El afeitado

Hombre que supo ser prolijo pa sus cosas, sin ir mas lejos, un tal Susodicho Bajón.
Susodicho supo estar casau con una tal Delacara Manito, mujer tan inútil que una vuelta el marido le pidió que le hiciera un par de huevos duros y se los hizo de yeso.
Lo que tenía de bueno Susodicho, era que siempre andaba bien afeitadito.
Era hombre de navaja a la cintura, brocha colgada al pescuezo y jabón en el bolsillo, porque se afeitaba en cualquier momento y donde se cuadrara. Pa no andar con espejo se afeitaba mirándose en un ojo del caballo, que un día el caballo le guiño el ojo y se pegó flor de tajo.
Dispués, cuando le preguntaban por el tajo, decía que a él le gustaba cortarse solo.

A la mujer la conoció en un baile.
La sacó, y mientras bailaban se le antojó afeitarse sin parar.
Como la muchacha tenía colgado un medallón brilloso, se lo usó de espejito.
Y como andaba con un vestido bien escotado, aprovechó y le asentó la navaja en una clavícula.
¡Un susto la pobre, que bailó toda la milonga de cogote duro sin pestañar!
Por suerte no era hombre de bailar con corte, así que se dio flor de afeitada y sin un tajito.
Le quedó la cara tan lisita, que se le fue a posar una mosca y se pegó una patinada que casi se desnuca.

Hombre servicial, ya que estaba se ofreció pa darle una afeitada a los músicos mientras tocaban.

El que le dio mas trabajo fue el violinista, porque apoyaba la pera en el instrumento y le quedaba muy incómodo.
Al de la acordeona le dio dos pasadas, pero el pobre tenía un susto que terminó tocando la marcha e Garibaldi.

Pero la cosa fue cuando cayó al boliche El Resorte con ganas de darse una afeitada.
Llegó de navaja a la cintura, se acercó al mostrador, y como bobiando le asertó el filo en la cola del gato.
Ahí la Duvija se puso pálida como negro cargando bolsas de harina.
Pa pior, se habían corrido las voces que la mujer de Susodicho había agarrado el vicio de la navaja, y vivía pidiendo que se la asentara en la clavícula.
¡Vaya uno a saber los misterios del erotismo femenino!

La cosa fue que el tape Olmedo sacó su cuchillito y lo enfrentó ¡ Se cruzan los aceros, vuelan las chispas del encontronazo, navaja contra facón, filo contra filo y punta dibujando relumbrones en el aire!
Relinchan los caballos en el palenque y los caranchos vuelan en círculos esperando su presa.
Cuando alguien logró separarlos, el filo de la navaja estaba hecho un asco, y a Susodicho le rodaron dos lagrimones por la cara.
Al pasarse la mano pa secarlas notó que le estaba creciendo la barba, porque no hay cosa que haga crecer mas la barba que batirse a duelo.
Daba lástima verlo al pobre hombre, y fue por eso que Azulejo Verdoso agarró un martillo y le metió todas las barbas pa dentro.
Lo dejó que dispués el otro andaba siempre de martillo a la cintura.