, rezongando contra los invasores. Fue cuando el tape Olmedo comentó:
-Con esa senofobia. Debe ser triste, eso de tenerle fobia al seno.