Algunos ciudadanos de pañuelo saludaron, apenas, respetuosos

-Esto recién empieza –comentó el tape Olmedo, damajuana bajo el brazo, cuando dentraron a llegar las noticias de las bocas de los hornos, las que anunciaban que estaba saliendo un nuevo pan.
El pan para todos.
Rosadito Verdoso, a cada dato que llegaba tiraba unos higos pa' arriba, y los barajaba, y los tiraba de nuevo, y dibujaba corazones con higos en el aire, sin que se le reventara ninguno.
La Duvija se había maquillado a tres colores, con el azul pa' resaltar los ojos, el colorau pa' los cachetes y la trompita, y una franja blanca en la frente que le hizo comentar al tape Olmedo: "Parece un chop de cerveza con espumita".

En aquella punta del mostrador, el gato barcino, con ese instinto que tienen los animalitos criados a boliche y gente, se lambeteaba, como si supiera que la fiesta merecía estar presentable.
Desde lejos decía presente la voz de Alfredo Zitarrosa.
"Crece desde el pie, la fogata, crece desde el pie..."
A todo esto, el fumigador preparaba la avioneta que tenía amarrada en el palenque.
Con los tubos de humo blanco y celeste, haría señales de amor en el cielo de la Patria.
Hubo también, unos paisanos que pasaron al trotecito lento, en silencio, pañuelo blanco al cuello, mirando pal boliche con curiosidá y algo de envidia, como con ganas de haber tenido una fiesta que se les negó, como deseosos de que los invitaran, porque en la zona, al final de cuentas, era costumbre compartir alegrías y velorios.

Y fue el tape Olmedo el que los notó. Era gente del pago, orientales, algunos más pícaros que otros, pero todos buenos vecinos, incapaces de dentrar a los boliches con caballo y todo, a no ser muy de tanto en tanto.
-Dan lástima ¿no? –comentó un mamau.
-Lástima no, respeto –señaló el tape y les hizo un gesto como de "abájense a tomar algo", pero aquellos hombres siguieron sin cambiar el paso, serios, concentrados.
Alguno saludó apenas, rozando con la mano el ala de su sombrero.
El tape Olmedo volvió a su damajuana, la apoyó en la rodilla, se sirvió su gran vaso municipal, le pegó un trago, hizo chasquear la lengua de puro gusto, y comentó.

Sí señor.
Esto recién empieza.
Los anchos caminos del paisaje, se iban llenando con los colores de las distintas banderas, para ir a fundirse en una sola, la de todos los orientales.