EL AUTO

El que supo comprar auto fue Saltarín Bostezo.
En verdad lo compró la mujer, Pataleta Batita, porque el marido no tenía visto auto ni en foto.
La mujer soñó con el auto y al otro día fue y se lo dijo al marido.
-Anoche soñé con auto y que salíamos a pasear en auto, así que tenemos que comprar auto. ¿Me oíste che?

Sin decir palabra Saltarín Bostezo salió y puso un cartel en la tranquera.
"Se compra auto de cualquier marca y pelaje, tocar timbre".
En el rancho no había timbre, pero el puso tocar timbre pa que la gente se pasar el día buscando el timbre y no lo molestaran queriendo venderle un auto.
Pero un abombau de los que nunca faltan dentró hasta el rancho a preguntar donde quedaba el timbre.
Lo atendió la mujer, y el hombre le dijo que tenía auto pa vender.
-¿De cuántas puertas el auto?
-Cuatro.
-Yo preciso nada mas que de dos. Una pa subir y otra pa bajar.
-Las otras dos van de yapa.
Si quiere las puede usar pa ponerle puertas al chiquero de los chanchos, que quedan de lo mas bonitas y los chanchos no se escapan porque no se animan a salir por puerta de auto.

Cuando Saltarín Bostezo quiso acordar era dueño de auto.
Llegó al rancho, vio aquello en la puerta y le preguntó a la mujer.
-¿Y eso que está ahí en la puerta, ché, qué es?
-Auto. ¿No le ves las ruedas? Ahora somos gente de auto, así que fijate bien a quien saludás por que con auto no se puede andar saludando a cualquiera. ¿Me oíste ché?
Saltarín Bostezo lo estuvo mirando un tiempo, de lejos.
No era extraño que nunca hubiera visto auto.
Con las moscas le había pasado similar.
Recién a los treinta y dos años se dió cuenta que existían, y eso que le gustaba el dulce de leche.

Cuando se animó lo empezó a usar pa tomar mate adentro del auto, pero extrañaba la falta de los pollos entre las patas, porque los pollos tenían miedo de trepar al auto.
Mientras tomaba mate jugaba con los botones, con los pedales, con la palanca, hasta que en una lo hizo arrancar.
Salió como chijeta por esos campos, atropellando vacas, mulitas, avestruces, bichos colorados y mariposas de Peñarol.
LLevaba una mezcla de julepe y asombro, porque nunca había pasado tan ligerito junto a una vaca.
Le pasó a una lechera que ni la vaca tuvo tiempo de darse cuenta de que se trataba.
"Me habrá parecido", pensó, y siguió pastando.
Pasó entre dos toros, que si el auto tiene una mano mas de pintura se lo rayan con las guampas.

Al agarrar una zona de campo arado, tanto rebotaba en el asiento como en el techo, hasta que se acordó que tenía tres pedales, y por miedo de empeorar las cosas pisó el mas chiquito.
El primero en verlo acercarse al boliche El Resorte, a una velocidá infinita , fue el tape Olmedo.
Bajó medio vaso de vino y comentó:
-Pa este lau viene un auto y Saltarín Bostezo.
Si vinieran separados no sería nada.
Pero Saltarín viene adentro del auto.
El otro venía derechito pal boliche, como si le hubiera tomado puntería con el auto.
El hombre no sabía que hacer con aquello, y los otros no sabían que hacer con el boliche.

Esa tarde estaban Mequetrefe Llanito, Desastrozo Lulú, Tatequieto Sordina, y facilongo Cucheta, gente que no iba nunca, y cuando vieron que Rosadito Verdoso corría de un lau pal otro empezaron a correr todos entre las mesas, poque creyeron que era costumbre de la casa.
Alguien dijo que había que tomar alguna medida y tomaron la medida de la puerta. Y otra vez el comentario del tape:
-Por esa puerta no dentraría si viniera despacito, pero viniendo como viene, es muy probable que dentre.
No es que quiera meterle miedo a naides, pero yo me voy.
Salió puerta afuera, vió venir el auto haciendo eses, dentró de nuevo y les dijo a todos.
-No es que quiera meterle miedo a naides, pero afuera la cosa está pior.
Vamos a servir unos vinos y a pensar en algo lindo.

Rosadito Verdoso dijo que lo mejor era salir y reventarle unos higos en el radiador, pa impresionarlo.
El pardo Santiago dijo que mucho mejor era tirarle tachuelas por delante cosa que pinchara antes de llegar, y la Duvija dijo que lo mejor era levantar paré de ladrillo a la vista, pero no prosperó.
Tatequieto Sordina estaba diciendo que era la ultima vez que paraba en ese boliche porque no había garantías, cuando se escuchó un ruido igualito al que hace un auto al subirse a un ombú de tardecita.

Después, cuando la mujer le preguntó si había perdido la dirección, Saltarín Bostezo le contestó:
Estás loca, mujer! ¿Cómo iba a perder la dirección , si nunca la encontré?