Una consulta con la almohada.

El que supo tener problemas con los bichos emplumados, fue un tal Esporádico Carey, que las gallinas ponían los huevos en pleno vuelo, y él les andaba corriendo abajo con un canasto con algodón en el fondo. Las gallinas se le pusieron voladoras por culpa de un gallo que solía viajar de mascota en la avioneta del fumigador, que les cantaba desde arriba y las ponía medias loquitas, porque lo que tiene la gallina es que le gusta que le arrastren el ala, y con avioneta más.
Supo tener un loro, Esporádico, de lo más travieso y conversador. De nombre Rubilar, el loro. Como tenía nombre de persona andaba compadreando el chueco, y cuando pasaban las bandadas de cotorras se alunaba, porque la cotorra es muy barullenta y amiga del escándalo.
Rubilar sabía preferir a las palomas, por eso del arrullo una vuelta, a Esporádico Carey se le cruzó una mujer emprendedora, y fue ella y le dijo que iba con buenas intenciones, ella, y que si era gustoso, él, se podían casar, los dos entre sí mismos. Hombre de tomarse su tiempo, Esporádico, le dijo que no estaba muy seguro y que lo iba a consultar con la almohada. Y el loro Rubilar lo escuchó, y pa la tardecita, cuando el sol le tira las últimas pinceladas al paisaje, cuando al silencio lo rayan los grillos y lo quiebran las ranas, se dispuso pa la diablura.

Hombre de acostarse temprano, Esporádico, al rato ya estaba en el catre. Se acomodó, y cuando se puso a pensar en la oferta de la mujer, la almohada va y le dice:
- Consúlteme.
Esporádico solía consultarla, pero era la primera vez que la almohada lo apuraba con la consulta. Cuando estaba solo, como tantos, Esporádico pensaba en voz alta. Entonces habló de la mujer, de la propuesta, de los pro y de los contras, y al final preguntó:
-¿Qué hago?.
- Casate – le dijo la almohada.
Al otro día fue y habló con la mujer, y le dijo que sí, que se casaba.
El loro pasó unos días fastidiado, porque aquella noche abajo de la almohada le tuvo que soportar a Esporádico, un bruto concierto de ronquidos. !Justo a él, que no le toleraba ni el femenino gritar de la cotorra!